La estrategia de Estados Unidos en su conflicto con Irán atraviesa un momento crítico que demanda urgentemente un nuevo enfoque. A pesar de la ejecución de nuevos ataques el pasado miércoles y de las advertencias del presidente Donald Trump, quien afirmó que Teherán merece otra “paliza”, la administración estadounidense no ha logrado demostrar que su presión militar sea capaz de obligar al gobierno iraní a retomar las conversaciones diplomáticas.
La diplomacia, que el propio Trump había promovido anteriormente como el camino hacia una paz histórica en Medio Oriente, fracasó tras el colapso de un memorando de entendimiento redactado de forma ambigua. Actualmente, Washington se encuentra ante un escenario donde las opciones disponibles son sumamente desalentadoras. Según el análisis de la situación, el gobierno estadounidense debe elegir entre arriesgar la vida de cientos de soldados en una guerra terrestre o reconocer el control efectivo que Teherán ejerce sobre el estrecho de Ormuz. Esta encrucijada ha llevado a que la frase “no hay buenas opciones” se convierta en un cliché recurrente entre los analistas. Lyle Goldstein, director de Relaciones con Asia en el centro de estudios Defense Priorities, ha resumido la situación declarando: “Estamos en un verdadero aprieto”.
Las consecuencias de este enfrentamiento trascienden a los combatientes directos, generando repercusiones políticas y económicas severas en Europa y Medio Oriente. Si el estrecho de Ormuz continúa siendo una zona restringida para la navegación civil, las consecuencias globales se agravarán debido a la disminución de las reservas mundiales de petróleo. Esto ya se ha reflejado en el mercado, con precios del crudo que se dispararon casi un 8 % el miércoles, superando los 90 dólares por barril, afectando directamente el costo del diésel y los fertilizantes, además de plantear una posible escasez de gas natural licuado en Europa para el próximo invierno.
El impacto también es tangible en el sector turístico y económico de los estados del Golfo, que han visto truncado su auge como destinos de lujo y refugios para expatriados. Simultáneamente, los debilitados gobiernos europeos enfrentan una presión creciente debido al aumento del costo de vida derivado del conflicto.
En el ámbito interno de Estados Unidos, la guerra amenaza con marcar el rumbo del segundo mandato de Donald Trump. Una encuesta reciente de CNN/SSRS revela que la aprobación pública de sus políticas respecto a Irán y los precios de la gasolina es inferior al 30 %. Estas cifras representan un riesgo significativo para los republicanos de cara a las elecciones de mitad de mandato en noviembre y podrían contradecir la promesa hecha a los votantes en 2024 de hacer la vida más asequible.
Ante este panorama, surge la necesidad de aplicar el arte de la diplomacia clásica: abrir espacios y ofrecer incentivos. Una posible salida sería un compromiso donde Estados Unidos evite admitir una derrota estratégica en el control del estrecho, mientras que Teherán pueda argumentar que mantuvo su ventaja principal en una guerra que diezmó sus fuerzas armadas y liderazgos.
Existen dos destellos de esperanza diplomática. El primero es la creación de una institución internacional donde las naciones del Golfo, incluido Irán, gestionen y moneticen conjuntamente el comercio para estabilizar los precios del petróleo. Esta idea podría rescatarse de un memorando previo que instaba a Irán y Omán a definir la administración de los servicios marítimos en el estrecho.
La segunda vía es la diplomacia externa. Aunque una conferencia internacional organizada por Gran Bretaña para proteger los buques no se concretó, la idea de ampliar el diálogo sigue cobrando fuerza, impulsada por países de Asia Oriental y Europa que tienen mucho que perder con el statuo quo. Actualmente, solo se han registrado conversaciones a nivel de viceministros entre Irán y Omán.
Omán ha propuesto una solución de compromiso: en lugar de una tasa de tránsito —favorecida por Teherán pero rechazada por el derecho internacional—, se propone una tasa por “servicios marítimos”. Este modelo se basaría en acuerdos similares al del estrecho de Malaca o en las tarifas de sostenibilidad del puerto de Rotterdam. Según el centro de estudios Bourse and Bazaar Foundation, una tasa similar en el Golfo Pérsico recaudaría aproximadamente 26 millones de dólares anuales. Esfandyar Batmanghelidj, autor de dicho estudio, sugiere que Irán podría ser flexible con el monto si esto conlleva el levantamiento de sanciones o la libre exportación de petróleo.
Sin embargo, el retorno de Trump a los ataques militares mantiene estancada la diplomacia. El presidente ha dañado la alianza transatlántica mediante aranceles e insultos, tratando a sus aliados como adversarios y negándose a consultarlos antes de iniciar acciones militares. Como resultado, los líderes europeos tienen pocos incentivos para ayudarlo ahora. Ian Lesser, del German Marshall Fund, señala que no existe una estrategia estadounidense consensuada y clara en este momento.
Mientras Irán espere que Estados Unidos “aprenda la lección”, la normalización del tráfico marítimo seguirá siendo incierta. Si Washington y Teherán no logran romper este círculo vicioso, la presión recaerá sobre terceros países para forzar una salida al conflicto.


