El presidente Donald Trump asistió este viernes por la noche a la cena de corresponsales de la Casa Blanca, un evento que terminó convirtiéndose en un fiasco personal para el mandatario. A pesar de intentar mitigar la situación con una broma metalingüística sobre la calidad de su propio humor, el resultado fue un desempeño cómico que generó burlas generalizadas, tanto en el salón como en las plataformas digitales.
La intervención de Trump, marcada por la falta de gracia, terminó subrayando involuntariamente el tema central de la gala: la sólida protección de la Primera Enmienda en los Estados Unidos. Mientras que en otras naciones las burlas hacia un líder en televisión en directo podrían considerarse un delito, en el contexto estadounidense este hecho es habitual, evidenciando la libertad de prensa vigente.
Durante un discurso divagante que se extendió por una hora, el presidente recurrió a insultos nominales contra diversos periodistas y reutilizó apodos antiguos para referirse a sus oponentes políticos. Además, incluyó una cantidad considerable de chistes sobre personas gordas que no fueron bien recibidos por la audiencia. En un momento de frustración, Trump pareció enfadado con sus escritores anónimos por la baja calidad del material, llegando a preguntar: “¿Alguien entiende esto?”, ante lo cual la respuesta general fue un “no”.
Aunque la secretaria de prensa Karoline Leavitt había prometido declaraciones “viciosas”, el sentimiento predominante entre los asistentes fue que el discurso fue, sencillamente, aburrido. Para un líder que evita a toda costa ser percibido como tedioso, el impacto fue notable. Durante su alocución, Trump afirmó ser el único responsable de sostener la industria de las noticias, advirtiendo que, una vez que él se retire, todos los medios “estarán en la ruina”. Asimismo, presumió la cantidad de noticias en la portada del New York Times que se centran en su figura, asegurando que “a nadie le importa un comino el resto de la gente”.
La baja energía del presidente llevó a ejecutivos de televisión a especular si se trataba de una nueva táctica deliberada para hundir los índices de audiencia mediante el aburrimiento. Muchos asistentes se mostraron sorprendidos por la falta de material original, especialmente considerando que su presencia ponía fin a un boicot de varios años a la gala anual de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca.
Este evento fue una reedición a menor escala de la gala del 26 de abril, la cual debió posponerse luego de que un hombre armado intentara irrumpir en el salón del hotel Washington Hilton. La cena actual se llevó a cabo en el Waldorf Astoria, edificio que Trump gestionó anteriormente y que sirvió como centro de reuniones no oficial durante su primera administración.
En medio de la tensión, Trump realizó algunos gestos de unidad, elogiando al Servicio Secreto y condenando la violencia política. Manifestó que en Estados Unidos se cree en la libertad de expresión y que las diferencias se resuelven mediante un debate abierto y vigoroso, no con balas, afirmando que “ningún perdedor desquiciado con un arma jamás cambiará eso”. Incluso bromeó sobre los comensales que utilizaban chalecos antibalas bajo sus trajes, sugiriendo que algunos preferían morir antes que parecer “veinte libras más gordos”.
La relación conflictiva con la prensa quedó en evidencia cuando mencionó nominalmente a periodistas de CNN. Mark Thompson, director ejecutivo de la cadena, respondió respaldando la integridad de su equipo y recordando que el derecho a informar sin interferencia gubernamental está plenamente protegido por la Constitución. Por otro lado, Trump elogió a Larry y David Ellison, quienes tomaron el control de Paramount y buscan adquirir Warner Bros. Discovery. Respecto a Bari Weiss, editora de CBS News, Trump utilizó una analogía sobre un régimen derrocado para describirla como una “dictadora gay”, aunque concluyó llamándola “una mujer maravillosa”.
Hacia el final, Trump provocó la indignación de algunos presentes al ponerse una gorra roja con la inscripción “Trump 2028”, aunque posteriormente aclaró que solo bromeaba sobre un tercer mandato, el cual está prohibido por la Constitución. Incluso admitió, durante una digresión sobre el salón de la Casa Blanca, que solo lo usaría unos seis meses más antes de dejar el cargo.
La apatía de la audiencia fue evidente. Betsy Klein, de CNN, reportó que muchos invitados ignoraban el discurso para usar sus teléfonos, comer macarons o conversar en el vestíbulo. Una fuente republicana comentó que quien haya escrito el discurso “debería ser despedido”. No obstante, analistas como Daniel Dale sugieren que los aliados de Trump presentarán este silencio como una prueba de que el presidente dejó a las “noticias falsas” atónitas.
El cierre de la velada incluyó la entrega de premios de periodismo. Un equipo del Wall Street Journal recibió un galardón por su investigación sobre una carta de cumpleaños dirigida a Jeffrey Epstein que llevaba el nombre de Trump. Mientras Wolf Blitzer mencionaba que Trump había demandado al diario por 20.000 millones de dólares y revelando la dirección de la reportera Khadeeja Safdar, el presidente reaccionó con risas y gestos de falsa modestia antes de estrechar la mano de los periodistas. Finalmente, Weijia Jiang, presidenta saliente de la Asociación de Corresponsales, recordó a Trump que la Primera Enmienda es un hecho consumado y que el debate y el contraataque periodístico son parte del trato democrático.


