La historia del estrecho de Messina ha estado marcada por intentos de conexión desde la antigüedad. Alrededor del año 250 a.C., los romanos utilizaron barriles flotantes con plataformas de madera para salvar el canal. Según el historiador Plinio el Viejo, esta estructura improvisada permitió el transporte de 140 elefantes cartagineses desde Sicilia hasta el Circo Máximo de Roma. Tras aquel episodio, diversos líderes políticos y empresariales intentaron construir un puente permanente en el lugar, sin obtener éxito hasta recientemente.
En agosto de 2025, el Gobierno italiano, contando con el respaldo de la primera ministra Giorgia Meloni, otorgó la aprobación final para la construcción de un puente colgante sobre el canal de 3,7 kilómetros. De concretarse la obra, que aún debe superar ciertos desafíos legales, se convertiría en el puente colgante de un solo tramo más largo del mundo. Sin embargo, el proyecto trasciende la simple obra pública; la primera ministra ha declarado que esta inversión en infraestructura es fundamental para la defensa nacional de Italia.
Esta clasificación del puente como proyecto militar es una maniobra para ayudar a Italia a alcanzar los exigentes objetivos de gasto en defensa impuestos por el presidente Donald Trump y requeridos por la OTAN. Estas metas exigen que los países europeos incrementen su inversión en fuerzas armadas hasta alcanzar el 5 % de su producto interior bruto (PIB) para el año 2035, una cifra significativamente superior al 2 % actual.
Dicha exigencia plantea un dilema crítico para Europa, obligando a las naciones a elegir entre el fortalecimiento de su defensa y el mantenimiento de sus programas de bienestar social. Según el Instituto Ifo de Alemania, la protección brindada por Estados Unidos ha permitido que Europa liberara 1.8 billones de euros en gasto social desde 1991. Ahora, la presión por lograr una independencia militar pone en riesgo presupuestos ya ajustados.
La situación fiscal en Europa es compleja. A excepción de Alemania, la mayoría de los países enfrentan restricciones financieras severas tras el gasto masivo para combatir la pandemia y la posterior implementación de altas tasas de interés para frenar la inflación. En contraste, Estados Unidos se mantuvo más protegido gracias a una economía diversificada y al liderazgo mundial en el desarrollo de la inteligencia artificial.
Esta presión económica ha derivado en inestabilidad política. En los últimos siete años, Francia ha tenido siete primeros ministros, mientras que el Reino Unido se encamina a tener su sexto. En este contexto, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ha anunciado que el aumento del gasto militar implicará miles de millones de dólares, una cifra que Trump presiona para asegurar, amenazando incluso con reducir drásticamente la presencia militar estadounidense en Europa. De hecho, el Pentágono ya anunció la retirada de 5.000 soldados de Alemania en mayo.
Las respuestas europeas son heterogéneas. Alemania y países del este como Polonia, Lituania y Estonia han avanzado hacia el objetivo del 5 %. Por el contrario, el Reino Unido y Francia han aprobado planes de gasto que carecen de financiación completa. Italia ha cuestionado su capacidad para alcanzar la meta, mientras que España ha desafiado abiertamente al bloque, declarando que no cumplirá con los nuevos objetivos.
Andrew Kenningham, economista jefe para Europa de Capital Economics, advierte que muchos países tendrán dificultades para recortar el bienestar social. Como ejemplo, señala que la deuda de Francia podría dispararse al 150 % de su PIB en 2035 si cumple con la OTAN, comparado con el 135 % actual.
Por otro lado, Ethan Ilzetzki, profesor de la London School of Economics, sugiere que si el presupuesto de defensa se utiliza con sensatez, podría impulsar la productividad y el crecimiento. No obstante, advierte que Europa enfrenta obstáculos estructurales: la falta de un gobierno federal obliga a cada país a gestionar sus propias compras, agravando la dependencia de importaciones extranjeras.
Además, existe una brecha en investigación y desarrollo; Europa invierte en promedio un 4 % de su presupuesto de defensa en estas áreas, frente al 10 % de Estados Unidos. A esto se suma una crisis de capacidad industrial, con una necesidad estimada de 200.000 trabajadores cualificados según el Instituto Milken. Ante este escenario, Ilzetzki sostiene que la única salida es realizar reformas fiscales profundas, evitando medidas fragmentarias e ineficientes como clasificar un puente gigante como proyecto militar.


