La reciente celebración del 250 aniversario de la Declaración de Independencia de las trece colonias británicas en América, llevada a cabo la semana pasada con toda pompa, invita a una reflexión profunda sobre el origen y la evolución de lo que hoy conocemos como Estados Unidos. Aunque la fecha central es el 4 de julio de 1776, la realidad es que el nacimiento de la nueva república fue un proceso largo y complejo que se extendió por más de una década, marcado por la inestabilidad y la incertidumbre.
El camino hacia la consolidación del Estado no fue inmediato. Antes de que se redactara la declaración de independencia, ya había transcurrido un año entero desde que se produjeron los primeros enfrentamientos bélicos en Massachusetts. El proceso transitó por diversas etapas críticas: comenzó con el levantamiento, siguió con una guerra, pasó por arduas negociaciones de paz y culminó con la aprobación y ratificación de una constitución. De hecho, la república no nació formalmente sino hasta 1788, año en el que la constitución redactada y aprobada en Filadelfia en 1786 alcanzó finalmente el número mínimo de ratificaciones necesario.
En aquel entonces, no existían garantías de que el experimento de los colonos británicos, basado en la creación de una república gobernada por una constitución escrita, pudiera perdurar en el tiempo, y mucho menos que llegaría a convertirse, con el paso de los años, en una potencia mundial. No obstante, este modelo se estableció como la primera constitución escrita del mundo moderno.
Los cimientos de este sistema se pueden vislumbrar desde la propia Declaración de Independencia. Para su elaboración, los delegados reunidos en Filadelfia encomendaron la redacción del primer borrador a un grupo de cinco miembros, aunque la tarea fue asumida en realidad por uno solo de ellos: Thomas Jefferson. El documento resultante fue presentado al congreso de delegados el 2 de julio, recibió la aprobación el día 3 y, finalmente, fue proclamado públicamente el 4 de julio.
Este documento es considerado una de las piezas más importantes de la historia política, ya que en sus líneas se refleja la visión del mundo construida por la filosofía de la Ilustración. En su contenido se pueden identificar claramente las ideas de pensadores fundamentales como Locke, Montesquieu, Voltaire y Rousseau.
La esencia de la Declaración proclama la existencia de derechos inalienables e inherentes a la condición humana, partiendo de la premisa de que todos los seres humanos han nacido iguales. Entre estos derechos fundamentales destacan, muy especialmente, el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. Según el documento, la existencia de estos derechos es precisamente lo que justifica que los pueblos se rebelen contra los gobiernos tiránicos, como era el caso del gobierno que Londres ejercía sobre sus colonias americanas.
El eje conductor de todo el texto es la libertad, entendida como el derecho primordial sobre el cual deben levantarse todas las instituciones políticas. El documento es enfático al señalar que la preservación de la libertad es lo que debe movilizar a la sociedad, advirtiendo que, si se pierde la libertad, ningún otro derecho podrá ser reclamado y el único destino restante es la esclavitud.
Además de los principios filosóficos, Jefferson incluyó en la Declaración una lista detallada de los agravios infligidos por la monarquía inglesa. Un punto curioso entre estas quejas es que la Corona británica se había empeñado en dificultar la naturalización y la emigración de extranjeros que deseaban establecerse en las colonias.
El impacto de este documento en la región fue enorme, sentando las bases de un modelo democrático. Sin embargo, se puede afirmar que el experimento democrático de los actuales Estados Unidos es un proceso inacabado. En la actualidad, el país atraviesa un periodo complicado en el que todas las válvulas y contrapesos ideados originalmente para frenar el autoritarismo y preservar las libertades han sufrido daños serios. Si tales daños son irreparables, es algo que solo el tiempo podrá determinar.


