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Democracia en Colapso: ¿El Fin de la Libertad?

Estructurado en cuatro grandes capítulos —Las raíces de la crisis, Representación y polarización, Derecho y totalitarismo y Libertad y relativismo—, circula La crisis espiritual de la democracia (Editorial Almuzara, España, 2025), editado por Julio Borges Junyent, Juan Miguel Matheus, Rudy Albino de Assuncao y Paola Bautista de Alemán. El ensayo de Carolina Guerrero que reproducimos [...]The post El crepúsculo de lo político y la deriva democrática appeared first on EL NACIONAL.

Democracia en Colapso: ¿El Fin de la Libertad?

La reciente publicación de “La crisis espiritual de la democracia” (Editorial Almuzara, España, 2025), editada por Julio Borges Junyent, Juan Miguel Matheus, Rudy Albino de Assuncao y Paola Bautista de Alemán, ha desatado un intenso debate sobre el futuro de los sistemas democráticos occidentales. El ensayo de Carolina Guerrero, incluido en el volumen, plantea una inquietante tesis: la pérdida de sentido de lo político está precipitando a la democracia hacia una aporía, una encrucijada sin salida. La obra, estructurada en cuatro capítulos –Las raíces de la crisis, Representación y polarización, Derecho y totalitarismo y Libertad y relativismo–, ofrece un análisis profundo de la crisis actual, que según la autora, ha trascendido lo contingente para convertirse en un fenómeno paradigmático tras 236 años de experiencia histórica.

Guerrero argumenta que esta crisis se manifiesta en un vaciamiento de la concepción original de la democracia, reemplazada por una resemantización que la contradice en su fundamento. La democracia, en su esencia, se ha visto despojada de su significado original, convirtiéndose en una herramienta para justificar prácticas que atentan contra sus principios básicos. La autora invita a una resignificación de la democracia, partiendo de una reflexión sobre lo político, sus tensiones y sus desviaciones en relación con la libertad, la justicia y la paz.

El germen de la cultura política occidental, según Guerrero, reside en la tríada libertad, pensamiento crítico y democracia. Hace aproximadamente 2.500 años, los antiguos griegos comenzaron a cuestionar las formas establecidas de vida en común, buscando un criterio para organizar la convivencia basado en el equilibrio entre orden y libertad. Esta búsqueda se fundamentó en la distinción entre buen y mal gobierno: el primero, asociado a la obediencia a la ley como expresión de una “mente divina” que prescribe lo justo, y el segundo, ligado al sometimiento a la voluntad arbitraria de los hombres. Desde entonces, la reflexión sobre cómo lograr una convivencia política libre, en medio de la inevitable pluralidad y el conflicto, ha configurado la tradición republicana occidental.

Sin embargo, esta tradición se encuentra marcada por una tensión irresoluble entre democracia y libertad. La democracia, en su origen, implicaba la acción responsable y virtuosa del ciudadano como garante de la libertad dentro de un marco legal. Pero, según Guerrero, esta concepción ha sido pervertida, dando paso a una supuesta supremacía de la voluntad popular que se autoriza para definir lo justo, sin considerar los límites impuestos por la ley y el respeto a los derechos individuales. La democracia, en su versión distorsionada, ha abierto la puerta a la tiranía de la mayoría, donde la voluntad colectiva puede oprimir a las minorías y vulnerar los principios fundamentales de la justicia.

La autora critica la idea de que la democracia se legitima únicamente a través del consentimiento de la mayoría, argumentando que esta concepción puede convertir la ignominia en mandato. Esta perversión se ve exacerbada por el desprendimiento del ciudadano de sus deberes cívicos, paradójicamente impulsado por la invención moderna de la representación. El ciudadano, al delegar su responsabilidad en los representantes, se distancia de la vida política y pierde el control sobre las decisiones que le afectan.

Para Guerrero, la república se entiende como la posibilidad de vivir en libertad bajo la limitación y despersonalización del poder, encarnado en instituciones y leyes justas. Su fin es el bien común, que no implica la supremacía de la comunidad sobre el individuo, sino la búsqueda de un sentido compartido de justicia y libertad para todos los miembros de la sociedad. La libertad, en su concepción más básica, implica la ausencia de interferencia arbitraria, dominación y dependencia. Por lo tanto, la república debe ser refractaria a cualquier forma de voluntarismo humano, incluso cuando se presenta en nombre del pueblo.

La autora advierte que la reducción de la democracia a un simple gobierno de la mayoría es incompatible con la libertad, ya que abre la posibilidad de materializar y legitimar el poder concentrado en manos de muchos. Toda acumulación de poder, ya sea en una persona, en unos pocos o en la mayoría, es una amenaza para la libertad. La democracia, cuando se redefine en términos de poder popular, se convierte en un enemigo del principio republicano que establece que ninguna reunión de hombres puede ejercer actos de autoridad en nombre del pueblo.

Guerrero analiza la influencia de la narrativa rousseauniana del republicanismo moderno, que introdujo la idea de soberanía popular ilimitada. Aunque Rousseau pretendía establecer un concepto abstracto de voluntad general, sus ideas han sido interpretadas como una justificación para la democracia directa y la soberanía popular sin límites. La autora argumenta que esta interpretación es errónea, ya que Rousseau distinguía entre la soberanía ilimitada de la voluntad general y el ejercicio de una potestad política limitada que emanaba de ella. La soberanía popular, aunque ilimitada en concepto, no podía ser ejercida en la práctica sin límites, ya que esto conduciría a la tiranía de la mayoría.

En el constitucionalismo, la constitución se concibe como la expresión del contrato social que da origen al Estado. Como poder constituido, surge de un acto voluntario: el poder constituyente. La constitución se objetiva a través de la racionalización política y jurídica, que busca despersonalizar la soberanía y establecer que solo la constitución es soberana. En contraste, la idea de una soberanía popular ilimitada introduce una crisis en la república, al suponer la eternización del proceso constituyente y la sujeción del orden político al voluntarismo popular perpetuo.

El dilema del republicanismo moderno reside en la coexistencia de estas dos concepciones: la constitucionalista, que subordina la soberanía popular al poder constituido, y la democrática, que subordina la constitución al poder soberano del pueblo. Guerrero defiende la preeminencia del voluntarismo de cualquier sujeto político, incluso de la mayoría, como un elemento desarticulador de la república, ya que permite la dominación del cuerpo cívico no mediante la ley objetiva y justa, sino mediante la arbitrariedad humana.

La autora concluye que la democracia republicana debe ser una democracia moderada, que evite las condiciones de dominación derivadas de la conducta ilimitada de una mayoría arbitraria. La restricción impuesta por leyes justas no representa una confiscación de la libertad, sino un elemento esencial de la misma. Sin embargo, en la actualidad, la democracia, vaciada de su contenido original, configura una amenaza totalitaria contra la libertad y la dignidad humana. El desafío para los ciudadanos es impedir el surgimiento de una voluntad humana capaz de arrogarse un poder absoluto sobre la ley, y defender activamente la libertad, el pensamiento crítico y la responsabilidad cívica. La indiferencia cívica, advierte Guerrero, es el caldo de cultivo para la tiranía y la pérdida de la libertad.

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