En la madrugada del 26 de julio de 1953, un grupo de más de un centenar de combatientes se enfrentó a las tropas de la tiranía en el Cuartel Moncada. Para los jóvenes involucrados, aquel momento representaba la llegada de la “hora cero”, una acción que, a diferencia de las prácticas de tiro o exámenes de disposición de combate, se sentía definitiva y real. Las despedidas familiares fueron variadas y discretas; mientras algunos hijos dijeron a sus madres que se dirigían a una comelata en el campo o a las regatas de Varadero, otros se despidieron como si fueran a su jornada laboral habitual. Hubo madres que desconocían totalmente el destino de sus hijos y otras que, aunque sospechaban la situación, no tenían certezas debido al silencio de los jóvenes.
La operación se desplegó simultáneamente en dos puntos estratégicos. Por un lado, Santiago de Cuba fue el escenario principal, una ciudad que quedaría grabada para siempre en la memoria de quienes sobrevivieron y donde otros permanecerían eternamente en sus amaneceres de julio. Por otro lado, la ciudad de Bayamo fue el punto de acción complementario, con el objetivo fundamental de evitar que llegaran refuerzos al ejército de la tiranía. En ambos lugares, los héroes de la acción saltaron al combate con un propósito claro: encender la llama de la Revolución desde Oriente, considerada la cuna de las luchas insurrectas.
El objetivo central era sacar a Fulgencio Batista del poder utilizando la misma vía por la cual él había llegado: la fuerza. El dictador no había dejado otras opciones a los cubanos, lo que llevó a una vanguardia de jóvenes, en el año del centenario de José Martí, a situarse en la primera línea de combate. Esta acción convirtió el número 26 en un símbolo para la patria. Al frente de este grupo se encontraba Fidel Castro, acompañado por jóvenes que, desde 1952, ya fraguaban la nueva revolución a través del periodismo clandestino, el cual condenaba abiertamente al régimen de Batista. Es relevante destacar que la organización, las prácticas y la obtención de armas se realizaron con recursos modestos, sin patrocinios extranjeros y manteniendo una postura soberana frente a intereses ajenos al pueblo humilde.
El grupo de combatientes, que alcanzó el centenar y medio, estaba integrado por figuras como Abel, Montané, Tasende, Raúl, el doctor Muñoz, Ramiro, Ñico López y jóvenes provenientes de Luyanó y Lawton, además de la tropa artemiseña. También participaron las jóvenes Melba y Haydée; Elda Pérez no pudo asistir debido a la enfermedad de su madre en La Habana. Aunque el asalto al Moncada fue realizado por una selección de jóvenes, el movimiento revolucionario contaba con muchos más integrantes que resultaron indispensables en los meses posteriores de lucha.
El programa político de la acción estaba esbozado en el Manifiesto a la Nación, escrito por Raúl Gómez García bajo la orientación de Fidel. Este documento sentó las bases de la Revolución que luego se daría a conocer al pueblo mediante la radio y que posteriormente se detallaría en el histórico alegato "La Historia me absolverá". Este programa fue el compromiso que los moncadistas que alcanzaron el triunfo en enero de 1959 se propusieron cumplir, honrando la memoria de sus compañeros caídos.
Fidel Castro mantuvo un vínculo emocional profundo con sus compañeros. El 26 de julio de 2005, expresó su agradecimiento y manifestó cargar sobre su conciencia el peso de haber persuadido a aquellos jóvenes a realizar una acción tan atrevida, reconociendo que el azar le permitió vivir muchos años más de lucha. El dolor por los compañeros perdidos fue tal que, en ocasiones, le impedía regresar a lugares entrañables de aquellos días.
La Revolución triunfó exactamente 5 años, 5 meses y 5 días después del asalto al Moncada. Como acto de transformación, el cuartel donde los prisioneros fueron torturados se convirtió en una ciudad escolar el 28 de enero de 1960. De esta manera, el lugar que fue un taller de tortura y muerte se transformó en un espacio educativo, asegurando que ninguna escuela volviera a ser un cuartel de aquella naturaleza.
El Moncada se consolidó, en palabras de Haydée, por la firmeza de quienes murieron y de quienes vivieron. El asalto no fue solo el ataque a una fortaleza, sino un acto para alcanzar el corazón de un pueblo que cambió para siempre. El recuerdo de los sacrificios, como la mirada de Tasende, el cuerpo ensangrentado de Abel o el rostro de Raúl Gómez García destruido por los golpes, permanece como un testimonio de la entrega y la pureza de ideas de aquellos jóvenes que resistieron la tortura y fueron consecuentes con la mañana de la Santa Ana.


