El dolor crónico se ha convertido en una de las condiciones de salud más extendidas y menos comprendidas del siglo XXI. Afecta a millones de personas en todo el mundo, modificando rutinas, relaciones y el bienestar general, incluso cuando la causa original ha desaparecido o nunca fue identificada.
Esta problemática, muchas veces invisible para el entorno, desafía tanto a pacientes como a profesionales de la salud, quienes buscan estrategias para aliviar un padecimiento persistente y complejo.
El dolor crónico afecta a uno de cada cinco adultos y puede persistir una vez sanada la lesión o incluso presentarse sin una causa evidente. Esta condición, definida como dolor con una duración mínima de tres meses, se ubica entre los principales motivos de discapacidad y deterioro de la calidad de vida, según expertos y datos recogidos por Prevention.
El mecanismo del dolor crónico es complejo: las vías nerviosas transmiten señales al cerebro destinadas a alertar sobre un daño y proteger el cuerpo. Sin embargo, estas señales pueden mantenerse activas aun cuando no hay una lesión identificable. "El dolor crónico es una respuesta física y emocional tanto al daño tisular real como al daño percibido", explicó la doctora Leena Mathew, especialista en manejo del dolor del Centro Médico de la Universidad de Columbia.
Expertos de Mayo Clinic coinciden en que este tipo de dolor suele involucrar factores biológicos, psicológicos y sociales. Destacan que la sensibilización del sistema nervioso central puede perpetuar la sensación dolorosa aun en ausencia de lesión física, lo que complica el diagnóstico y el tratamiento.
Las causas más frecuentes del dolor crónico incluyen artritis, migrañas y trastornos del sistema nervioso. También puede asociarse con inflamación persistente, como ocurre en personas con COVID prolongado. La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor reconoció el dolor nociplásico como una categoría independiente, caracterizada por un procesamiento anómalo de las señales dolorosas, incluso sin evidencia de lesión, según la doctora Shana Johnson, citada por Prevention.
Factores emocionales como la depresión y la ansiedad inciden en el dolor crónico. Ambos trastornos afectan la percepción del dolor y el sufrimiento prolongado aumenta el riesgo de problemas de salud mental, generando un ciclo difícil de romper.
Las alternativas terapéuticas incluyen tratamientos médicos y enfoques no farmacológicos avalados por la evidencia científica. Los medicamentos más empleados son los antiinflamatorios no esteroides, como el ibuprofeno, que disminuyen la transmisión de señales dolorosas hacia el cerebro. Desde la perspectiva psicológica, la terapia cognitivo-conductual se utiliza para modificar patrones de pensamiento y ayudar a las personas a afrontar la experiencia del dolor con una actitud más positiva.
Además, los antidepresivos pueden ayudar al cerebro a regular el dolor, incluso en pacientes sin diagnóstico de depresión. Esta medicación potencia neurotransmisores como la serotonina y la noradrenalina, facilitando los mecanismos naturales de supresión del dolor.
De acuerdo con Mayo Clinic, combinar tratamientos médicos con estrategias de apoyo psicológico y cambios en el estilo de vida aumenta la eficacia para controlar el dolor crónico y mejora la calidad de vida. Los hábitos diarios resultan determinantes, como dormir bien, que eleva el umbral de tolerancia al dolor, y la actividad física, que estimula la liberación de endorfinas y compuestos antiinflamatorios, contribuyendo a reducir el dolor, mejorar la movilidad y fortalecer los músculos y tejidos de soporte.
Esta combinación de enfoques médicos, psicológicos y de estilo de vida es fundamental para modular el dolor crónico y prevenir recaídas, concluyeron los especialistas consultados por Prevention y Mayo Clinic para este informe.




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