El impacto de un desastre natural no se limita únicamente a los daños materiales o a las grietas visibles en las estructuras arquitectónicas. En el caso de los terremotos ocurridos en Venezuela, existe una dimensión mucho más profunda y silenciosa que persiste mucho después de que la tierra haya dejado de moverse. Esta realidad ha sido puesta de relieve bajo la premisa de que, para muchas de las personas afectadas, el seísmo terminó en el plano exterior, pero continúa manifestándose dentro de su propio cuerpo.
Esta dualidad entre el cese del evento físico y la permanencia del malestar psicológico describe la naturaleza del trauma. Mientras que las labores de reconstrucción física suelen tener un cronograma definido, la sanación emocional sigue un ritmo distinto, a menudo invisible para quienes no han atravesado la experiencia. El cuerpo humano, al experimentar un evento de tal magnitud, puede almacenar la tensión y el miedo, convirtiendo la memoria del sismo en una sensación constante de alerta que no desaparece simplemente porque el entorno vuelva a estar en calma.
Sobre este complejo proceso de sanación, el psicólogo Jesús Linares Martín ha compartido una perspectiva fundamental para comprender la recuperación postraumática. En declaraciones brindadas a 20minutos, el experto subraya que la recuperación no debe entenderse como un retorno al estado original, sino como un proceso de transformación y adaptación. Según Linares Martín, recuperarse no significa olvidar lo ocurrido ni volver exactamente a la vida anterior.
Esta afirmación es crucial, ya que rompe con el mito común de que la salud mental implica la eliminación del recuerdo doloroso. El olvido no es el objetivo de la terapia ni el camino hacia la estabilidad. El trauma, por definición, es un evento que deja una huella; intentar borrar esa huella sería ignorar una parte fundamental de la historia personal del individuo. Por lo tanto, la recuperación se centra en cambiar la relación que la persona tiene con ese recuerdo, evitando que el suceso siga controlando sus reacciones presentes.
Asimismo, el psicólogo advierte que la expectativa de volver exactamente a la vida anterior puede ser contraproducente. Un terremoto es un evento disruptivo que altera la percepción de seguridad del individuo y su entorno. Pretender que la persona regrese a ser quien era antes del sismo es ignorar la magnitud del impacto emocional. La vida posterior a un desastre natural es, inevitablemente, una vida distinta, marcada por la conciencia de la fragilidad y la vulnerabilidad.
En lugar de buscar una vuelta al pasado, Linares Martín propone un camino basado en la integración. El proceso consiste en integrar esa experiencia en la propia historia. Esto implica procesar lo sucedido, darle un sentido y aceptar que el evento ahora forma parte de la narrativa vital del sobreviviente. Al integrar el trauma, el individuo deja de luchar contra el recuerdo y comienza a caminar con él, transformando el dolor en una experiencia procesada.
El objetivo final de este proceso es reconstruir un nuevo equilibrio. No se trata de recuperar el balance perdido, sino de edificar uno nuevo sobre los cimientos de la realidad actual. Este nuevo equilibrio permite que la persona recupere su funcionalidad y su bienestar, aceptando que, aunque la cicatriz permanece, el dolor agudo ha sido transformado en aprendizaje y resiliencia.
En conclusión, el abordaje del impacto psicológico de los terremotos en Venezuela requiere una comprensión profunda de que la emergencia no termina cuando cesa la actividad sísmica. La verdadera reconstrucción comienza en el interior del cuerpo y la mente de los afectados, donde el trabajo psicológico es esencial para transitar desde el estado de alerta constante hacia la construcción de una nueva estabilidad emocional.


