Durante más de dos décadas, Oscarina Soncin y Giovanna Pizzo siguieron una rutina inalterable al amanecer en la laguna de Scardovari, en el noreste de Italia. Ambas se dedicaban a la recolección de las prestigiosas almejas Manila, un producto emblemático de la región y pilar de la gastronomía italiana. Su trabajo, arduo y realizado en aguas gélidas, no solo les proporcionaba ingresos estables y una sensación de libertad, sino que también desafiaba los prejuicios sobre la aptitud de las mujeres para este oficio, llegando incluso a ser objeto de un reportaje de National Geographic en 2021.
Sin embargo, a partir de 2023, el panorama cambió drásticamente. Soncin y Pizzo comenzaron a encontrar conchas rotas y vacías en el fondo marino, obligándolas a pasar más tiempo en el agua para intentar completar sus cuotas, objetivo que con frecuencia resultaba inalcanzable. El responsable de este declive es el cangrejo azul del Atlántico, un crustáceo originario de la costa este de Estados Unidos y el Golfo de México que ha invadido el delta del río Po, devorando las almejas que han sido el sustento de generaciones de recolectores.
El impacto económico y ecológico es devastador. En la laguna de Scardovari, la captura anual de almejas se desplomó en un 93 %, pasando de 4.800 toneladas a solo 340 toneladas desde 2023. En algunas zonas, no ha sobrevivido un solo ejemplar de almeja. La situación es similar en la laguna de Goro, donde la producción cayó a una media de 4.000 toneladas en 2024, lo que representa un descenso del 70 % respecto a la década anterior. Italia, que es el segundo mayor productor mundial de almejas Manila después de China, ve amenazado el corazón de su industria nacional.
Los científicos explican que este fenómeno es el resultado de una combinación de factores ambientales y climáticos. El calentamiento global ha elevado la temperatura de los océanos y propiciado inviernos más suaves, permitiendo que los cangrejos se multipliquen y reproduzcan con mayor éxito, incluso varias veces en una misma temporada. Además, el aumento del tráfico marítimo ha facilitado la introducción continua de huevos y larvas durante décadas.
Eventos meteorológicos extremos han acelerado la crisis. En 2022, la sequía más severa en dos siglos en el norte de Italia permitió que el agua salada penetrara río arriba en el Po, creando el entorno ideal para la reproducción de las hembras. Posteriormente, fuertes lluvias e inundaciones dispersaron las larvas por todo el delta. El río Po, el más largo de Italia, aporta nutrientes naturales y agrícolas que, junto con la oxigenación proporcionada por las mareas del mar Adriático, han convertido las lagunas en un paraíso para el cangrejo azul.
Esta transformación ecológica ha provocado una crisis laboral. Más de 600 pescadores, que representan el 40 % de los miembros del consorcio local, han abandonado la actividad. Muchos han entregado sus licencias para buscar nuevas carreras, mientras que otros intentan adaptarse. El volumen de capturas de cangrejo azul aumentó un 900 % entre 2022 y 2024, pasando de 200 a 2.000 toneladas, alterando totalmente la red ecológica al devorar incluso las semillas de almejas.
El Gobierno italiano ha respondido invirtiendo al menos 10 millones de euros en la captura, eliminación de los crustáceos e instalación de redes y vallas protectoras. También se ha intentado fomentar su consumo, aunque los italianos se muestran reticentes debido a la asociación del cangrejo con el daño económico local y a que su preparación es más laboriosa que la de las almejas. Actualmente, el cangrejo azul se utiliza principalmente para comida de mascotas.
Ante la ineficacia de algunas medidas de control, ha surgido una alternativa comercial. El consorcio local se ha asociado con la empresa esrilanquesa Taprobane Seafoods para exportar el cangrejo azul a mercados internacionales, incluido Estados Unidos, transformando la amenaza en una oportunidad económica. Algunos pescadores, como Angela Franceschetti, han adaptado su rutina: ahora revisa 80 trampas para cangrejos según los horarios de las mareas, dedicando varias horas a esta tarea antes de atender sus cultivos de almejas y mejillones.
Para otros, como Soncin y Pizzo, la adaptación fue imposible. Ambas abandonaron la pesca en 2024; Soncin ahora trabaja en la limpieza de casas y Pizzo en una planta procesadora de pescado. A pesar de mantener ingresos similares, ambas lamentan la pérdida del contacto directo con la naturaleza y la libertad que el trabajo en el agua les brindaba durante décadas.


