Nikopol, situada en el sur de Ucrania, es una ciudad que rara vez acapara los titulares internacionales, quedando frecuentemente eclipsada por la tensión constante que rodea a la central nuclear de Zaporiyia, ubicada justo al otro lado del río. Sin embargo, la realidad cotidiana de sus habitantes es devastadora. Según las autoridades locales, Nikopol se encuentra en la primera línea de la invasión rusa a gran escala y ha sido blanco de ataques casi diarios desde el inicio del conflicto.
La vulnerabilidad de la ciudad se debe en gran medida a su geografía. Al estar situada a tan solo tres kilómetros de las posiciones militares rusas en la orilla opuesta del río Dniéper, la población civil se enfrenta a un riesgo extremo y constante de ataques perpetrados por drones de corto alcance. Esta situación ha dado lugar a lo que los residentes denominan un "safari humano", donde los drones FPV (vista en primera persona) parecen perseguir a personas comunes en lugar de objetivos militares.
Los testimonios locales reflejan un clima de terror persistente. Oleksandr Varytsev, poeta y director de una organización benéfica que asiste a personas mayores y discapacitadas, afirma que, aunque se han acostumbrado al peligro, el miedo nunca desaparece. La brutalidad de estos ataques quedó evidenciada en un video publicado en junio, donde un dron ruso atacó a una anciana de 87 años en silla de ruedas, resultando en la muerte de la mujer, su hijo y una tercera persona. En abril, otro ataque contra un autobús urbano terminó con la vida de cuatro civiles.
A pesar de que Rusia sostiene que sus objetivos en Nikopol son amenazas de las Fuerzas Armadas ucranianas, las pruebas en el terreno sugieren lo contrario. Varytsev reporta que la frecuencia de los drones ha aumentado drásticamente en los últimos meses, pasando de dos o tres avistamientos diarios a unos tres por hora, operando indistintamente de día y de noche.
Este asedio ha transformado la vida urbana. Para evitar convertirse en víctimas, los ciudadanos han alterado sus hábitos: evitan las paradas de autobús y los espacios públicos. Las escuelas y jardines de infancia han cerrado sus puertas, mientras que servicios esenciales como el correo nacional y el transporte urbano se suspenden con regularidad. La ciudad, que antes de la invasión contaba con unos 100.000 habitantes y era famosa por el cultivo de fresas, ha visto cómo su población se reducía a la mitad.
Ante la amenaza, la ciudad ha implementado medidas de adaptación creativas y tecnológicas. Nikopol está ahora cubierta por redes de pesca aéreas diseñadas para atrapar los drones FPV antes de que alcancen sus objetivos. Los residentes trabajan para extender estas redes desde las carreteras hasta las aceras para garantizar una movilidad más segura.
En el ámbito tecnológico, se han adoptado dispositivos detectores de drones conocidos como "Chuykas", fabricados por la empresa ucraniana BlueBird Tech. Estos dispositivos emiten un pitido al detectar frecuencias de radio analógicas. Aunque Carmine Clemente, profesor de sistemas de radar de la Universidad de Strathclyde, advierte que no son una solución definitiva ya que no detectan señales digitales o rutas preestablecidas, señala que pueden otorgar unos minutos cruciales para que una persona abandone un autobús y busque refugio.
Kateryna Bondar, investigadora del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), explica que estos detectores son utilizados ampliamente por conductores, voluntarios y personal médico en las zonas de primera línea. Según Bondar, los rusos utilizan estas regiones no solo para entrenar a sus pilotos de drones, sino también para ejecutar campañas de guerra psicológica.
La comunicación comunitaria también ha sido clave. Mykola Koshelev, dueño de una empresa de transporte, utiliza la aplicación Zello para alertar a sus conductores sobre enjambres de drones, especialmente comunes entre las 7 y las 9 de la mañana. Por su parte, RadioNikopol ha integrado una función en su aplicación para que los ciudadanos reporten drones sospechosos, provocando que la emisora interrumpa su programación musical inmediatamente para difundir las alertas.
La crisis se extiende también a la infraestructura ferroviaria. Desde 2022, se han registrado más de 5.000 ataques contra los ferrocarriles ucranianos. El maquinista Igor Zachepilov describe la angustia de realizar evacuaciones donde los pasajeros deben huir hacia campos abiertos, ya que permanecer en los trenes es más peligroso. Zachepilov relata haber pasado horas detenido en estaciones escuchando explosiones y el zumbido de drones sobre sus cabezas.
Para los analistas, la capacidad de respuesta y la agilidad de la industria ucraniana para crear soluciones en cuestión de meses ante nuevas amenazas se han convertido en un referente para la defensa occidental. Mientras tanto, en Nikopol, ciudadanos como Oleksii Kirillov, quien ha dedicado los últimos años a facilitar evacuaciones, insisten en permanecer. A pesar de que sus hijos no pueden jugar fuera más de dos horas al día y sus círculos sociales se han reducido, Kirillov afirma con determinación: "Es nuestro hogar. No nos iremos".


