En medio de una situación crítica en Venezuela, donde la información sobre los daños materiales y las pérdidas humanas sigue siendo limitada y las estimaciones iniciales han sido superadas con tristeza, Ecuador ha respondido con rapidez para posicionarse en la primera línea de asistencia humanitaria. La respuesta inmediata se ha manifestado a través del traslado de bomberos de las ciudades de Quito y Guayaquil, quienes se han movilizado para brindar apoyo técnico y operativo en las zonas afectadas.
Esta acción no ha sido un esfuerzo aislado, sino que ha dado lugar a la formación de una red de ayuda robusta y diversificada. En este entramado de solidaridad han convergido diversos actores, incluyendo a la sociedad civil, la Iglesia católica, bancos de alimentos, empresas privadas y la cámara binacional. Esta sinergia entre el sector público y el privado busca optimizar la entrega de recursos y servicios básicos para la población venezolana en este momento de vulnerabilidad.
La experiencia acumulada en desastres previos, específicamente durante el terremoto de 2016 y la crisis sanitaria provocada por la pandemia en 2020, así como otros episodios de riesgos naturales y antrópicos, ha dejado lecciones fundamentales sobre cómo gestionar la ayuda para que sea verdaderamente eficiente. Una de las premisas principales es la configuración de un equipo interinstitucional directamente en el lugar de los hechos. Si bien la presencia del Estado es fundamental a través de sus entidades de riesgos y la fuerza pública, la historia ha demostrado que esta acción es, por sí sola, insuficiente.
Para que la gestión de la crisis sea exitosa, es indispensable que el equipo de respuesta esté integrado por instituciones de la sociedad civil. Organizaciones como la Cruz Roja, la Iglesia y los bancos de alimentos aportan capacidades logísticas y operativas que complementan la estructura estatal. Esta colaboración es vital no solo por la capacidad de despliegue, sino por la percepción de transparencia y neutralidad que proyectan hacia el exterior.
Un punto crítico en la gestión de desastres es la relación con los donantes. Existe una tendencia generalizada en la cual quienes proveen los recursos se muestran reacios a canalizar la ayuda exclusivamente a través de los gobiernos, debido al temor de que la asistencia humanitaria sea sometida a procesos de politización. Es en este escenario donde las entidades civiles y las organizaciones multilaterales juegan un rol determinante, ya que otorgan la credibilidad necesaria para que el flujo de donaciones no se detenga y llegue efectivamente a quienes lo necesitan.
En este sentido, la Iglesia católica ha demostrado ser un activo estratégico invaluable. Gracias a que posee, literalmente, una sucursal en cada parroquia, su infraestructura permite un despliegue rápido y una distribución capilar de la ayuda que sería imposible de alcanzar mediante una estructura administrativa centralizada. Tanto en 2016 como en 2020, el concurso de la Iglesia fue el factor que permitió que los suministros llegaran a los rincones más remotos y necesitados de manera oportuna.
Otro factor determinante para el éxito de la misión es la capacidad de definir prontamente la magnitud del problema y determinar con precisión las necesidades materiales. La voluntad de la ciudadanía por ayudar suele ser masiva, pero si no existe una guía clara sobre lo que se requiere, se corre el riesgo de generar ineficiencias. El exceso de ciertos artículos puede resultar contraproducente; por ejemplo, si se solicitan 1.000 colchones o frazadas y llegan 1.500, ese excedente representa un costo de oportunidad, ya que se deja de recibir comida o artículos de higiene esenciales que podrían haber ocupado ese espacio logístico.
La situación actual en Venezuela sirve como un recordatorio de que nadie está exento de enfrentar un desastre natural y que la preparación constante es la única defensa viable. La solidaridad expresada hacia el pueblo venezolano se fundamenta en la convicción de que la cooperación coordinada es la herramienta más poderosa para salvar vidas y reconstruir el tejido social tras una tragedia.


