El entorno laboral está experimentando una transformación profunda que comienza por las tareas más elementales. Durante años, el uso de herramientas como Excel representó para muchos el primer paso en el aprendizaje de un oficio; era esa labor tediosa que, aunque rutinaria, permitía absorber los fundamentos de una profesión. Sin embargo, hoy la inteligencia artificial ha comenzado a ejecutar esas mismas tareas, marcando un cambio de paradigma en la naturaleza del trabajo humano.
Este fenómeno no es el primero en su tipo. La historia demuestra que las máquinas han vuelto prescindibles diversas habilidades en etapas anteriores. La diferencia fundamental radica en el área de impacto: mientras que las revoluciones previas sustituyeron la fuerza de los brazos, la revolución actual comienza a desplazar capacidades de la cabeza.
Para comprender el riesgo actual, es necesario mirar hacia atrás, específicamente a la Revolución Industrial. Aquel periodo no se limitó únicamente a la invención de la máquina de vapor, la proliferación de fábricas y la aparición de chimeneas. Fue, en esencia, la historia de millones de personas que se vieron obligadas a buscar nuevos espacios laborales cuando las reglas de la producción cambiaron drásticamente. Antes de que las ciudades se llenaran de humo, el sector agrícola ya estaba logrando producir más con menos personal. Si bien la productividad aumentó, quienes dejaron de ser necesarios no desaparecieron, sino que migraron hacia las fábricas para aprender oficios que sus antecesores desconocían. Este proceso fue duro, desigual y, en muchos casos, cruel.
La transición no fue sencilla, ya que las ciudades no estaban preparadas para recibir a esta masa de trabajadores. El progreso trajo consigo fábricas, pero también hacinamiento, enfermedades y explotación infantil. Esta realidad fue retratada por autores como Dickens, quien describió el escenario que surge cuando una sociedad evoluciona más rápido que su capacidad para proteger a quienes quedan atrapados en el proceso de transición.
Con el tiempo, aquella revolución industrial permitió la creación de nuevos empleos, el abaratamiento de los bienes, la educación masiva y la prosperidad de la era moderna. No obstante, el lapso temporal necesario para alcanzar ese bienestar es el punto más conflictivo. Durante décadas, la productividad avanzó a un ritmo mucho más acelerado que los salarios, las instituciones y el desarrollo urbano. El progreso llegó, pero muchas vidas quedaron atrapadas en ese intervalo de tiempo.
En la actualidad, la inteligencia artificial y la robótica plantean una lección similar. El debate no se limita únicamente a la desaparición o aparición de puestos de trabajo, sino que se centra en la productividad, las habilidades y la velocidad del cambio. Si anteriormente la máquina multiplicó la fuerza física, hoy comienza a multiplicar las capacidades cognitivas. Esto incluye actividades como escribir, analizar, diseñar, programar, diagnosticar y decidir. El problema radica en que, cuando la productividad cambia de manos con tanta rapidez, los beneficios rara vez se distribuyen de manera equitativa por sí solos.
En el caso específico del Perú, esta situación resulta especialmente preocupante debido al historial del país en la conversión de conocimiento en productividad. Un ejemplo claro es el cultivo de la papa. A pesar de que el tubérculo nació en los Andes y que el Centro Internacional de la Papa tiene su sede en territorio peruano, el rendimiento productivo es bajo. Según datos de Faostat, el rendimiento promedio en Perú es de unas 17 toneladas por hectárea, mientras que en Holanda alcanza las 45 toneladas, casi el triple.
Este dato no se limita únicamente a la agricultura, sino que es un síntoma de una brecha productiva generalizada. Cuando el trabajo rinde menos, se reducen proporcionalmente los ingresos, las oportunidades y la capacidad de cerrar las distancias sociales entre los ciudadanos.
Las recientes elecciones han puesto de manifiesto que el crecimiento económico no es suficiente si millones de personas sienten que ese progreso nunca llegó a sus hogares. El riesgo para el Perú es que esta nueva revolución tecnológica llegue sobre las mismas brechas estructurales de siempre, ampliándolas aún más. El país enfrenta el peligro de recibir el impacto de la inteligencia artificial sin haber obtenido plenamente los beneficios de la revolución industrial anterior, debido a que no se industrializó lo suficiente, no se logró una formalización laboral adecuada y no se implementó una educación equitativa que elevara la productividad donde era más urgente.
A diferencia de la revolución del vapor, que se comprendió plenamente una vez que ya había concluido, la revolución cognitiva no otorgará ese lujo de tiempo para la reflexión.


