El experimento libertario encabezado por Javier Milei atraviesa una etapa donde se cristaliza una pregunta fundamental sobre la viabilidad de su gestión: ¿puede un gobierno mantener la eficacia administrativa y la sintonía social mientras exhibe un nivel tóxico de confrontación política interna? Mientras que la teoría política clásica sugiere que las tensiones internas terminan afectando la dinámica de la administración y generando descontento en el electorado, el Presidente parece haber disociado ambos planos. Para Milei, el objetivo absoluto es el crecimiento económico, basando su evaluación final en la capacidad de controlar la inflación, estabilizar las variables macroeconómicas y generar bienestar.
Esta postura no responde a una decisión estratégica, sino a su naturaleza de economista. Esta visión lo lleva a manifestarse prescindente de la política, incluso cuando las disputas domésticas ponen en riesgo su capital simbólico en términos de transparencia y su diferenciación respecto a la "casta". Mientras el mandatario puede ser enérgico al rugir indicadores económicos, se muestra incapaz de intervenir para aplacar las rencillas intestinas que afectan a su gabinete.
Desde el seno del Gobierno, figuras clave admiten que, si bien Milei fue votado para resolver la economía, combatir a la casta y cambiar la política, actualmente todo el proyecto parece reducido a lo económico. Existe la percepción interna de que el Presidente solo está dispuesto a jugarse por el rumbo financiero, ya sea por convicción, formación o conveniencia, convirtiendo a la economía en la única "tabla de salvación" del Gobierno.
Este liderazgo reticente quedó evidenciado en conversaciones recientes donde el Presidente, aunque manifestó su disgusto ante los escándalos internos con frases como "es una locura, hay que pararlos", no mostró indicios de actuar personalmente. En los últimos diez días, Milei fue desautorizado en dos ocasiones: primero por Manuel Adorni, al no presentar su declaración jurada según lo prometido, y luego por "el Gordo Dan", respecto a mensajes de Martín Menem. En estos casos, el Presidente invirtió los roles, actuando como vocero en defensa de su equipo sin una planificación previa.
La parálisis del mandatario ante estos conflictos tiene una raíz emocional. Si bien ha sido inflexible al despedir a funcionarios como Guillermo Ferraro, Osvaldo Giordano, Sonia Cavallo o Nicolás Posse, no actúa cuando los conflictos involucran lazos personales, específicamente con su hermana Karina Milei o Santiago Caputo. El reciente cruce virtual entre Caputo y Martín Menem es un ejemplo de esta dinámica; a pesar del escándalo, Caputo no fue reprendido y el Presidente lo describió públicamente como "un hermano".
Esta situación ha normalizado una dosis de desorden y desconfianza entre las facciones del Gobierno. Se han cristalizado dos bandos que exceden el núcleo duro de Karina y Caputo. Por un lado, existen alineamientos que incluyen a figuras como Nicolás Márquez y Agustín Laje, quienes han criticado a Adorni y Menem respectivamente. En la vereda opuesta, Lilia Lemoine y Santiago Oría actúan como arietes del ala karinista.
En cuanto a la estructura ministerial, se observa que Pablo Quirno, Diego Santilli, Juan Bautista Mahiques, Alejandra Monteoliva y Carlos Presti orbitan alrededor de Karina Milei. Por otro lado, Luis Caputo y Mario Lugones, junto a funcionarios de la SIDE y la ARCA, mantienen afinidades con Santiago Caputo. En un tercer grupo se encuentran los "mileístas puros", como Federico Sturzenegger y Sandra Pettovello, quienes solo se referencian en el Presidente. Estas divisiones ya no son solo de visión política, sino que involucran disputas por cuotas de poder, intereses y negocios.
En el plano económico, Milei y Luis Caputo encuentran motivos para el optimismo tras un primer trimestre adverso. Los datos de marzo muestran una actividad económica 3,5% superior a febrero, y el superávit comercial de abril registró un crecimiento de las exportaciones del 33,6% interanual, sumado a la aprobación de un nuevo tramo del crédito del FMI. Sin embargo, la economía real muestra otra cara: el Indec reportó caídas interanuales de ventas en supermercados (-5,1%), autoservicios (-7,2%) y shoppings (-13,3%).
Caputo ha señalado que generar superávit vía ajuste es cada vez más difícil, sugiriendo una transición de una fase fiscalista a una productivista que requiere un crecimiento fuerte para mantener el equilibrio. No obstante, el ministro parece resignado a que un gran acuerdo político con los gobernadores no superará el filtro de Karina Milei, limitando sus aspiraciones a un pacto fiscal para reducir impuestos provinciales y tasas municipales.
Finalmente, el Gobierno mantiene una alta expectativa por una posible visita del papa León XIV a la Argentina. Para normalizar la vía diplomática, se designó a Michael Banach como nuncio apostólico y a Agustín Caulo como secretario de Culto. Aunque hubo ansiedad oficial por anunciar la visita, la confirmación depende exclusivamente del Vaticano, que estaría esperando el desenlace de las elecciones en Perú el 7 de junio para definir el itinerario. Mientras tanto, la ministra Sandra Pettovello mantiene un vínculo cordial con la Iglesia, actuando como puente en medio de las diferencias sociales y la distancia que Milei ha mantenido con la cúpula eclesiástica.


