Tras la muerte de Vladimir Lenin en 1924, Iósif Stalin orquestó una serie de maniobras para asegurar su ascenso al poder, comenzando por engañar a su rival León Trotsky para que no asistiera al funeral del líder revolucionario. Esta ausencia fue aprovechada por Stalin para presentarse como el sucesor natural y necesario de Lenin, iniciando una campaña de rumores que acusaban a Trotsky de traición y desprecio hacia el fallecido líder. La persecución de Trotsky culminaría 16 años después con su asesinato en México en 1940.
Sin embargo, la eliminación de sus oponentes fue solo el primer paso. Stalin procedió a desmantelar la presencia de Lenin en la esfera pública, retirando sus retratos y evitando la mención de su nombre y discursos. Paralelamente, se promovió una nueva narrativa biográfica de Stalin, presentándolo como un colaborador indispensable para Lenin, incluso sugiriendo que Lenin dependía de su eficacia organizativa. Esta estrategia buscaba consolidar a Stalin como el verdadero padre tanto de Lenin como del Estado soviético.
El reemplazo del liderazgo anterior por figuras leales a Stalin fue el tercer paso en la instauración de la dictadura estalinista. Los seguidores de Trotsky fueron reprimidos, mientras que los de Lenin fueron relegados a puestos en provincias remotas. A medida que Stalin concentraba más poder, su trato hacia aquellos que no le mostraban lealtad se volvía más severo.
Para completar su consolidación, Stalin modificó la estructura legal del régimen, otorgándose poderes ilimitados en todos los ámbitos de la vida. Este cuarto paso no solo implicó la borradura del pasado y del liderazgo previo, sino que también transformó la revolución leninista en una dictadura totalitaria.
Este patrón de borrar el pasado y mutar el régimen, manteniendo el poder como objetivo primordial, ha sido una constante en los regímenes comunistas históricos. En China, Deng Xiaoping sepultó la imagen de Mao Zedong, mientras que el actual Xi Jinping se ha dedicado a eliminar la memoria política de sus predecesores, buscando establecer su propio liderazgo como el fundacional.
En Venezuela, el populismo ha seguido una trayectoria similar en tres etapas distintas. Hugo Chávez, con el respaldo de los recursos petroleros y una habilidad para la exclusión, denigró el periodo democrático de 1958 a 1998, sentando las bases de una dictadura personalista. Tras la muerte de Chávez, Nicolás Maduro asumió el poder violando la Constitución y ejecutó una nueva mutación del régimen, transformándolo en un sistema delincuencial, violador de los derechos humanos y vinculado al narcotráfico.
Actualmente, a partir del 3 de enero, Venezuela está experimentando una tercera borradura y mutación del régimen. Maduro ha sido relegado a un segundo plano, la figura de Cilia Flores ha sido silenciada, y se han producido numerosos cambios en el personal gubernamental. Delcy Rodríguez, sin anunciar cambios profundos, está transformando el régimen hacia una configuración distinta, cuyo propósito final aún no es claro.
Lo que sí es evidente es que se está produciendo una nueva mutación, mientras que las memorias de Chávez y Maduro son progresivamente sepultadas por las acciones y omisiones del poder. Este proceso refleja una práctica recurrente en regímenes autoritarios: la manipulación de la historia y la reconfiguración del poder para asegurar su continuidad, a menudo a costa de la verdad y la justicia. La historia, en estos casos, se convierte en una herramienta para la legitimación del presente y la supresión de cualquier disidencia. La borradura del pasado no es solo un acto de memoria selectiva, sino una estrategia fundamental para consolidar el control y perpetuar la dictadura.


