Europa ha iniciado una carrera por la autonomía en defensa espacial tras la invasión rusa de Ucrania y el "abandono" de Estados Unidos. Los presupuestos aumentan, proliferan los programas comunes y el espacio se convierte en un dominio estratégico junto al ciberespacio y el mar.
En 2025, la militarización del espacio exterior dejó de ser un debate "de futuro" y pasó a ser una realidad operativa. Satélites comerciales se han convertido en infraestructura militar, las redes de comunicaciones se atacan (o se amenazan), y las potencias entrenan para degradar sensores, enlaces y navegación sin disparar un solo misil. Lo orbital ya no va de prestigio, va de mando y control, de ISR y de aguantar interferencias en guerra real.
La Estrategia Espacial de Seguridad y Defensa de la UE (2023) advierte que el espacio debe protegerse como infraestructura crítica y, si es necesario, defenderse. La Agencia Espacial Europea (ESA), aunque no forma parte de la UE, desempeña un papel técnico clave en programas como Copernicus, Galileo o el nuevo sistema de comunicaciones seguras IRIS².
Este movimiento no es un cambio repentino, sino la culminación de una tendencia: el espacio dual, donde lo civil y lo militar se entrelazan. La tendencia más visible de 2025 fue el salto desde pocos satélites y muy caros hacia constelaciones grandes, repartidas y reemplazables, impulsado por Estados Unidos con su arquitectura de "warfighter" en órbita baja.
En 2025, aumentó el peso de la interferencia y el engaño (jamming/spoofing), los ataques cibernéticos contra estaciones terrestres, el deslumbramiento láser y las maniobras de proximidad en órbita (RPO) como señal de capacidad o preparación para acciones reversibles. Esto encaja con la realidad de la guerra moderna: degradar servicios sin generar escombros y sin cruzar líneas políticas demasiado claras.
El año también consolidó un hecho incómodo: una parte del músculo espacial útil en conflicto ya no es estatal, sino comercial, y eso crea nuevas dependencias. La conversación de inteligencia y seguridad en Europa se movió desde "usar datos" a "proteger servicios" (y asumir que el adversario los va a perseguir).
Para España, el salto no es 'tener satélites': es proteger el servicio. Eso implica blindar estaciones terrestres, enlaces y cadenas de suministro, y entrenar para operar con degradación (interferencias, ciberataques, pérdida parcial de nodos). Si Madrid quiere estar arriba en programas como ERS/EOGS o IRIS², necesita compras sostenidas y una agenda industrial-diplomática para pelear paquetes completos, no solo subcontratos.
El gran desafío para España será evitar quedar relegada a un papel de proveedor de segundo nivel, ya que la estructura de poder en la ESA sigue dominada por Francia y Alemania, que aportan las mayores contribuciones financieras y concentran la mayoría de los contratos.

