China mantiene un profundo orgullo por su historia, aunque gran parte de su patrimonio físico se ha perdido a través de los siglos debido a guerras, saqueos, revoluciones e incendios. Ante esta realidad, ha surgido el fenómeno de los "fanggu", atracciones de imitación histórica que consisten en la construcción de pueblos enteros de estilo antiguo diseñados desde cero. Estas estructuras, que van desde palacios relucientes hasta bulevares majestuosos, son el resultado de una planificación minuciosa donde se trasplantan vides y se desgastan tejas mecánicamente para simular la antigüedad.
Este modelo de turismo responde a una tendencia de consumo moderno. Según Yang Jinsong, director del Instituto Internacional de la Academia de Turismo de China, los consumidores actuales están más dispuestos a pagar por el "valor emocional", buscando un significado cultural y una mayor implicación a través de experiencias inmersivas. Para muchos ciudadanos chinos, especialmente aquellos afectados por una economía estancada, estos pueblos fanggu representan la escapada ideal.
Una de las principales atracciones de estos sitios es la posibilidad de sumergirse en la estética clásica. Por un promedio de 15 dólares, los visitantes pueden alquilar trajes tradicionales conocidos como Hanfu. Por 10 dólares adicionales, acceden a un paquete que incluye maquillaje, accesorios y fotografía profesional con edición. Esta tendencia de buscar una piel pálida y labios rojos se ha vuelto viral en Xiaohongshu (RedNote) y ha atraído incluso a turistas extranjeros bajo el movimiento "Chinamaxxing", que promueve la estética y las costumbres chinas en redes sociales.
Un ejemplo emblemático es Gubei, un complejo construido en 2014 por una empresa estatal con una inversión de 600 millones de dólares. Situado cerca de la Gran Muralla, Gubei imita un pueblo acuático de Jiangnan, con canales, casas de té y calles empedradas. Sin embargo, existe una contradicción geográfica evidente: Jiangnan significa "al sur del río Yangtsé", una región situada a unos 1.300 kilómetros de distancia de Gubei, en el norte del país. A pesar de esto, la conveniencia de tener la Gran Muralla y un pueblo acuático a solo dos horas en coche de Beijing ha sido un éxito comercial. Plataformas como Klook reportan miles de reservas con calificaciones promedio de 4,9. El complejo ofrece desde casas de huéspedes hasta resorts de lujo que alcanzan los 500 dólares por noche. No obstante, algunos visitantes, como la estudiante tailandesa Minyada "Minnie" Chotichaicharin, han expresado sentirse engañados al descubrir que el lugar no posee la antigüedad que aparenta.
En Xi’an, ciudad que fue la capital de China durante más de un milenio y puerta de la Ruta de la Seda, convive la esencia histórica con la modernidad artificial. La ciudad ha creado Datang Everbright City, una zona peatonal de 2.100 metros que recrea la Edad de Oro de la dinastía Tang con luces de neón y música electrónica. Este destino atrae a casi 75 millones de visitantes anuales. Aquí ha surgido la moda de las bodas que "viajan en el tiempo", donde parejas contratan servicios de estudios como Mr. Zhou para realizar sesiones fotográficas con tres cambios de vestuario: Hanfu de la era Tang, qipaos de la época republicana y vestidos blancos occidentales. Estos paquetes incluyen guionistas, directores y actores que recrean ceremonias antiguas con danza del león, trompetas y caballos.
Finalmente, en la región de Xinjiang, el gobierno ha reposicionado la zona como una "ventana al mundo" aprovechando el legado de la Ruta de la Seda. A pesar de las denuncias internacionales sobre violaciones de derechos humanos contra uigures y minorías musulmanas —acusaciones que el gobierno chino niega—, el turismo ha crecido exponencialmente. En 2025, Xinjiang registró 323 millones de turistas y generó ingresos superiores a los 53.000 millones de dólares. En Kashgar, la Ciudad Vieja fue demolida y reconstruida hace más de una década, convirtiéndose en una réplica modernizada y aséptica de su centro cultural original. Aunque algunos viajeros extranjeros, como Edward Zhou, describen la experiencia como "surrealista" y similar a un parque temático, consideran que ofrece una perspectiva histórica única.
Mientras algunos turistas valoran la evasión y la estética de estos destinos, otros critican la falta de transparencia y la artificialidad de la experiencia. Sin embargo, el éxito en las redes sociales sigue impulsando la expansión de estas fantasías arquitectónicas.


