El funeral del senador Lindsey Graham, celebrado el pasado martes en la Catedral Nacional de Washington, trascendió el ámbito del duelo para convertirse en un complejo acto político. El evento no solo sirvió para despedir al legislador de Carolina del Sur, sino que funcionó como una plataforma de diplomacia de alto riesgo donde coincidieron el presidente Donald Trump, el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, y el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu.
La ceremonia puso de relieve la capacidad de Graham como un gran organizador y su habilidad para navegar los círculos de poder. A lo largo de su carrera, Graham desarrolló un estilo camaleónico que le permitió conciliar posturas aparentemente opuestas: defendió el intervencionismo neoconservador mientras se posicionaba como un ferviente defensor del lema “Estados Unidos Primero”. Esta dualidad fue señalada por el propio Donald Trump durante su elogio fúnebre, cuando afirmó desde el púlpito que Graham “nunca vio una guerra que no le gustara”.
Pese a estas contradicciones, Graham fue valorado por su capacidad de crear puentes, siguiendo el ejemplo de su mentor, el senador John McCain. Su lealtad hacia Trump, incluso cuando otros republicanos se distanciaban del presidente, le permitió acceder a su círculo más íntimo. Desde esa posición privilegiada, Graham pudo presionar al mandatario en temas críticos donde discrepaban profundamente, especialmente en lo referente al apoyo militar a Ucrania. Trump reconoció esta omnipresencia al declarar que, durante más de tres décadas, nada importante ocurrió en Washington ni en el mundo sin que Graham tuviera conocimiento o una opinión al respecto.
El legado del senador recibió un impulso tangible durante el servicio, cuando sus colegas bipartidistas en el Senado anunciaron un proyecto de ley destinado a otorgar a Trump mayores facultades para imponer sanciones a Rusia. Este gesto subrayó la función de Graham como enlace entre diversas facciones políticas, tanto dentro del Partido Republicano como con los demócratas.
Sin embargo, la jornada también evidenció que Donald Trump sigue siendo el centro de gravedad de la política exterior estadounidense. Las reuniones mantenidas al margen del funeral mostraron misiones contradictorias. Por un lado, Volodymyr Zelensky llegó a Washington desesperado por obtener el apoyo de Trump para finalizar la guerra en Ucrania. Por otro lado, Benjamin Netanyahu buscaba que el presidente impulsara la reiniciación de un conflicto.
Zelensky experimentó un momento de viento a favor, beneficiándose de una mejora en su imagen pública, impulsada en parte por el cambio de postura de Laura Loomer, una figura influyente del movimiento MAGA, quien admitió haber sido engañada por la propaganda rusa tras visitar Kyiv. Trump, quien tiende a admirar a los vencedores, parece haber valorado la capacidad de Zelensky para llevar la lucha al territorio ruso mediante el uso de drones y armas caseras que han neutralizado ventajas militares convencionales. Esta situación guarda paralelismos con la situación del propio Trump y su relación con Vladimir Putin, ambos enfrentados a adversarios más pequeños que utilizan tecnología disruptiva.
En contraste, la recepción de Benjamin Netanyahu fue más fría. El primer ministro israelí fue percibido como un invitado indeseado, anticipando su encuentro en el Despacho Oval con una reprimenda de Trump a través de Fox News. El presidente cuestionó la forma en que Netanyahu comunicaba la información sobre la actividad nuclear iraní, criticando que el primer ministro anunciara tales datos al mundo en lugar de informárselo directamente.
A pesar de que Netanyahu describió la conversación como una de las mejores que han tenido, la ausencia de imágenes televisadas de la reunión privó al líder israelí de un material visual clave para sus campañas electorales internas. Por su parte, Zelensky, aunque logró un acercamiento, enfrenta la incertidumbre sobre las licencias para fabricar interceptores antimisiles Patriot estadounidenses. George Beebe, exanalista de la CIA, advirtió que tales concesiones podrían tardar años en materializarse, no resolviendo la urgencia inmediata de Ucrania.
La jornada concluyó dejando una certeza: la política exterior de Estados Unidos está actualmente impulsada por la personalidad volátil de Trump más que por una visión convencional de intereses nacionales. Mientras que Graham fue capaz de influir en el presidente respecto a Ucrania, esa influencia compite ahora con las llamadas directas de Vladimir Putin. El legado de Lindsey Graham queda así depositado en las manos de un presidente que, aunque lo calificó como un “gigante del Senado”, podría decidir ignorar sus consejos.


