En un contexto global donde la atención se centra en la necesidad de poner límites a la Inteligencia Artificial ante su vertiginoso avance, Cuba atraviesa una realidad que parece pertenecer a un universo paralelo. Mientras las potencias mundiales debaten la regulación de tecnologías de última generación, cientos de escuelas cubanas se ven obligadas a posponer la asignatura de Computación. Los motivos son claros y estructurales: la obsolescencia tecnológica y la falta de suministro eléctrico constante.
Este escenario coincide con la llegada de la Semana del Aprendizaje Digital de 2026. Este evento, que convoca anualmente a gobiernos, especialistas e instituciones educativas para reflexionar sobre el papel de las tecnologías en la enseñanza, este año plantea una pregunta que resulta especialmente incómoda para el contexto nacional: ¿cómo es posible avanzar hacia una educación digital cuando la obtención de electricidad por varias horas consecutivas sigue siendo un desafío en muchas comunidades?
Es necesario matizar que este planteamiento no busca desconocer los esfuerzos realizados por el sistema educativo cubano durante décadas para incorporar la computación, los medios audiovisuales y las tecnologías de la información en las aulas. Tampoco pretende ignorar las dificultades económicas y energéticas que el país atraviesa, las cuales se han visto agravadas por la situación del suministro de combustible y las restricciones externas. Sin embargo, reconocer estas circunstancias no debe conducir a minimizar una realidad: sin condiciones materiales mínimas, la transformación digital de la educación corre el riesgo de convertirse en una aspiración más que en una práctica cotidiana.
El inicio del curso escolar 2026-2027 ha puesto nuevamente sobre la mesa esta contradicción. Con la reapertura de más de 10,000 centros educativos, el sistema enfrenta un escenario marcado por dificultades de transporte, déficit de docentes, falta de recursos y apagones prolongados. En no pocas regiones del país, las interrupciones eléctricas han llegado a extenderse durante más de 40 horas de forma consecutiva, lo cual afecta inevitablemente el descanso de los alumnos, el estudio en el hogar y el funcionamiento de las propias instituciones educativas.
En este contexto, asignaturas como Computación enfrentan una dificultad elemental. Para enseñar habilidades digitales se requiere la presencia de varios componentes fundamentales: computadoras funcionales, electricidad, conectividad, mantenimiento y profesores que dispongan de las condiciones necesarias para trabajar. Cuando estos elementos fallan de manera simultánea, la clase de Computación deja de ser una experiencia formativa regular y puede terminar suspendida o reducida en numerosas escuelas.
El problema no es solamente tecnológico, sino también pedagógico y, sobre todo, de equidad. Existe el riesgo de que un estudiante que no puede practicar con una computadora difícilmente desarrolle las mismas competencias que otro que dispone de equipos y una conexión estable. De igual manera, pedirle a una familia que garantice tareas digitales cuando ha sufrido un apagón de 30, 40 o más horas supone trasladar al hogar una responsabilidad que corresponde, fundamentalmente, al sistema educativo.
Ante este panorama, la respuesta no puede limitarse a esperar mejores tiempos. Cuba necesita aprovechar cada recurso disponible para mitigar la situación. Esto incluye el uso de laboratorios, contenidos educativos offline, redes locales, dispositivos reutilizados, materiales impresos complementarios y soluciones energéticas alternativas allí donde sea posible. Asimismo, resulta indispensable priorizar el mantenimiento de los equipos existentes, bajo la premisa de que la innovación no siempre exige comprar tecnología nueva, sino que a veces comienza por impedir que la tecnología disponible quede inutilizada.
Celebrar el aprendizaje digital en estas circunstancias debe convertirse en una oportunidad para evaluar con honestidad qué funciones y qué procesos se han detenido, y qué necesitan realmente las escuelas. El reto no consiste únicamente en que Cuba tenga estudiantes capaces de utilizar tecnologías, sino en asegurar que ningún niño o adolescente quede al margen de esa preparación por haber nacido en una comunidad donde la electricidad, la conectividad o una computadora disponible siguen siendo bienes intermitentes.





