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"Las puertas del infierno": Revelan ciclo de "replicadores" de abuso en centros jesuitas de Bolivia

26 de julio (Urgente.bo)- Los abusos sexuales y violaciones en entornos educativos, formativos y parroquiales de la Compañía de Jesús, tienen un efecto complejo y doloroso: los "replicadores", que son aquellos laicos, víctimas o no, que terminaron convirtiéndose en agresores al ser adultos, que reproducen lo que vieron “naturalizado” y absolutamente impune. El libro “Las puertas del infierno”, publicado por la Comunidad Boliviana de Sobrevivientes, con investigaciones y documentación, revela dicha consecuencia en el Colegio Juan XXIII de Cochabamba, donde operó el ahora fallecido jesuita Alfonso "Pica" Pedrajas, quién admitió 85 víctimas en su diario. "Testimonios de las víctimas señalan también, como abusadores sexuales, a educadores y ex-alumnos, víctimas convertidos en replicadores del abuso. Destaca el nombre de Emilio Delgadillo Ponce, ajedrecista - karateka cuyo nombre aparece, como abusador, en los testimonios de cinco víctimas de Alfonso Pedrajas en el Ministerio Público", detalla el documento. istockphoto-1901261749-612x612.jpg Este caso muestra la profundidad del daño provocado en las aulas de los centros que han sido manejados por jesuitas, un daño persistente, cuya magnitud será muy difícil de calcular en la sociedad, por la magnitud de casos denunciados. El aprendizaje de la violencia y la falla en el apego ¿Qué factores influyen para que un agredido se convierta en victimario?, la presidenta de la Asociación Científica de Psicología Forense, Guiomar Bejarano, explica que el maltrato infantil genera consecuencias en la víctima cuando crece. Aunque no ocurre en todos los casos. “Los niños se pueden convertir en agresores en la adultez (...) el maltrato infantil sí aumenta la probabilidad de generar algunas conductas violentas, pero no las determina, entonces no todos los agresores han sido víctimas, ni todas las víctimas se convierten en agresores, pero es importante plantear que existe una gran posibilidad”, señala Bejarano. De acuerdo con la experta forense, los menores expuestos a entornos de abuso aprenden por observación y desarrollan modelos de apego profundamente inseguros y distorsiones cognitivas sobre el poder. La especialista indica que los niños aprenden observando, por lo que, si están en un círculo de violencia, aprenden que esa es una forma de relacionarse y que además soluciona problemas. Otro elemento clave abordado por Bejarano es la alteración del apego durante el desarrollo infantil. Explicó que todo niño busca generar un vínculo de seguridad, pero si sufre maltrato o vive en entornos desprotegidos, desarrolla modelos internos muy inseguros, sin socialización, con desconfianza, miedo al abandono y la incapacidad para regular sus relaciones afectivas. Al llegar a la madurez, estas fallas estructurales se manifiestan en el comportamiento social. "Cuando son adultos pueden tener relaciones muy controladas, tener comportamientos abusivos, dependientes emocionales, generar celos patológicos, y generar violencia", expuso. Incapacidad emocional, déficit de empatía y factores de riesgo Asimismo, la experta sostuvo que un niño expuesto a estos traumas no puede manejar ni identificar sus propias emociones, no tolera la frustración y no resuelve conflictos pacíficamente, sino mediante reacciones impulsivas o violencia. “Ya cuando son adultos pueden haber aprendido y se reafirma el uso de la agresión, de las amenazas, de la coerción, etc., como mecanismos, o reguladores de sus emociones. Si siente frustración, agrede, si no pueden expresar su ira o sus problemas o sus penas, amenazan, sus sentimientos se vuelcan a elementos negativos”, indica la especialista. A esto se suman las distorsiones cognitivas aprendidas durante el crecimiento, donde los menores interiorizan que "la violencia educa, el fuerte manda, entonces, yo tengo que ser el fuerte”. Por otro lado, la experta mencionó que se desarrolla un severo déficit de empatía al crecer en contextos donde el sufrimiento ajeno es minimizado: “Son personas que tienden inclusive más adelante a cosificar a las personas, no las miran como seres humanos que sufren o generan daño y no se dan cuenta, por ejemplo, hay violadores de niñas que dicen: ‘la ha pasado bien la niña’, o sea, no le he hecho daño, no la he golpeado’”. Respecto a los factores sociales que potencian el riesgo de la violencia, la experta mencionó que la pobreza, la exclusión social, el consumo de alcohol y drogas en el medio, e incluso el temperamento base de la persona y sus bajas habilidades de afrontamiento también inciden. El factor institucional y el encubrimiento Asimismo , Bejarano indicó que los datos en el libro muestran que el ocultamiento de estos delitos por instituciones religiosas, y la impunidad prevaleciente, jugó un papel determinante para que las agresiones se multiplicaran. “Es un problema tanto de la institución sacerdotal o digamos eclesiástica que tapa el asunto, como también de la sociedad que no le atribuye una cuestión así a los curas. La institución lo tapa porque no quieren que la Iglesia esté cuestionada. Entonces encubren, minimizan, protegen al agresor”, sostuvo. Secuelas y el abordaje terapéutico La especialista puntualiza que las secuelas de los abusos sexuales son sumamente graves, entre depresión, trastorno de estrés postraumático, vergüenza, problemas en la sexualidad e incluso conductas autodestructivas y pensamientos de suicidio. Por ello, subrayó que es importante el acompañamiento especializado: “Sí o sí hay que hacer un tratamiento psicológico, dependiendo de la edad, al principio podrá hacer una contención con una orientación a la familia de forma paralela, pero ya cuando el muchacho o la niña vaya creciendo a la edad adolescente, hay que volver a retomar el tema, porque ahí es donde está empezando a manifestarse verdaderamente”.

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"Las puertas del infierno": Revelan ciclo de "replicadores" de abuso en centros jesuitas de Bolivia
Puntos clave

El libro Las puertas del infierno revela un sistema devastador de abusos sexuales en centros educativos y parroquiales de la Compañía de Jesús en Bolivia. La obra denuncia la existencia de replicadores, víctimas infantiles que se convirtieron en agresores adultos al naturalizar la violencia, destacando casos críticos como el del Colegio Juan XXIII en Cochabamba y la impunidad de figuras como Alfonso Pedrajas. Expertos en psicología forense explican que este ciclo se alimenta de traumas profundos, la alteración del apego y una grave falta de empatía. Este escenario fue agravado por el encubrimiento institucional de la Iglesia, que priorizó su imagen sobre la protección de los menores, perpetuando un daño social incalculable y dejando secuelas psicológicas permanentes en las víctimas.

La publicación del libro “Las puertas del infierno”, elaborado por la Comunidad Boliviana de Sobrevivientes, ha puesto al descubierto una realidad devastadora sobre los abusos sexuales y violaciones ocurridos en entornos educativos, formativos y parroquiales gestionados por la Compañía de Jesús. La obra, sustentada en investigaciones y documentación, describe un fenómeno complejo y doloroso denominado "replicadores": laicos que, habiendo sido víctimas o testigos de abusos en su infancia, terminaron convirtiéndose en agresores al llegar a la edad adulta, reproduciendo patrones de violencia que fueron naturalizados y quedaron impunes.

El documento centra gran parte de sus revelaciones en lo sucedido en el Colegio Juan XXIII de Cochabamba. En este establecimiento operó el jesuita Alfonso "Pica" Pedrajas, quien, antes de fallecer, admitió en su diario personal la existencia de 85 víctimas. Sin embargo, el daño se extendió más allá de la figura del sacerdote. Los testimonios recogidos en el libro señalan que el ciclo de violencia fue alimentado por educadores y exalumnos que se transformaron en replicadores del abuso. Entre los nombres destacados aparece el de Emilio Delgadillo Ponce, ajedrecista y karateka, quien ha sido señalado como abusador en los testimonios de cinco víctimas de Alfonso Pedrajas presentados ante el Ministerio Público.

Este escenario evidencia la profundidad del impacto provocado en las aulas de los centros manejados por jesuitas. Según el análisis del caso, se trata de un daño persistente cuya magnitud social resulta difícil de calcular debido a la cantidad de denuncias presentadas. Para comprender cómo una víctima puede transformarse en victimario, la presidenta de la Asociación Científica de Psicología Forense, Guiomar Bejarano, explica que el maltrato infantil genera consecuencias graves en el desarrollo del individuo, aunque aclara que esto no ocurre en todos los casos.

Bejarano señala que, si bien el maltrato infantil aumenta la probabilidad de generar conductas violentas en la adultez, no las determina de manera absoluta. No todos los agresores fueron víctimas, ni todas las víctimas se convierten en agresores, pero existe una posibilidad significativa debido a que los menores expuestos a estos entornos aprenden por observación. En círculos de violencia, los niños interiorizan que la agresión es una forma válida de relacionarse y una herramienta para solucionar problemas.

Otro factor crítico es la alteración del apego durante la infancia. Todo niño busca un vínculo de seguridad; sin embargo, quienes sufren maltrato o viven en entornos desprotegidos desarrollan modelos de apego profundamente inseguros. Esto deriva en una socialización deficiente, marcada por la desconfianza, el miedo al abandono y una incapacidad crónica para regular las relaciones afectivas. Al alcanzar la madurez, estas fallas estructurales se manifiestan en comportamientos abusivos, relaciones controladoras, dependencia emocional y celos patológicos.

La experta forense sostiene que el trauma impide que la persona identifique y maneje sus propias emociones, reduciendo su tolerancia a la frustración y eliminando la capacidad de resolver conflictos de forma pacífica. En la adultez, estas personas pueden recurrir a la agresión, la coerción y las amenazas como mecanismos para regular sus emociones. A esto se suman distorsiones cognitivas donde el individuo interioriza que "la violencia educa" y que "el fuerte manda", sintiendo la necesidad de asumir el rol del fuerte para sobrevivir o dominar.

Asimismo, se desarrolla un severo déficit de empatía. Al crecer en contextos donde el sufrimiento ajeno es minimizado, los replicadores tienden a cosificar a las personas, ignorando el daño que causan. Bejarano menciona que existen violadores de niñas que justifican sus actos alegando que la víctima "la pasó bien", demostrando una incapacidad total para reconocer el dolor del otro. A este cuadro se añaden factores de riesgo sociales como la pobreza, la exclusión, el consumo de alcohol y drogas, así como el temperamento base y las bajas habilidades de afrontamiento del individuo.

Finalmente, el análisis subraya el papel determinante del encubrimiento institucional. La tendencia de las instituciones eclesiásticas a ocultar estos delitos para evitar cuestionamientos a la Iglesia permitió que las agresiones se multiplicaran y que la impunidad prevaleciera. Esta protección al agresor y la minimización de los hechos facilitaron la perpetuación del ciclo de abuso. Las secuelas para las víctimas son graves, incluyendo depresión, trastorno de estrés postraumático, vergüenza y pensamientos suicidas, lo que hace imperativo un tratamiento psicológico especializado y un acompañamiento familiar constante, especialmente durante la adolescencia, etapa donde estas manifestaciones suelen hacerse más evidentes.

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