El cierre del Mundial ha dejado una conclusión contundente: el fútbol trasciende lo deportivo para convertirse en una válvula de escape emocional y un escenario donde se reproducen discursos sociales, políticos e históricos. Durante los 90 minutos de un encuentro, se manifiestan conflictos que existen mucho antes del pitazo inicial, transformando la cancha en un reflejo de las tensiones del mundo real.
En el contexto latinoamericano, el torneo se vivió intensamente a través de un entorno digital dominado por algoritmos de videos e imágenes. Según datos de la consultora GWI, el 74 % de los aficionados sigue activamente el deporte a través de redes sociales, espacio donde el torneo no solo se juega con el balón, sino también mediante la canalización de discursos racistas y xenofóbicos, algunos antiguos y otros nuevos.
Esta realidad plantea una interrogante sobre la fragilidad de la “hermandad latinoamericana”. A pesar de compartir cercanía geográfica, idioma y heridas históricas, parece ser más sencillo celebrar la derrota de un país vecino que identificarse con su victoria. Emilio Carrillo, profesor de la Escuela de Psicología de la Universidad Internacional del Ecuador, señala que el primer error es normalizar la violencia. Para Carrillo, el deporte cumple una función psicosocial esencial, permitiendo un descargue emocional necesario frente a las dificultades de la vida cotidiana, llegando incluso a personas que carecen de recursos básicos pero encuentran identidad en su equipo.
Por otro lado, la digitalización ha modificado la naturaleza del apoyo deportivo. Martín Ávila, director de la Escuela de Deportes de la Universidad Internacional del Ecuador, explica que hoy los gustos de los hinchas están influenciados por factores externos al deporte, como marcas publicitarias o relaciones personales vistas en TikTok o Twitter. El fútbol moderno, según Ávila, ha desplazado en ocasiones el apoyo a las naciones para centrarse en jugadores específicos.
La tensión entre la identidad y la tendencia es evidente en las nuevas generaciones. Carrillo argumenta que, aunque los países latinoamericanos compartieron procesos de colonización similares, los jóvenes ya no se mueven por esos vínculos históricos, sino por tendencias digitales vinculadas a emociones y estatus dentro de un grupo. Esta dinámica puede llevar a que los límites de la convivencia se pierdan; lo que comienza como una broma o un meme puede escalar hacia amenazas graves. Carrillo recuerda que el límite se pierde cuando se llega a expresar el deseo de matar a un jugador por un mal desempeño, recordando el trágico precedente del homicidio del colombiano Andrés Escobar en 1994.
Un ejemplo crítico de esta tensión se vivió entre México y Ecuador. Itzel Jordán, profesora mexicoecuatoriana, relató haber sido víctima de agresiones verbales en Ecuador tras un partido entre ambas selecciones. Por su parte, Daniel Poveda, ecuatoriano residente en México, destacó que el ambiente más peligroso se generó en las redes sociales, donde algunos ecuatorianos tuvieron que organizarse para asistir juntos al estadio por temor a agresiones. Johanna Calderón, periodista deportiva, añadió que el clima hostil fue incitado desde algunos medios de comunicación, transformando el estadio en un lugar tenso.
Este escenario deportivo no es ajeno a la política. En 2024, México rompió relaciones diplomáticas con Ecuador tras la irrupción de fuerzas de seguridad ecuatorianas en la Embajada de México en Quito para detener al exvicepresidente Jorge Glas. Estas tensiones diplomáticas se filtraron en las gradas y en las redes, demostrando que el deporte es utilizado como un mecanismo de acción y reacción política.
El fenómeno se extendió a otras naciones. Argentina fue blanco de críticas y acusaciones de racismo en internet. Al respecto, Gabriel Puricelli, sociólogo de la Universidad de Buenos Aires, reconoce la existencia de un racismo estructural en Argentina, al igual que en otros países, pero rechaza la generalización de calificar a todo el país como racista. Asimismo, el enfrentamiento entre Argentina e Inglaterra revivió la disputa por las Islas Malvinas, evidenciando que el fútbol sigue siendo un espacio para expresar reclamos políticos que no encuentran otros canales.
A pesar de estas sombras, existen visiones optimistas. Martín Ávila sostiene que el deporte tiene la capacidad de fomentar la armonía y la paz entre países en conflicto. Historias como la de Orlando Gill, quien vendió sus pertenencias para cuidar a su familia y terminó siendo pieza clave para la clasificación de Paraguay, o la de Gilberto Mora, quien destacó en la selección mexicana mientras terminaba sus estudios, recuerdan la dimensión humana del juego.
En última instancia, el Mundial demostró que la pasión puede unir y dividir simultáneamente. Mientras algunos utilizan el espacio para el odio, otros encuentran en el fútbol una forma de plasmar su identidad y sentir un "hormigueo patriota" que, más allá de los conflictos políticos o los ataques en redes sociales, genera vínculos positivos y emociones compartidas.


