Este viernes, poco antes de las 10 de la mañana, el Acuario Nacional de Cuba, ubicado en el barrio habanero de Miramar, registró una afluencia masiva de personas. La expectación era notable, aunque el acceso se vio demorado debido a la falta de cambio para la compra de las entradas. Esta concurrencia marca un contraste significativo con el estado de decadencia que había atravesado el centro en los últimos años, una situación que se agudizó especialmente tras la crisis sanitaria provocada por la pandemia de covid-19.
Para intentar revertir este deterioro y "insuflarle vida" durante la temporada de verano, el Estado ha implementado dos estrategias principales. La primera consiste en concentrar las visitas en menos días a la semana; inicialmente el centro solo abrió de viernes a domingo, aunque se ha anunciado que a partir de la próxima semana se incluirán los miércoles en el calendario. La segunda medida es la organización del festival denominado “Pa’ Cuba”, cuya gestión está a cargo del Grupo Palco, la entidad perteneciente al conglomerado militar Gaesa que se encarga de la organización de ferias, ventas y exposiciones.
A pesar del incremento de público, la experiencia en el recinto revela una priorización del consumo sobre la función biológica y educativa del centro. Según testimonios de los propios trabajadores, el interés de los visitantes se ha desplazado hacia la oferta comercial. Una empleada lamentaba que muchas personas, antes siquiera de haber visto los peces, ya se encontraban haciendo fila en la cafetería para comprar pan con queso a 150 pesos, señalando sinceramente que hay quienes acuden al lugar simplemente para "matar el hambre".
El entorno del acuario se ha transformado en una verdadera feria de variedades, donde los kioscos de artículos diversos y las carpas con atracciones resultan más atractivas que las exhibiciones marinas, siempre y cuando el visitante cuente con los recursos económicos necesarios. Los precios en el área de consumo son elevados: las tartaletas se venden a 700 pesos, la limonada a 1.000 pesos y los frapuccinos alcanzan los 2.800 pesos. Una jubilada que visitó el lugar con sus nietos señaló que el guarapo oscila entre los 300, 400 y 500 pesos, denunciando que "le están sacando el kilo a la gente".
La oferta comercial se extiende a productos que no guardan relación con el entorno marino. En los puestos se pueden encontrar tenis por 26.500 pesos, muñecas con precios entre 4.000 y 10.000 pesos, bocinas bluetooth por 19.500 pesos y copias de uniformes de fútbol, incluyendo uno antiguo de la selección de España, por un valor de 20.000 pesos. Algunos de estos puestos pertenecen a particulares, quienes aceptan pagos tanto en pesos como en dólares.
Las atracciones dirigidas al público infantil también presentan costos considerables. El "toro loco" cuesta 300 pesos, la tirolesa 500 pesos, el pintado de caras 850 pesos y los tatuajes 1.500 pesos. En cuanto a las actividades con animales, las demostraciones habituales de delfines y focas no están disponibles actualmente. La única opción es la interacción directa previo pago; por ejemplo, tocar a la loba marina tiene un costo de 1.300 pesos.
Esta realidad contrasta con las declaraciones de Mabel Góngora Leal, jefa del departamento de Comercialización y Comunicación del Acuario, quien al anunciar la apertura del festival el pasado 18 de junio afirmó que el centro es una entidad "científica, educativa y recreativa" donde la educación ambiental es primordial. Si bien Góngora reconoció que el lugar estuvo "deprimido" y llegó a "casi tocar fondo", se congratuló por la ligera recuperación en la afluencia de visitantes.
Sin embargo, los usuarios mantienen una visión distinta. Una vecina de Centro Habana, que trasladó a su madre y dos hijos para combatir el aburrimiento, describió el lugar como un sitio "para asaltar los bolsillos de la gente". Detalló que el transporte hasta Miramar le costó 13.500 pesos, a lo que sumó las entradas de 150 pesos para adultos y 50 pesos para niños, concluyendo que sin dinero es casi imposible disfrutar del lugar. Por su parte, Lydia, otra residente de La Habana, calificó el centro como un "palacio de consumo" accesible únicamente para quienes reciben remesas, aunque admitió que es una de las pocas opciones de entretenimiento para los niños, quienes pasan el día encerrados sufriendo la falta de agua y los apagones.
Mientras las zonas de consumo y recreación permanecen llenas, los pasillos de las peceras lucen vacíos. En el área de las tortugas marinas, los animales se refugiaban bajo una piedra mientras los trabajadores vaciaban y rellenaban el tanque para eliminar hojas y semillas caídas de los árboles. En medio de este escenario, la precariedad económica sigue presente, ejemplificada en el comentario de un padre que, en tono irónico hacia su hijo, mencionó que los peces "están buenos para comérselos".


