Arabia Saudita, potencia económica impulsada por el petróleo, ha mantenido durante dos décadas la búsqueda de tecnología nuclear. Recientemente, un acuerdo con Washington para formalizar este objetivo ha generado una profunda preocupación internacional. Analistas y gobiernos advierten que este pacto, sumado a las tensiones derivadas del conflicto entre Estados Unidos y Teherán, podría sumergir a la región de Medio Oriente en una nueva y peligrosa carrera de armamentos.
El punto más polémico del acuerdo radica en que supuestamente otorgaría a Arabia Saudita la opción futura de enriquecer uranio en su propio territorio bajo una supervisión reducida por parte de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA). Esta posibilidad ha provocado reacciones intensas en Irán, Israel y dentro de los propios Estados Unidos.
En Teherán, la situación es particularmente volátil. En febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva militar con el objetivo de destruir el programa nuclear iraní, una acción que ha llevado a algunos funcionarios de la República Islámica a considerar un cambio en su doctrina para construir una bomba nuclear. Sorpresivamente, algunos sectores en Teherán han acogido con optimismo la posibilidad de una carrera armamentista regional. Ali Zeinivand, portavoz del Ministerio del Interior de Irán, señaló que una competencia de este tipo otorgaría a su país "más libertad de acción que nadie", criticando la "historia de discriminación" de Estados Unidos al permitir programas nucleares a unos países y prohibirlos a otros.
Por su parte, el diario Hamshahari, de línea dura en Irán, acusó a Washington de aplicar "dobles estándares". El medio señaló que mientras EE.UU. ataca el programa nuclear pacífico de Irán, otorga el derecho de enriquecimiento a un "país islámico fundamentalista" que, según el periódico, habría tenido un papel en los ataques del 11 de septiembre de 2001. Aunque 15 de los 19 atacantes eran ciudadanos saudíes, el gobierno de Riad siempre ha negado cualquier implicación oficial, postura respaldada históricamente por Estados Unidos, que atribuye los ataques únicamente a Al Qaeda.
En Israel, el gobierno de Benjamin Netanyahu no fue sorprendido por la noticia. Fuentes israelíes indicaron que el acuerdo se venía gestando y que el presidente Donald Trump lo ha impulsado. Sin embargo, Israel busca influir en el proceso a través del Congreso estadounidense y la Casa Blanca, presionando para que el pacto incluya avances concretos hacia la normalización de las relaciones entre Riad e Israel.
En este sentido, Donald Trump ha condicionado la vigencia del "Acuerdo Nuclear Civil" a que Arabia Saudita se una a los Acuerdos de Abraham, el pacto firmado en 2020 que normalizó relaciones entre Israel y países como Bahrein y los Emiratos Árabes Unidos. No obstante, Arabia Saudita ha mantenido que no normalizará sus vínculos con Israel sin que exista un camino claro hacia la creación de un Estado palestino y se establezca la calma en la Franja de Gaza.
La principal preocupación de Israel se centra en el enriquecimiento de uranio. Yoel Guzansky, investigador senior del INSS, advirtió que esto podría sentar un "peligroso precedente regional". Hasta ahora, el modelo de los Emiratos Árabes Unidos, firmado en 2009, se consideraba el "estándar de oro" porque Abu Dhabi renunció al enriquecimiento y al reprocesamiento de combustible a cambio de supervisión internacional. Guzansky señala que el nuevo acuerdo con Arabia Saudita debilita este modelo y podría llevar a Turquía y Egipto a solicitar mejores términos, debilitando además los argumentos contra el programa nuclear de Irán.
Desde la perspectiva técnica, el Departamento de Energía de EE.UU. define este pacto como un "acuerdo 123" de cooperación nuclear pacífica. El Secretario de Energía, Chris Wright, aseguró que se mantienen los más altos estándares de seguridad y no proliferación. Según los términos, antes de cualquier enriquecimiento, un equipo conjunto deberá determinar la viabilidad comercial y la justificación del proceso. Las instalaciones serían construidas por EE.UU. sin transferencia de tecnología sensible. Además, el acuerdo prohíbe a Riad desarrollar o comprar tecnología de enriquecimiento propia durante una década.
El contexto regional es complejo. Mientras se cree que Israel posee armas nucleares de forma clandestina, Irán ha enriquecido uranio a niveles cercanos a los militares. Turquía y Egipto han avanzado en programas nucleares pacíficos con Rusia, siendo signatarios del Tratado de No Proliferación (TNP). El ministro de Asuntos Exteriores de Turquía ya advirtió que si Irán obtiene la bomba, Ankara podría verse obligada a seguir el mismo camino.
La tensión alcanza su punto máximo ante la posibilidad de que Teherán, sin negociaciones activas y con media tonelada de uranio altamente enriquecido, vea el arma nuclear como su única disuasión. Esto podría activar la advertencia hecha por el príncipe heredero Mohammed bin Salman en 2018, quien afirmó que si Irán desarrollaba una bomba nuclear, Arabia Saudita haría lo mismo "lo antes posible".

