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México: La paradoja de una economía que resiste los golpes pero no logra acelerar

Lo que hoy sostiene al país es un conjunto de soportes estables, no de fuentes de impulso. El consumo descansa sobre salarios reales que siguen creciendo y un mercado laboral que resiste.

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México: La paradoja de una economía que resiste los golpes pero no logra acelerar
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México atraviesa una paradoja económica donde su notable capacidad de resistencia no se traduce en crecimiento real. Aunque el consumo interno y la estabilidad macroeconómica han funcionado como amortiguadores ante choques externos, estos soportes muestran señales de agotamiento debido al aumento de la morosidad crediticia y a una menor generación de valor agregado en las exportaciones. El país opera actualmente como un corredor productivo eficiente, pero carece de motores de expansión genuinos. La inversión extranjera se limita mayormente a la reinversión de utilidades y la infraestructura enfrenta límites críticos en energía y agua, dejando el crecimiento sostenido pendiente de una inversión productiva real que supere la simple capacidad de resistir.

La economía mexicana se encuentra en una situación paradójica. Según el análisis de Pamela Díaz Loubet, economista en jefe de BNP Paribas México, el país ha demostrado una capacidad notable para absorber diversos choques externos e internos —desde tensiones comerciales e incertidumbre arancelaria hasta una contracción prolongada de la inversión— sin comprometer su estabilidad general. Sin embargo, esta misma capacidad de resistencia no se ha traducido en una aceleración del crecimiento económico, planteando una interrogante fundamental para el cierre del año.

Actualmente, la estabilidad de México no depende de motores de impulso, sino de un conjunto de soportes o "amortiguadores". El consumo interno se mantiene gracias a un mercado laboral que resiste y a salarios reales que continúan en crecimiento. A esto se suma la ventaja arancelaria que México posee frente a otros socios comerciales de Estados Unidos, lo que ha permitido mantener las exportaciones en niveles históricamente altos. En el plano macroeconómico, la combinación de un tipo de cambio fuerte, expectativas de inflación contenidas y un proceso de consolidación de las finanzas públicas ha creado un escudo que posiciona al mercado mexicano como una opción atractiva.

No obstante, estos amortiguadores presentan matices críticos que limitan su efectividad a largo plazo. El consumo agregado, aunque estable, oculta un incremento en la morosidad del crédito y una disminución en el volumen de las remesas. Por otro lado, se observa que las exportaciones crecen a un ritmo superior al de la producción manufacturera, lo que indica que el contenido importado de los productos exportados es mayor; en consecuencia, cada dólar exportado genera hoy menos valor agregado interno que en periodos anteriores. Asimismo, la ventaja arancelaria depende del contexto externo y no de una fortaleza interna, lo que permite defender la cuota de mercado en un entorno que no crece, pero no genera producción adicional.

En este sentido, México opera como un "corredor productivo" de alta eficiencia. Si bien la mercancía fluye con precisión y la integración con la cadena de suministro norteamericana funciona correctamente, el valor tiende a atravesar la economía en lugar de acumularse en ella. Esta distinción es evidente en los datos de inversión. Aunque los registros estadísticos del segundo trimestre podrían lucir razonables, gran parte de esa solidez es producto de un efecto de arrastre derivado del rebote ocurrido en abril, compensando la caída observada en mayo.

Incluso eventos coyunturales como el Mundial no lograron generar el impulso extraordinario esperado. El análisis indica que el torneo redistribuyó la actividad económica más que crearla: mientras el tráfico internacional aumentó en las ciudades sede, los destinos de playa tradicionales sufrieron caídas similares. Las cámaras del sector reportan que el gasto asociado fue mayoritariamente local, es decir, una reasignación de la canasta de consumo y no una inyección de demanda externa, por lo que su impacto en el PIB anual se medirá apenas en décimas.

De cara al segundo semestre, la pregunta central es si surgirá un nuevo motor de crecimiento que releve a los amortiguadores. Los indicadores actuales ofrecen señales mixtas. La inversión extranjera, a pesar de alcanzar niveles récord, consiste casi en su totalidad en reinversión de utilidades. Esto significa que el capital permanece en el país para mantener operaciones, pero no se ha comprometido necesariamente en la construcción de nuevas plantas, que es lo que realmente impulsa la expansión.

Simultáneamente, la obra pública, que había sostenido el sector de la construcción, está comenzando a replegarse debido a la consolidación fiscal, y la edificación privada aún no ha asumido ese liderazgo. En el ámbito manufacturero, aunque existe la oportunidad teórica de sustituir la oferta asiática tanto en Estados Unidos como en el mercado interno, los datos de producción muestran que esto no ha sucedido. Sectores como el de textiles, vestido, cuero y muebles registran caídas profundas, presionados por una oferta asiática que se mantiene competitiva gracias a la fortaleza del peso mexicano, incluso con los nuevos aranceles.

Finalmente, el camino hacia un crecimiento sostenido enfrenta restricciones propias: la disponibilidad de agua, el suministro de energía y parques industriales que operan cerca de su límite de capacidad. Si bien una resolución favorable de la revisión del T-MEC podría convertir la permanencia del capital en un compromiso de inversión, gran parte de este catalizador depende de decisiones externas. En conclusión, mientras que la capacidad de resistencia de México está plenamente demostrada, el crecimiento real sigue pendiente de demostración, pues ningún país logra prosperar basándose únicamente en su capacidad de resistir.

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