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China registra crecimiento del 4,3% en el segundo trimestre ante la debilidad del consumo interno

China está teniendo dificultades para contrarrestar los desafíos económicos tanto a nivel nacional como internacional y, como resultado, su economía creció a un ritmo más lento de lo esperado en el segundo trimestre del año.

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China registra crecimiento del 4,3% en el segundo trimestre ante la debilidad del consumo interno
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China enfrenta una fragilidad económica inesperada tras registrar un crecimiento del 4,3 por ciento en el segundo trimestre, cifra que quedó por debajo de las previsiones. Mientras que las exportaciones de alta tecnología, como chips y vehículos eléctricos, impulsan el motor externo, el consumo interno permanece estancado debido a la crisis inmobiliaria y la inestabilidad laboral. Para revertir esta tendencia, el gobierno de Beijing ha lanzado un plan quinquenal para potenciar el consumo interno hacia el año 2030. A pesar de los riesgos geopolíticos en Medio Oriente y las tensiones comerciales con la Unión Europea, el FMI elevó su pronóstico de crecimiento anual al 4,6 por ciento, respaldado por la fuerte demanda global de hardware para inteligencia artificial. El país mantiene un superávit comercial masivo y una relación más favorable con Estados Unidos. Algunos analistas sugieren que la publicación de datos inferiores a los objetivos oficiales es una estrategia deliberada del gobierno chino para ganar flexibilidad y ajustar las expectativas del mercado ante la realidad económica actual.

La economía de China ha mostrado señales de debilitamiento en el segundo trimestre del año, registrando un crecimiento del 4,3% en el periodo que finalizó el 30 de junio, según los datos publicados el miércoles por la Oficina Nacional de Estadística. Esta cifra se sitúa por debajo de las expectativas de los analistas, que proyectaban una expansión del 4,5%, lo que representa un reconocimiento inusual de la fragilidad económica por parte de Beijing, un gobierno que tradicionalmente ha buscado sostener la actividad industrial mediante exportaciones e inversiones en infraestructura.

Este resultado ocurre en un contexto donde China se ha fijado un objetivo de expansión anual de entre el 4,5% y el 5%, la meta más baja desde que el país comenzara a anunciar estas cifras a principios de la década de 1990. Cabe recordar que en el año 2020, debido a la crisis provocada por la pandemia de covid-19, las autoridades optaron por no establecer ningún objetivo de crecimiento.

El panorama actual revela una marcada divergencia en el modelo económico chino. Mientras que el motor exportador se mantiene pujante, impulsado por las tecnologías avanzadas, el consumo interno permanece estancado. Las exportaciones chinas crecieron un 27% en el segundo trimestre, superando las previsiones gracias a la fuerte demanda de componentes informáticos y semiconductores. Sin embargo, este dinamismo externo no ha sido suficiente para compensar la renuencia de los consumidores locales a gastar, afectada por la crisis del sector inmobiliario y la inestabilidad del mercado laboral.

Alicia García-Herrero, economista jefe para Asia Pacífico de la firma financiera Natixis, ha señalado que la situación es insostenible, afirmando que no hay demanda interna y que todo el crecimiento gira en torno a las exportaciones. Esta fragilidad se refleja en los pilares tradicionales de la economía: la inversión en activos fijos disminuyó un 5,7% interanual y la inversión inmobiliaria sufrió una caída del 18% durante el primer semestre del año. Según García-Herrero, estos representan los peores datos posibles para la inversión, sugiriendo que la infraestructura por sí sola no es una solución suficiente.

Para combatir esta tendencia, el gobierno de Beijing ha presentado su primer plan político quinquenal destinado a impulsar el consumo, con la ambiciosa meta de elevar las ventas minoristas anuales a unos 9 billones de dólares para el año 2030. No obstante, los indicadores inmediatos siguen siendo modestos; las ventas minoristas solo aumentaron un 1% interanual en junio, aunque esto representó una recuperación frente al descenso registrado en mayo, que fue el primero desde diciembre de 2022.

En el plano internacional, el conflicto en Irán ha tenido un impacto ambivalente. El aumento de los costos energéticos, con el crudo alcanzando los 114 dólares por barril en mayo debido a tensiones en Medio Oriente y el cierre del estrecho de Ormuz, ayudó a China a salir de un periodo prolongado de deflación. No obstante, el Fondo Monetario Internacional (FMI) advirtió en su informe de julio que la reanudación del conflicto podría prolongar la volatilidad de los precios de las materias primas, amenazar las cadenas de suministro y afectar negativamente las condiciones financieras.

A pesar de estos riesgos, el FMI revisó al alza el pronóstico de crecimiento de China para este año, elevándolo del 4,4% al 4,6%, impulsado por la manufactura de alta tecnología. En este sentido, la demanda de hardware para inteligencia artificial y centros de datos ha beneficiado a los fabricantes chinos. De hecho, chips y equipos eléctricos representaron aproximadamente la mitad del crecimiento de las exportaciones en el primer semestre, según Macquarie. Asimismo, la crisis petrolera impulsó la demanda de vehículos eléctricos y baterías chinas.

En términos comerciales, China alcanzó un superávit de 125.620 millones de dólares en junio. Si bien las importaciones aumentaron un 36% interanual, las compras de crudo cayeron un 41,3%. Este superávit ha generado tensiones con socios como la Unión Europea, que critica el exceso de exportaciones industriales chinas. No obstante, la relación con Estados Unidos parece haber tomado un rumbo más favorable tras la visita del presidente Donald Trump a Beijing en mayo; las exportaciones hacia EE. UU. crecieron un 26% interanual en junio.

Finalmente, Julian Evans-Pritchard, de Capital Economics, sugiere que la publicación de cifras de PIB inferiores a las directrices oficiales podría ser una estrategia del gobierno para ganar flexibilidad y reflejar con mayor precisión la realidad económica, evitando que los datos se interpreten como una desaceleración brusca y repentina.