El abogado y subsecretario de la Dirección General de Asesorías Periciales Departamentales de la Suprema Corte, Gustavo E. Cappelli, ha planteado una profunda reflexión sobre la naturaleza de la argumentación y los riesgos que conlleva el uso de razonamientos defectuosos en la sociedad contemporánea. Según el experto, argumentar no consiste simplemente en hablar con abundancia o escribir textos extensos, sino que se define como el arte de ofrecer razones sólidas para respaldar una conclusión y, en última instancia, movilizar a otros hacia la acción.
El objetivo fundamental de cualquier proceso argumentativo es que el interlocutor, ya sea lector u oyente, encuentre fundamentos lo suficientemente robustos como para confiar en la propuesta y actuar en consecuencia. Sin embargo, Cappelli advierte que en la práctica cotidiana este proceso suele quebrarse, dando lugar a razonamientos defectuosos y al uso de recursos engañosos que tienen como fin confundir, distraer o desacreditar a quienes sostienen una visión diferente.
Estas trampas lógicas, conocidas como falacias, son peligrosas precisamente porque poseen una apariencia de verdad. Se aprovechan de la falta de información, de los prejuicios arraigados o de la confianza que las personas depositan en ciertas figuras o ideas. El autor señala que existen diversas maneras en las que los individuos caen en estos errores: desde la resistencia al cambio, donde se protegen creencias intocables ignorando cualquier alternativa, hasta el desvío de la atención hacia temas secundarios para evitar el núcleo del debate.
Otras tácticas comunes incluyen la afirmación de hechos sin pruebas, exigiendo que sea la contraparte quien demuestre lo contrario, o el uso de apelaciones emocionales, generalizaciones extremas y ambigüedades que estiran una idea hasta llevarla al absurdo. El análisis de Cappelli destaca una tendencia preocupante en la actualidad: la simulación de un rigor intelectual inexistente que se utiliza para ocultar falsedades evidentes.
Para romper este círculo vicioso, el autor propone que la comunicación debe ser genuina, distinguiendo tres formas de interacción. La primera es el soliloquio, donde la persona habla a solas, atrapada en su propio sesgo de confirmación. La segunda es el monólogo, donde se habla frente a otro, pero este último cumple meramente un rol de espectador. Finalmente, se encuentra el diálogo, definido como un intercambio auténtico de ida y vuelta donde ambas partes se escuchan mutuamente.
Cappelli enfatiza que sin diálogo no existe el debate, y sin debate es imposible sostener la legitimidad de cualquier decisión, ya sea en el ámbito social, político o judicial. No obstante, el diálogo requiere una condición indispensable: la disposición real de escuchar. Escuchar, en este sentido, no es hacer una pausa para planear una réplica ni buscar únicamente aquello que confirme certezas previas, sino un acto de honestidad que reconoce que el otro puede tener razón o aportar algo valioso que obligue a revisar las propias convicciones.
En cuanto a la ética del discurso, el experto sostiene que es inaceptable presentar conjeturas personales o falsedades como verdades objetivas. Una argumentación rigurosa debe evitar los "golpes bajos", priorizar la claridad sobre la ambigüedad y basarse en la buena fe. Asimismo, insta a interpretar las palabras de los demás de la manera más fiel posible, advirtiendo que tergiversarlas para hacerlas parecer ridículas solo empobrece la postura de quien lo hace. En contextos de polarización, recuerda que el insulto, la agresión y la imposición jerárquica —ya sea mediante amenazas o miedo— jamás pueden ser considerados argumentos.
Finalmente, el análisis aterriza en la gravedad de estos errores dentro del ámbito legal. Mientras que una falacia en una conversación informal puede ser irrelevante, en el proceso judicial las consecuencias son críticas. En los tribunales, un error de razonamiento que no sea detectado puede costar la libertad de una persona, determinar el destino de una familia o legitimar una injusticia. Por ello, Cappelli concluye que aprender a desarmar los engaños retóricos es una herramienta esencial de defensa ciudadana para garantizar que las leyes se apliquen con la fuerza de la razón y no con la razón de la fuerza.

