Con el registro de cifras récord de feminicidios en Brasil, crece paralelamente el número de niños y adolescentes que quedan desamparados, creciendo sin la presencia de sus padres y, en múltiples casos, sin la asistencia necesaria para superar el trauma derivado de la violencia. La historia de Ana (nombre ficticio), quien tenía apenas un año cuando fue baleada por su propio padre en el mismo ataque que acabó con la vida de su madre, Cláudia, en el sertón de Paraíba el año pasado, ejemplifica esta dolorosa realidad. Tras sobrevivir a más de dos meses de internación, la niña ha comenzado un acompañamiento fonoaudiológico para determinar si su retraso en el habla es una consecuencia directa del trauma vivido.
Mientras Ana está bajo los cuidados de su tía, sus tres hermanos mayores, de 11, 8 y 5 años, fueron acogidos por sus abuelos maternos. Esta reorganización familiar busca llenar un vacío que, según expertos, impacta la trayectoria de miles de menores considerados víctimas indirectas de la violencia de género. Adriana, hermana de la víctima y responsable legal de la hija menor, relata que sus sobrinos continúan en terapia psicológica. Describe la pérdida como irreparable, señalando que la niña de cinco años pasa días enteros llorando mientras observa fotografías de su madre, evidenciando un vínculo afectivo profundo que hace que el proceso de duelo sea extremadamente doloroso.
Esta situación revela una preocupante laguna estadística. El Ministerio de las Mujeres de Brasil ha admitido que no existe un levantamiento oficial sobre cuántos niños pierden a sus madres debido a la violencia de género anualmente. Ante esta ausencia de datos, diversas entidades de investigación han intentado reconstruir la magnitud del problema. Para el año 2024, el Fórum Brasileiro de Segurança Pública estimó la existencia de 2.300 huérfanos, basándose en el número de feminicidios registrados y el promedio de hijos por mujer según el IBGE. Por su parte, el Laboratorio de Estudios de Feminicidios (Lesfem) de la Universidad Estatal de Londrina contabilizó 268 niños y adolescentes dependientes únicamente entre enero y marzo del presente año.
Un dato alarmante del levantamento de Lesfem indica que en casi un tercio de los casos de feminicidio registrados el año pasado (30%), los hijos o adolescentes presenciaron el crimen. Desde que la ley del feminicidio tipificó este delito en marzo de 2015, más de 13.700 mujeres han sido asesinadas en Brasil por su condición de género. Solo en 2025, la cifra ya supera las 1.500 víctimas, marcando un récord anual según el Fórum de Seguridad Pública.
El recorte racial añade otra capa de desigualdad a esta tragedia. Entre 2021 y 2024, el 62,6% de las víctimas eran mujeres negras, frente a un 36,8% de mujeres blancas. Esta disparidad es crítica considerando que, a finales de 2024, el 51,7% de los hogares brasileños estaban encabezados por mujeres, y el 53% de ellas eran negras, según la Fundación Getúlio Vargas. Esto implica que, en muchos casos, el feminicidio no solo arrebata la figura materna, sino también la principal fuente de ingresos del hogar.
Desde la perspectiva psicológica, Juliana Prates, profesora de la Universidad Federal de Bahía y miembro del Núcleo Ciencia Pela Infância (NCPI), explica que el feminicidio suele generar una "orfandad doble". Cuando el crimen es cometido por el padre, el niño pierde simultáneamente a sus dos figuras de referencia y cuidado. Prates describe esto como una "doble vulnerabilidad": la fragilidad inherente a la infancia sumada a la pérdida traumática de los cuidadores principales. Además, resalta que el asesinato rara vez es un evento aislado, sino el desenlace de un ciclo de violencia física, psicológica y financiera que el niño ya presenciaba, lo cual impacta profundamente su desarrollo.
Los efectos de este trauma pueden manifestarse como regresiones comportamentales, tales como volver a orinar en la cama, retomar el uso de la chupeta o mostrarse retraídos. Según Prates, es probable que estas víctimas tengan dificultades para confiar nuevamente en los demás, dado que el vínculo se rompió con las personas que debían cuidarlas. Aunque el impacto varía según la red de apoyo familiar y el acceso a terapia, existen riesgos elevados de depresión, ansiedad y uso abusivo de sustancias psicoactivas a largo plazo.
En el ámbito legal, el juez Adhailton Lacet, de la vara de la infancia y juventud de Paraíba, señala que la prioridad es mantener a los menores dentro de su núcleo familiar extendido (abuelos, tíos) antes de recurrir al acogimiento institucional. Cuando el padre es el autor del crimen, el Ministerio Público inicia la destitución del poder familiar. Asimismo, desde 2025, el Decreto nº 12.636 regula el pago de una pensión especial para los huérfanos de feminicidio. Sin embargo, la investigadora Carmen Hein, de la Universidad Federal de Rio Grande, sostiene que este beneficio es insuficiente, ya que no garantiza el acompañamiento psicológico y la asistencia social integrada que los niños necesitan a lo largo de sus vidas.


