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La Guaira: El dolor de los desaparecidos y la lucha contra el tiempo once días después del sismo

Con las paredes cubiertas de fotos y pedidos de búsqueda, familias y voluntarios siguen trabajando entre ruinas; crecen las críticas a los controles militares y a la lenta respuesta estatal en la zona devastada - LA NACION

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La Guaira: El dolor de los desaparecidos y la lucha contra el tiempo once días después del sismo
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A once días del terremoto en La Guaira, la costa venezolana se ha transformado en un escenario de devastación donde las paredes sirven ahora como carteleras de desaparecidos. Entre edificios pulverizados y comercios saqueados, crece la tensión social debido a controles militares que, según los residentes, entorpecen la llegada de ayuda humanitaria y el trabajo de rescate en zonas críticas como Caraballeda y Playa Lido. Ante la insuficiencia de maquinaria oficial, la sociedad civil y contingentes internacionales, liderados por Argentina y apoyados por México, Cuba y El Salvador, mantienen la búsqueda de sobrevivientes. Mientras puentes aéreos privados trasladan suministros y especialistas, persiste el desgarrador dilema entre acelerar las excavaciones para recuperar cuerpos o proceder con extrema cautela para no comprometer la vida de quienes aún podrían estar atrapados.

Once días han transcurrido desde que el terremoto sacudiera la costa de La Guaira el pasado 24 de junio, y el paisaje urbano se ha transformado en una cruda crónica de la tragedia. Las paredes de la zona, donde anteriormente predominaban la publicidad comercial y la propaganda política, funcionan ahora como una inmensa cartelera de desaparecidos. Decenas de hojas A4, protegidas con cinta adhesiva contra la humedad del Caribe, exhiben fotografías carnet, retratos familiares y números de teléfono escritos con marcador negro. En estos avisos no hay promesas de recompensa; solo la búsqueda desesperada de personas que aún no han aparecido.

La rutina en la costa es ahora una mezcla de vigilancia y desesperación. Desde la autopista hasta el mar, se han establecido controles militares cada pocos kilómetros. Si bien los soldados regulan el ingreso y custodian las zonas afectadas, su presencia ha generado malestar entre los habitantes. Muchos venezolanos sostienen que estos controles ralentizan el trabajo de búsqueda y entorpecen la llegada de ayuda humanitaria a los edificios colapsados. Esta tensión se ha visto agravada por la circulación de videos en redes sociales que muestran a efectivos militares observando pasivamente mientras civiles se encargan de las tareas de remoción de escombros.

El recorrido por sectores como Caraballeda, Caribe y Playa Lido revela la magnitud del desastre. No se trata de la caída de un barrio aislado, sino de kilómetros de costa donde el paisaje parece haber sido pulverizado por la naturaleza. La intimidad de miles de familias ha quedado expuesta: hay hoteles con habitaciones abiertas al vacío, cortinas que ondean al viento y muebles, como sillones, que permanecen exactamente donde estaban antes del sismo. Un detalle irónico y triste marca los comercios locales, especialmente los supermercados, donde los propietarios han escrito sobre las persianas la frase: “Ya fui saqueado”.

La incertidumbre ha dado paso a otros temores. Vecinos y voluntarios han reportado que personas aprovechan el caos para ingresar a los edificios destruidos en busca de joyas, dinero u objetos de valor. Esta situación obliga a muchas familias a permanecer custodiando las ruinas de sus viviendas, incluso cuando las labores de rescate se prolongan por días.

En el ámbito del rescate, la misión internacional continúa. El coronel Miguel Ángel Wissinger, jefe del contingente argentino desplegado en Playa Lido, informó que las operaciones han entrado en una "fase número dos". El grupo, compuesto por aproximadamente 80 integrantes de la Armada, el Ejército y la Fuerza Aérea, junto con médicos, enfermeros, psicólogos y cirujanos, se dedica ahora a apoyar a los equipos mecánicos y máquinas viales. Su función principal es auxiliar en la recuperación de personas con vida o la entrega de cadáveres a las autoridades venezolanas. El coronel señaló que, recientemente, se detectaron indicios de vida en uno de los puntos de trabajo.

Sin embargo, la ayuda oficial no ha sido suficiente para todos. Yaneth Pérez, familiar de una víctima, señaló que aunque han recibido apoyo de rescatistas mexicanos, cubanos y salvadoreños, las autoridades venezolanas no han provisto la maquinaria necesaria, limitándose al envío de una sola unidad. Ante este vacío, la sociedad civil organizada ha tomado la iniciativa. Luis Palacios, abogado y coordinador de donaciones, destacó que iglesias, universidades y gremios han movilizado 35.000 kilos de insumos. Palacios enfatizó que, debido a la escasez de información oficial, los datos reales se recogen directamente en la calle.

A este esfuerzo civil se suma la gestión privada de la organización Solidaire, impulsada por Enrique Piñeyro. A través de un Boeing 787 Dreamliner, se ha establecido un puente aéreo desde Ezeiza para trasladar rescatistas de CEPA, Fenix United y ASOMEVENAR, además de transportar medicamentos y alimentos desde Panamá.

En el lugar de los colapsos, convive un dilema desgarrador. Mientras algunos familiares exigen que las máquinas aceleren el trabajo para recuperar los cuerpos de sus seres queridos, otros piden máxima delicadeza para no comprometer la vida de quienes podrían seguir atrapados. Esta tensión tiene un antecedente trágico: hace unos días, una maniobra apresurada de maquinaria desmembró accidentalmente un cuerpo entre los escombros.

Al caer la tarde, el escenario permanece inalterable. Las excavadoras siguen levantando losas bajo el sol y las fotografías de los desaparecidos continúan pegadas en las paredes. En medio del polvo y las grúas, un ciudadano local resumió el sentimiento general al reflexionar sobre el estado actual de su nación, describiendo a Venezuela como un hermoso país que, en estas circunstancias, se encuentra devastado.

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