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Gramscismo de derecha: la estrategia ultraconservadora para conquistar la cultura en Europa

Antes manual predilecto de las agrupaciones de izquierda radical, las estrategias del marxista italiano Antonio Gramsci son ahora utilizadas por conservadores para ir más allá de meros resultados en las urnas - LA NACION

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Gramscismo de derecha: la estrategia ultraconservadora para conquistar la cultura en Europa
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Una revolución silenciosa recorre Europa bajo el nombre de gramscismo de derecha. Sectores ultraconservadores han dejado de buscar solo la victoria electoral para perseguir la hegemonía cultural, infiltrándose en universidades, medios de comunicación y artes para transformar la mentalidad colectiva antes de tomar el poder político. Esta estrategia se apoya en la ocupación de instituciones clave, la creación de think tanks nacionalistas y la apropiación del lenguaje popular para combatir el progresismo. Ejemplos como el modelo de Viktor Orban en Hungría o la influencia mediática en Francia demuestran un plan a largo plazo que busca forjar una nueva élite intelectual. Sin embargo, este proceso plantea graves riesgos para la democracia. La colonización de las instituciones y la reescritura de la historia amenazan con erosionar los contrapesos sociales, fomentando un pluralismo hostil que fractura la convivencia y marginaliza a las minorías.

Una revolución silenciosa se despliega actualmente por el continente europeo bajo el nombre de “gramscismo de derecha”. Se trata de una refinada estrategia implementada por sectores ultraconservadores que buscan disputar a la izquierda sus herramientas más efectivas para acceder al poder: la influencia cultural, el manejo de la propaganda y el combate ideológico.

El fenómeno presenta una paradoja central. Antonio Gramsci, intelectual marxista encarcelado por Mussolini en los años 30, sostuvo que el poder no se conquista mediante las armas, sino a través de las ideas. Hoy, sectores de la extrema derecha europea han reinterpretado este pensamiento para imponer una visión del mundo basada en el nacionalismo, el tradicionalismo y el rechazo al progresismo y al “wokismo”.

El núcleo de esta estrategia reside en el concepto de hegemonía cultural. Según los Cuadernos de la cárcel de Gramsci, antes de tomar el Estado, una clase social debe conquistar las mentes infiltrándose en la “sociedad civil”, que incluye universidades, medios de comunicación, sindicatos, asociaciones y el arte. Para estos sectores, el poder político es una consecuencia natural una vez que las mentalidades han sido transformadas.

Mientras la izquierda europea aplicó con éxito esta receta entre los años 60 y 80, la extrema derecha ha aprendido que ganar elecciones sin haber ganado primero las mentes no garantiza resultados duraderos. Por ello, han adoptado la fórmula de “hacer un Gramsci al revés”, estructurada en tres ejes precisos.

El primero es la batalla por las instituciones. El objetivo ya no es solo el éxito electoral, sino la ocupación duradera de puestos clave en consejos de administración de medios públicos, direcciones de museos, jurados literarios y comités universitarios. Un ejemplo notable es Hungría, donde Viktor Orban ha colocado personas de su confianza al frente de casi 500 fundaciones culturales y medios públicos desde 2010. En Italia, el gobierno de Giorgia Meloni ha iniciado desde 2023 una revisión sistemática de los nombramientos en instituciones culturales nacionales.

El segundo eje es la proliferación de la producción intelectual mediante think tanks. En Francia, el Institut Iliade forma a una “juventud enraizada” en humanidades clásicas con tintes nacionalistas desde 2015. En Alemania, el Institut für Staatspolitik, fundado por Götz Kubitschek, produce ensayos y seminarios para forjar una élite intelectual radical, imitando estructuras progresistas como la Fabian Society británica o la Rosa-Luxemburg-Stiftung.

El tercer eje es la guerra del lenguaje. La derecha radical ha reapropiado términos históricamente ligados a la izquierda, como “soberanía”, “pueblo” o “resistencia”, para utilizarlos contra el liberalismo globalista. En España, Vox emplea el término “casta”; en Francia, el movimiento Reunión Nacional de Marine Le Pen se posiciona como el partido de los “trabajadores” frente a las “elites”. Incluso han recurrido a tácticas simbólicas, como el movimiento “El canon francés”, que organiza comidas populares con productos locales y vestimenta tradicional para reforzar clichés nacionales.

Esta contrahegemonía tiene raíces previas. En Estados Unidos, entre los años 70 y 80, la derecha paleoconservadora, con figuras como Irving Kristol y Norman Podhoretz, comprendió que la victoria electoral era insuficiente. Crearon laboratorios de ideas como el Heritage Foundation y el American Enterprise Institute, además de financiar medios como Fox News. Posteriormente, Pat Buchanan, Sam Francis y Steve Bannon consolidaron esta síntesis entre populismo y estrategia gramsciana aplicada a Hollywood y los medios.

En Europa, esta tendencia ha ganado intensidad. En Italia, Fratelli d’Italia y la Lega han invertido en medios como Il Primato Nazionale y La Verità. El terreno ideológico fue trabajado durante décadas por círculos como los de Alain de Benoist y la Nuova Destra. Actualmente, medios como CNews en Francia, La Razón en España, Kronen Zeitung en Austria o The European Conservative actúan polarizando debates y fomentando la desconfianza en las instituciones.

El caso húngaro es el más avanzado. Orban ha teorizado la “democracia iliberal” transformando el terreno cultural, expulsando la Universidad de Europa Central de Budapest y financiando masivamente una cinematografía, literatura e historiografía nacionales de corte conservador. En Francia, figuras como Éric Zemmour y Marion Maréchal promueven la idea del “reemplazo cultural”, apoyados por el ecosistema editorial de millonarios como Vincent Bolloré, quien controla Canal+, CNews y la editorial Hachette.

Otros ejemplos incluyen a Polonia, donde el partido Ley y Justicia (PiS) tomó el control de la televisión pública y reescribió libros de texto con relatos nacionalistas. Este enfoque se distingue del populismo común por su horizonte temporal: no busca la victoria inmediata, sino que piensa en generaciones.

Sin embargo, este proceso conlleva riesgos graves. El especialista Jean-Yves Camus advierte sobre la erosión de los contrapesos cuando una sola sensibilidad política coloniza las instituciones, invisibilizando las alternativas. Asimismo, existe el peligro de la reescritura de la historia, como ocurrió en Polonia con la Segunda Guerra Mundial, y lo que Jan-Werner Müller define como “pluralismo hostil”, una estrategia que señala como enemigos internos a migrantes, minorías o elites liberales, fracturando el tejido social.

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