La llegada de la coalición Vamos a la Asamblea Nacional en 2024 marcó un punto de inflexión en la composición del Legislativo panameño. Con la obtención de 20 curules, el grupo se consolidó como la bancada más numerosa del período, cargando sobre sus hombros las expectativas de miles de ciudadanos. Para una parte considerable de la población, este triunfo no era simplemente un resultado numérico, sino la materialización de una esperanza basada en el hartazgo hacia los partidos tradicionales. Los electores vieron en Vamos la posibilidad de instaurar una nueva generación de políticos capaces de priorizar la transparencia, la rendición de cuentas y una metodología distinta de hacer política en el país.
Sin embargo, el paso del tiempo ha empezado a erosionar aquel optimismo inicial. Apenas dos años después de su ingreso, la percepción ciudadana ha transitado desde la esperanza hacia una creciente sensación de frustración. Para comprender este fenómeno, es necesario analizar la naturaleza del éxito electoral de la coalición. De los 20 escaños obtenidos, solo cuatro fueron ganados en circuitos uninominales, lo que indica que la gran mayoría —16 diputados— accedieron al cargo a través del voto en plancha y los cocientes electorales. Este dato revela que el respaldo fue, primordialmente, hacia la marca política y la promesa colectiva, más que hacia figuras individuales con arraigo territorial. Aquella votación representó un mandato claro de transformación que, hasta el momento, no ha logrado traducirse en una influencia real o decisiva dentro de la dinámica legislativa.
Desde el arranque de la legislatura, las limitaciones de la bancada se hicieron evidentes. A pesar de ser la fuerza mayoritaria en número, Vamos no consiguió posicionar a sus miembros en cargos relevantes de la junta directiva de la Asamblea. En su lugar, fue superada por una alianza estratégica de los partidos tradicionales, quienes lograron imponer su mayoría y mantener el control de la estructura de poder parlamentario. Aunque la coalición presentó candidatos para diversas posiciones, terminó relegada a un papel secundario, quedando al margen de la toma de decisiones administrativas y organizativas del órgano legislativo.
No obstante, el análisis sugiere que la falta de espacios en la dirección no es el problema raíz, sino la carencia de una visión política común. La coalición se constituyó como un grupo heterogéneo que agrupó perfiles diversos; sin embargo, esta diversidad no fue acompañada de una identidad ideológica definida ni de un liderazgo con la capacidad de articular posiciones unificadas. Esta debilidad estructural quedó expuesta de manera crítica durante la discusión de las reformas a la Caja de Seguro Social. En un episodio que proyectó una imagen de fragmentación absoluta, la bancada se dividió exactamente a la mitad: diez diputados votaron a favor y diez votaron en contra. Independientemente de la legitimidad de los argumentos de cada sector, el resultado fue la proyección de una fuerza política cohesionada solo en el papel, incapaz de liderar los grandes debates nacionales.
En cuanto a la productividad legislativa, los resultados tampoco han sido suficientes para contrarrestar la percepción negativa. Si bien es cierto que los diputados de Vamos han presentado decenas de iniciativas, el volumen de proyectos que han logrado convertirse efectivamente en leyes es reducido en comparación con las promesas de cambio generadas durante la campaña. Esta brecha entre la retórica de transformación y los resultados tangibles ha alimentado el desencanto de sus electores.
Actualmente, la coalición se enfrenta a un desafío que podría precipitar una ruptura irreversible: el debate sobre la actividad minera. Diversos analistas advierten que este tema es un catalizador de divisiones internas que podría provocar una fractura definitiva entre aquellos diputados que prefieren alinearse con el oficialismo y quienes optan por mantener una postura de oposición firme.
En conclusión, lo que nació como una alternativa para renovar la política panameña corre el riesgo de reproducir los mismos vicios que criticó en su origen. Las disputas internas y la falta de consensos han comenzado a eclipsar las propuestas originales. Aunque el camino hacia las elecciones de 2029 es largo, la supervivencia política de Vamos dependerá de su capacidad para definir una identidad clara y fortalecer su cohesión interna. De lo contrario, el respaldo masivo que los llevó al poder podría quedar registrado como un episodio irrepetible y la esperanza inicial transformarse en una de las mayores decepciones políticas de los últimos tiempos.

