La configuración de la cadena productiva de la cocaína en Bolivia ha atravesado transformaciones profundas en sus métodos de procesamiento y en su estructura social, evolucionando desde modelos de cristalización centralizada hacia una transformación directa en las zonas de cultivo, mientras se consolidan dos grupos de poder económico diferenciados.
En una primera etapa de esta evolución, el periodo marcado por García Meza representó un cambio significativo en la logística de la droga. Durante este tiempo, se revolucionó la cadena productiva mediante la imposición de la cristalización de la sustancia en laboratorios específicos, destacando entre ellos el de Huanchaca. Este modelo permitía una organización basada en centros de procesamiento especializados para obtener el producto final.
Posteriormente, se produjo un desplazamiento en el eje de transformación de la materia prima. Bajo la influencia de Evo Morales, la cadena productiva dio un salto cualitativo y geográfico al trasladar la transformación de la hoja de coca en clorhidrato directamente al Chapare. Este cambio eliminó pasos intermedios, permitiendo que la conversión química ocurriera en la misma zona de origen de la planta.
Este desarrollo técnico y geográfico ha dado lugar a lo que se describe como una división de clases sociales dentro de la moderna cadena productiva de la cocaína. En la cúspide se encuentra la antigua oligarquía camba, cuya influencia se remonta a los días de García Meza. Este grupo mantiene el control estratégico del comercio exterior, apoyándose en una flota aérea propia y en una sofisticada infraestructura empresarial. El centro de poder y la base social de esta élite se encuentran asentados en los condominios del Urubó.
En contraposición, ha surgido una nueva burguesía chola cocainera. Esta estructura se encuentra organizada a través de seis federaciones cocaleras, las cuales se mantienen bajo el control vitalicio de Evo Morales. Esta nueva clase social representa la organización del sector productor y su ascenso económico vinculado a la gestión de la hoja de coca y sus derivados.
La complejidad del narcotráfico en el país se extiende más allá de la producción de cocaína, entrelazándose con otros sectores económicos y políticos. Se han identificado rutas de "narco-maderas" que eran conocidas por Oviedo, y se ha reportado que empresarios forestales de Santa Cruz han ejercido acoso contra Sol de Pando, sugiriendo una intersección entre el capital forestal y las actividades ilícitas.
En el ámbito político y judicial, existen señalamientos sobre la neutralización de investigaciones relacionadas con un narco-aeropuerto, acción que se atribuye a Evo Morales. Asimismo, el debate sobre la ética periodística ha puesto sobre la mesa las relaciones entre García Linera y los narcos Lima Lobo, evidenciando la permeabilidad entre el poder político y las redes del tráfico.
El panorama actual se define por una sangrienta querella derivada del llamado "narco-excedente", en un contexto donde la cocaína es analizada como una droga de carácter fascista y neo-colonial. Estas dinámicas no solo afectan la seguridad, sino que plantean interrogantes sobre el futuro del capitalismo boliviano, el cual parece estar fuertemente influenciado por la interacción entre estas dos burguesías: la infraestructura empresarial del oriente y el control federativo del Chapare.
En resumen, la transición desde los laboratorios de cristalización de la era de García Meza hasta la producción de clorhidrato en el Chapare bajo Evo Morales, ha reconfigurado no solo la química de la droga, sino el mapa del poder económico en Bolivia, dividiéndolo entre una oligarquía con control logístico aéreo y una burguesía organizada en federaciones.


