El escenario político peruano se encamina hacia una nueva definición este domingo, cuando Keiko Fujimori, a sus 51 años, intente por cuarta ocasión alcanzar la presidencia de la República en una segunda vuelta electoral. La candidata conservadora, heredera del fujimorismo, se enfrenta en este balotaje a Roberto Sánchez, representante de Juntos por el Perú, en un contexto de profunda crisis institucional que ha llevado al país a tener ocho presidentes en la última década.
La trayectoria pública de Fujimori comenzó hace tres décadas. El 9 de diciembre de 1994, con solo 19 años, debutó en la escena internacional durante la primera Cumbre de las Américas en Miami, donde acompañó a su padre, el entonces presidente Alberto Fujimori, y participó en la fotografía oficial junto al presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, y la primera dama Hillary Clinton. Keiko asumió el rol de primera dama tras la separación de sus padres, luego de que Susana Higuchi denunciara públicamente actos de corrupción en el manejo de donaciones internacionales dentro del Gobierno.
Desde aquel debut, Fujimori ha mantenido una presencia constante en el ojo público durante 31 años. Su camino hacia el poder ha estado marcado por tres derrotas consecutivas en segunda vuelta: la primera en 2011 frente a Ollanta Humala, la segunda en 2016 contra Pedro Pablo Kuczynski y la tercera en 2021 ante el izquierdista Pedro Castillo, pérdida que se definió por una diferencia aproximada de 44.000 votos.
Para este cuarto intento, la candidata ha modificado su estrategia de comunicación. Tras el debate presidencial, Fujimori admitió haber cometido errores en su trayectoria política, asegurando que ha aprendido de ellos para levantarse con más fuerza. En entrevistas recientes, ha proyectado una imagen más reservada y calmada, reconociendo que en el pasado fueron "confrontacionales" y que dicha postura ha sido corregida. Según el experto en política peruana Julio Carrión, profesor de la Universidad de Delaware, Fujimori ha realizado un esfuerzo calculado para alejarse de la narrativa de 2021, donde centró su campaña en la lucha contra el comunismo y la defensa de la democracia, lo cual fue considerado un error fundamental.
A pesar de este cambio de imagen, Fujimori arrastra un complejo historial legal y político. Fue congresista en el año 2000 y fundó el partido Fuerza Popular. Durante su carrera, pasó 13 meses en prisión mientras era investigada por presuntamente recibir fondos de la constructora Odebrecht para financiar sus campañas, cargos que siempre ha rechazado. Aunque una corte declaró nulo el proceso en enero de 2025, la candidata sostiene haber sido víctima de diez años de persecución política.
El peso del legado de su padre, Alberto Fujimori, sigue dividiendo al electorado. El expresidente, quien gobernó entre 1990 y 2000, es reconocido por rescatar la economía del colapso y derrotar a los grupos terroristas Sendero Luminoso y MRTA. Sin embargo, su régimen estuvo marcado por la corrupción y violaciones a los derechos humanos, resultando en una condena de 25 años de cárcel en 2009 por los casos de Barrios Altos y La Cantuna. Alberto Fujimori falleció en 2024 tras diversas batallas legales por su indulto.
Actualmente, los críticos de Keiko Fujimori, incluyendo colectivos ciudadanos y organizaciones de derechos humanos que marcharon bajo el lema “Keiko no va”, la señalan como responsable de la inestabilidad política reciente. A través de Fuerza Popular, partido mayoritario en el Congreso, se le acusa de interferir en instituciones independientes y promover leyes que favorecen intereses personales, según un informe de Human Rights Watch.
No obstante, algunos sectores ven en ella la alternativa para recuperar el orden. El excandidato Rafael Belaúnde ha manifestado su apoyo a Fujimori, destacando su compromiso con la Constitución, la economía de mercado y la inversión privada, contrastando esta postura con el "peligro" que representaría su oponente, Roberto Sánchez.
El análisis de Carrión sugiere que Fujimori podría estar mejor posicionada en esta ocasión, debido a que Sánchez no ha logrado proyectar el atractivo identitario ni la imagen de "candidato del pueblo" que tuvo Castillo en 2021. Mientras tanto, una parte considerable del electorado permanece indecisa o considera votar por el "mal menor" ante el hartazgo generalizado que se reflejó en la primera vuelta, donde ningún candidato superó el 20% de los votos.


