El escenario político peruano se encamina hacia una segunda vuelta electoral marcada por la fragmentación y la falta de consenso ideológico. Tras la proclamación oficial de los resultados de la primera vuelta el pasado domingo 17 de mayo, ha quedado establecida la disputa por la presidencia para el próximo 7 de junio entre Keiko Fujimori, representante de Fuerza Popular, y Roberto Sánchez, del partido Juntos por el Perú.
La naturaleza de este balotaje ha sido calificada por analistas como una "elección de antis", sugiriendo que el proceso no se definirá por la adhesión a ideologías políticas concretas, sino por el rechazo y el miedo hacia las figuras en disputa. Esta percepción se sustenta en las cifras obtenidas en la primera vuelta, donde ambos candidatos avanzaron con un respaldo conjunto menor al 18% del padrón electoral, la cifra más baja registrada en lo que va del siglo, considerando que participaron un total de 36 candidaturas presidenciales.
En términos cuantitativos, Keiko Fujimori logró obtener más de 2.8 millones de votos, mientras que Roberto Sánchez superó los 2 millones. Si bien ambos lideraron las preferencias en 11 de las 25 regiones del país, ninguno de los dos logró imponerse en plazas estratégicas como Lima, Arequipa ni Tacna. Al contrastar la votación conjunta de ambos frente a los más de 27 millones de peruanos habilitados para votar, el respaldo efectivo apenas alcanza el 17.9% del padrón.
Javier Albán, especialista en temas electorales, señaló que esta cifra evidencia fallas en el sistema electoral. Según Albán, el voto de la primera vuelta es el que refleja el apoyo genuino a una candidatura; por lo tanto, cuando se vota en segunda vuelta por opciones con porcentajes tan bajos, la elección deja de ser un acto de apoyo para convertirse en un voto de rechazo al adversario. Esta dinámica plantea un serio problema de legitimidad para el futuro gobierno, ya que una gran parte de la población no sentirá que quien gobierna fue su opción elegida, situación que se ve agravada por la subrepresentación en el Congreso.
Por su parte, Urpi Torrado, CEO de Datum Internacional, explicó que ambos candidatos parten de condiciones similares. Torrado destacó que en la primera vuelta no se evidenció la existencia de un "voto duro" o electores fieles, a excepción del caso de Fujimori. La volatilidad fue la constante, con votos que fluctuaban hasta la última semana de campaña, sugiriendo que la adhesión a los candidatos que quedaron en puestos secundarios respondió más a simpatías pasajeras que a alineamientos ideológicos. En consecuencia, no es seguro que los votos de los candidatos derrotados se trasladen automáticamente a alguno de los finalistas, sino que los electores decidirán según el desarrollo de la campaña.
En concordancia con esta visión, el politólogo Franco Olcese, del Centro Wiñaq, afirmó que la migración del electorado no seguirá una lógica ideológica pura, sino que dependerá del nivel de conocimiento de los candidatos y del rechazo que cada uno genere. Olcese subrayó que será determinante quién logre transmitir mayor capacidad para resolver las preocupaciones ciudadanas, específicamente en materia de economía e inseguridad ciudadana. Además, criticó que la agenda política haya estado dominada por denuncias de presunto fraude y el rol de la ONPE, limitando la discusión sobre propuestas concretas.
Finalmente, el analista político Enrique Castillo vinculó estas cifras con una crisis profunda de los partidos políticos y un desinterés generalizado de la población debido a la desconfianza. Castillo señaló que los otros 34 candidatos representan un "bolsón electoral" sin lealtades definidas, citando como ejemplo la contradicción entre el voto viciado anunciado por Marisol Pérez Tello y el apoyo de su partido a Roberto Sánchez. Aunque se podría estimar que los votos de Alfonso López Chau se inclinen hacia Sánchez y los de Rafael López Aliaga hacia Fujimori, Castillo advirtió que la solidez doctrinaria ha desaparecido, haciendo que los respaldos políticos no garanticen el traslado de los votantes.
Para Castillo, el reto principal de ambos candidatos es reducir el nivel de rechazo ("el anti") demostrando que no son lo que sus detractores afirman. En este contexto, la ciudad de Lima, donde López Aliaga obtuvo más de 1.2 millones de votos, se perfila como un territorio clave. Mientras tanto, Javier Albán recordó que, aunque la campaña de 20 días parece corta, factores determinantes como el debate presidencial, los respaldos de otros líderes y la aparición de nuevas informaciones podrían inclinar la balanza final.


