Embarcar en el yate Christina durante la segunda mitad del siglo XX significaba sumergirse en el epicentro de la fama, la celebridad y la realeza. Por sus cubiertas transitaron figuras de la talla de Winston Churchill, Liza Minnelli y Rudolf Nureyev. Su propietario, el magnate griego Aristóteles Onassis, transformó la embarcación en un monumento a la opulencia, equipándola con una chimenea de lapislázuli, una escalera de caracol de ónix, taburetes tapizados en piel de ballena y una piscina con fondo de mosaico que podía elevarse para transformarse en una pista de baile.
Este escenario fue testigo de los romances más mediáticos de la época. En el Christina, Onassis cortejó a María Callas y, posteriormente, a la viuda Jacqueline Kennedy, quien se convertiría en Jackie Onassis en 1968 tras una boda en una isla griega cuya recepción se celebró a bordo del navío.
Actualmente, la embarcación, rebautizada como Christina O, se encuentra a la venta con un descuento cercano al 50 %. El precio inicial de 90 millones de euros se ha reducido a 52 millones de euros (aproximadamente 60 millones de dólares), cifra que incluye el mobiliario original del bar y la piscina convertible. A pesar de la rebaja, el barco enfrenta dificultades para encontrar un comprador en el mercado actual. Tim Morley, el agente inmobiliario encargado de la operación, señaló desde Nafplio, Grecia, que aunque hubo interesados, ninguna venta se concretó. El barco perteneció en sus últimos años al empresario irlandés Ivor Fitzpatrick; tras su fallecimiento, su viuda, Susan, decidió bajar el precio para agilizar la transacción, ya que no comparte la pasión por el navío y desea que pase a manos de alguien que lo cuide.
Según Julia Skop, de la agencia Smart Yachts en Mónaco, la venta se ve afectada por una confluencia de factores globales. La inestabilidad provocada por la guerra en Europa del Este y el conflicto en Medio Oriente, sumada a la recesión económica en Europa, ha generado un clima de incertidumbre en el sector de los yates de lujo. Además, el diseño original de Onassis, concebido como un palacio de fiestas donde la hospitalidad era la prioridad, no siempre encaja con las preferencias estéticas y funcionales de los ultrarricos contemporáneos, quienes buscan características más sofisticadas y avanzadas.
La historia del Christina O es la de una transformación radical. Originalmente fue la fragata canadiense HMCS Stormont, lanzada en 1943 durante la Segunda Guerra Mundial, participando en el desembarco de Normandía y la batalla del Atlántico. Al finalizar el conflicto, Onassis lo adquirió por 34.000 dólares, su valor como chatarra, e invirtió 4 millones de dólares en convertirlo en el yate de sus sueños.
Tras la muerte de Onassis en 1975, el barco pasó por un periodo de decadencia. Fue rechazado por su hija y por Jacqueline Kennedy, pasando a manos del gobierno griego bajo el nombre de Argo, donde quedó abandonado y oxidándose en una base naval cerca del Pireo. Fue rescatado por el constructor naval Costas Karabela, quien llevó a cabo una restauración total en 2001. El proceso implicó sustituir la mayor parte del casco de acero, cambiar los remaches por soldadura moderna y reemplazar los motores de vapor por motores diésel. Se conservaron elementos emblemáticos como la pala del timón, el molinete del ancla y la escalera de ónix.
Un detalle singular son los taburetes de piel de ballena. Mientras Onassis solía decir a sus invitados que se sentaban sobre el prepucio o el escroto del animal, el historiador Thomas Fleischman, de la Universidad de Rochester, aclaró que, anatómicamente, la única parte de la ballena apta para tapicería es el pene.
Técnicamente, debido a que posee 17 camarotes y una capacidad de pasajeros muy superior al límite de 12 establecido por la Organización Marítima Internacional para los yates, el Christina O está clasificado oficialmente como un buque de pasajeros. Actualmente opera como alquiler de lujo por 700.000 euros semanales, habiendo sido utilizado incluso por Heidi Klum para su boda en 2019.
Aunque el mercado actual es complejo y los compradores rusos y de Medio Oriente han reducido su actividad, Morley mantiene el optimismo. Considera que el prestigio asociado a Onassis y el cariño especial que los estadounidenses sienten por la figura de Jackie Kennedy podrían atraer finalmente al comprador definitivo.


