La deficiencia afecta principalmente los sistemas neuromuscular, inmunitario y hematológico. Puede manifestarse a través de entumecimiento u hormigueo en las extremidades, sequedad o irritación cutánea, e incluso anemia hemolítica. La OMS señala que la falta sostenida de vitamina E puede causar daño oxidativo en las fibras musculares, generando fatiga y pérdida de fuerza.
La Academia Americana de Neurología destaca que la carencia deteriora la transmisión nerviosa, provocando ataxia, que se traduce en movimientos imprecisos y dificultad para mantener el equilibrio. La vitamina E también es crucial para proteger el tejido ocular, y su déficit puede aumentar el riesgo de enfermedades de la retina y problemas de visión.
Los grupos más vulnerables incluyen a los recién nacidos prematuros, personas con enfermedades que afectan la absorción de grasas (como la enfermedad celíaca o la fibrosis quística) y quienes siguen dietas muy restrictivas.
Para prevenir la deficiencia, los NIH recomiendan una ingesta diaria de 15 miligramos, que se puede alcanzar con una dieta variada rica en almendras, semillas de girasol, espinacas y palta. El tratamiento, en caso de deficiencia diagnosticada mediante análisis de laboratorio, implica suplementos de vitamina E bajo supervisión médica, ya que el exceso puede tener efectos adversos.
Ante la aparición de síntomas como debilidad muscular o alteraciones visuales, los CDC recomiendan consultar a un médico para un diagnóstico diferencial preciso, ya que estos síntomas pueden ser comunes a otras patologías.
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