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Un Viaje al Imperio en Deshielo

Un Viaje al Imperio en Deshielo

En 1988, mientras finalizaba sus estudios de Derecho en la Universidad de Navarra, un joven estudiante se embarcó en un viaje inesperado a la Unión Soviética, un país al borde del colapso. Lo que comenzó como una escapada para celebrar el fin de la carrera, financiada por un golpe de suerte en la lotería, se convirtió en una inmersión en un mundo a punto de desaparecer. A diferencia de sus compañeros que optaron por Túnez, este grupo de estudiantes eligió un destino mucho más lejano, sin saber que estarían presenciando los últimos días de un imperio.

La experiencia comenzó en Praga, la capital de Checoslovaquia, una ciudad que, incluso bajo la sombra del comunismo, irradiaba una belleza melancólica y una elegancia cautivadora. El intenso frío centroeuropeo acompañó al grupo durante su estancia, pero no logró ocultar el encanto de la ciudad, con su Puente de Carlos y sus castillos de cuento de hadas. Compartieron el itinerario con una delegación de la Embajada de Venezuela en Madrid, caribeños que sufrían el invierno soviético con una mezcla de dignidad diplomática y desesperación térmica.

El viaje continuó hacia Moscú, una ciudad que evocaba grandeza y solemnidad, pero también un cansancio histórico palpable. Durante cuatro días, el grupo exploró las inmensas avenidas y los edificios monumentales de la capital, mientras las palabras "perestroika" y "glasnost" circulaban como promesas imprecisas. Se alojaron en el hotel Cosmos, un mastodonte funcional e impersonal que reflejaba la escala ciclópea de la ciudad, diseñada para impresionar. El río Moscova fluía con disciplina, al igual que el país, que se mantenía en pie, pero sin mucha prisa por llegar a ninguna parte.

Pisar la Plaza Roja fue como caminar por un escenario donde se había representado gran parte del siglo XX. A un lado, las murallas severas del Kremlin; al otro, las cúpulas casi irreales de la catedral de San Basilio. El Metro de Moscú, una auténtica galería subterránea de propaganda, reveló estaciones como Komsomólskaya y Mayakovskaya, adornadas con lámparas de araña, mármoles, mosaicos heroicos y relieves dedicados a obreros, soldados y campesinos avanzando hacia un futuro luminoso. Incluso el desplazamiento cotidiano debía manifestar la grandeza del Estado.

La visita al museo de la Batalla de Borodinó, que conmemora la batalla de 1812 contra las tropas napoleónicas, permitió al estudiante comprender la importancia de la historia militar en la identidad rusa, un precedente de la Gran Guerra Patria. El viaje en tren nocturno hacia Leningrado, con sus compartimentos sobrios, el traqueteo constante de los vagones y el té ruso servido en vasos de cristal con portavasos metálicos, condensó el espíritu ruso: una mezcla de disciplina, melancolía y hospitalidad silenciosa.

Leningrado, hoy San Petersburgo, recibió al grupo con un frío casi mineral y una belleza abrumadora, como una capital imperial detenida en el tiempo. El mar Báltico estaba helado, extendiéndose como una plancha blanca y silenciosa hasta el horizonte, como si el tiempo se hubiera congelado. La ciudad presentaba una elegancia distinta, más europea, más literaria, más melancólica, con fachadas que recordaban épocas más fastuosas.

La Catedral de San Pedro y San Pablo, dentro de la fortaleza del mismo nombre, desafiaba con su aguja gris el cielo plomizo, albergando los restos de muchos zares. Pasear por la avenida Nevsky Prospect fue como recorrer una inacabable novela rusa, con tiendas desabastecidas, escaparates discretos y una gran diversidad de gentes: soldados, ancianas envueltas en grandes abrigos, funcionarios y jóvenes que comenzaban a intuir que el mundo podía cambiar.

El Palacio de Invierno y el Museo del Hermitage, a orillas del río Nevá, resumían la grandeza estética de la ciudad, con sus salones interminables, escalinatas, galerías, pinturas y antig edades. La paradoja de uno de los mayores tesoros artísticos de Europa custodiado por un régimen que, en teoría, desconfiaba del lujo que lo había creado, era evidente. Los puentes y canales de la ciudad, como venas tranquilas y elementos románticos, completaron la experiencia.

Con los años, el estudiante reflexionó sobre aquel recorrido, dándose cuenta de que habían caminado por un mundo a punto de desaparecer. Tres años después, la URSS se disolvería como hielo en primavera. Un periplo financiado por unas cuantas pesetas improbables y una asignatura pendiente, se convirtió en una breve visita a la cronología soviética, una aventura incierta que lo llevó al final de un imperio. Un golpe de suerte en la lotería que resultó ser un viaje en el tiempo.

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