Israel ha intensificado drásticamente su conflicto con Irán, adoptando una estrategia sin precedentes que ha sido descrita por fuentes israelíes como "cortar la cabeza al pulpo". Esta campaña, que ha cobrado impulso en las últimas semanas, se centra en la eliminación selectiva de altos cargos del liderazgo iraní, marcando una escalada significativa en la guerra moderna y desafiando las normas internacionales establecidas.
La ofensiva comenzó con el presunto asesinato del líder supremo Alí Jamenei, seguido rápidamente por la muerte del ministro de Inteligencia, Esmail Khatib, y, más recientemente, la del influyente Ali Larijani, jefe de facto del país. Si bien Israel ha llevado a cabo previamente operaciones dirigidas contra líderes de grupos como Hezbollah y Hamas, e incluso contra funcionarios iraníes en Siria, esta nueva táctica representa un cambio radical al atacar directamente la cúpula dirigente del Estado iraní.
La justificación de Israel para estos ataques se basa en la autodefensa, argumentando que el régimen iraní es un estado terrorista que representa una amenaza existencial para su seguridad. El primer ministro Netanyahu ha declarado abiertamente su objetivo de debilitar el régimen con la esperanza de brindar al pueblo iraní la oportunidad de derrocarlo, aunque reconoce que este proceso será largo y difícil. Netanyahu cree que al eliminar a los líderes clave, se puede incitar una contrarrevolución interna y desestabilizar el régimen desde dentro.
Sin embargo, la estrategia de "decapitación" del régimen no está exenta de riesgos y controversias. Expertos advierten que, si bien la eliminación de líderes puede causar disrupción y desmoralización a corto plazo, también podría tener consecuencias imprevistas y potencialmente contraproducentes. La ideología de la República Islámica de Irán está profundamente arraigada en el concepto del martirio, lo que significa que la muerte de líderes podría ser vista como un sacrificio que refuerza la determinación del régimen y sus seguidores.
Además, existe la preocupación de que la eliminación de líderes pueda conducir a una escalada del conflicto y a una mayor radicalización. Irán ya ha respondido a los ataques con el lanzamiento de misiles balísticos contra Tel Aviv, cumpliendo su promesa de venganza por la muerte de Larijani. La posibilidad de una guerra regional más amplia es ahora una preocupación real.
La legalidad de estas operaciones también está en entredicho. Los asesinatos de líderes extranjeros se consideran ilegales según la legislación estadounidense e internacional, y muchos críticos denuncian la guerra de Irán como una afrenta al sistema global basado en normas. Sin embargo, defensores de la estrategia argumentan que, en ciertos casos, la eliminación de líderes represivos puede ser una forma efectiva de acortar los conflictos, debilitar a los regímenes autoritarios y evitar situaciones aún más complicadas.
La historia está llena de ejemplos de intentos de eliminar a líderes enemigos en tiempos de guerra. Durante la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña consideró varios complots para asesinar a Adolf Hitler, mientras que la CIA intentó repetidamente eliminar al dictador cubano Fidel Castro. Más recientemente, Estados Unidos ha estado involucrado en operaciones para eliminar a líderes de Al Qaeda e ISIS, incluido Osama bin Laden, y el presidente Trump ordenó la muerte del general iraní Qasem Soleimani en 2020.
Sin embargo, la experiencia histórica sugiere que la eliminación de líderes no siempre conduce a los resultados deseados. La invasión de Irak en 2003, por ejemplo, incluyó un intento de eliminar a Saddam Hussein y a sus hijos, seguido de la creación de una "baraja de cartas" con los líderes del régimen que Washington quería capturar o matar. Si bien se lograron algunos éxitos iniciales, la estrategia finalmente fracasó en su objetivo de establecer una Irak democrática y condujo a una prolongada insurgencia.
La arrogancia que caracterizó la estrategia de la "baraja de cartas" sirve como una advertencia sobre los peligros de subestimar la complejidad de la política regional y la resistencia de los regímenes autoritarios. La eliminación de líderes puede crear un vacío de poder que sea llenado por figuras aún más extremas o que conduzca a una fragmentación del Estado y a una guerra civil.
La situación actual en Irán es aún más compleja. Según informes, los líderes iraníes han delegado poder antes de la guerra, anticipando que se convertirían en objetivos. Esto significa que la eliminación de líderes clave no necesariamente destruirá el régimen, sino que simplemente conducirá a la aparición de nuevos líderes. Comprometerse con un programa para eliminar a cada nuevo líder que surja podría conducir a una guerra prácticamente perpetua.
Algunos expertos creen que la estrategia de Israel podría ser contraproducente, fortaleciendo la determinación del régimen y dificultando la posibilidad de una solución diplomática. Bader Al-Saif, historiador intelectual, señaló que la teología del sufrimiento del régimen iraní significa que cuantos más líderes sean eliminados, más resistentes se volverán. Sina Azodi, directora del programa de Estudios de Medio Oriente de la Universidad George Washington, advirtió que la muerte de Larijani podría conducir a un endurecimiento del régimen en lugar de a su colapso.
La estrategia estadounidense e israelí de neutralizar la amenaza militar iraní parece haber causado un daño considerable, pero hasta el momento no hay señales de que el régimen revolucionario islámico esté colapsando. La pregunta clave es si esta nueva guerra creará liberación y estabilidad mediante la eliminación de los máximos líderes, o si simplemente prolongará el conflicto y agravará la inestabilidad regional. En última instancia, la estrategia de decapitar a la cúpula dirigente será juzgada menos por a quién mata que por lo que deja tras de sí.


