La relación entre el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha experimentado una transformación notable. Durante años, los encuentros en Washington siguieron un guion estrictamente ensayado, caracterizado por alfombras rojas, apretones de manos cálidos y una narrativa pública de alianza inquebrantable. Sin embargo, la realidad actual es muy distinta, marcada por una tensión visible que ha sustituido los efusivos elogios iniciales por arrebatos cargados de improperios.
Esta séptima visita de Netanyahu a Estados Unidos desde el regreso de Trump al poder es la más frecuente de cualquier líder mundial. No obstante, el primer ministro israelí llega a la capital estadounidense en una posición vulnerable, enfrentando la proximidad de unas elecciones generales en octubre y la necesidad urgente de estabilizar un vínculo que se ha vuelto errático. Según fuentes oficiales, Netanyahu ha dedicado varias semanas a intentar conseguir una invitación formal a la Casa Blanca para discutir los avances en la guerra contra Irán y advertir sobre posibles concesiones diplomáticas.
La gestión de esta reunión no estuvo exenta de dificultades. Trump se mostró reacio a concretar el encuentro y algunos empleados de la Casa Blanca expresaron frustración ante lo que percibieron como intentos de Israel de forzar la reunión mediante filtraciones a los medios de comunicación. Finalmente, el funeral del senador Lindsey Graham proporcionó la oportunidad necesaria para el encuentro, aunque este haya quedado en un papel secundario respecto al evento principal.
A pesar de las tensiones, el Gobierno estadounidense mantiene oficialmente que Trump posee una "sólida relación" con Netanyahu y que Israel no cuenta con un "mejor amigo" que el presidente estadounidense. Un alto funcionario afirmó a CNN que las acciones conjuntas de ambos países han servido para impedir que el régimen iraní desarrolle un arma nuclear, subrayando la coordinación militar sin precedentes que se observó al inicio de la campaña contra Teherán en febrero.
Sin embargo, la brecha estratégica se hizo evidente a medida que el conflicto se prolongaba. Mientras Netanyahu abogaba por mantener la presión militar, Trump comenzó a inclinarse hacia una retirada. El presidente estadounidense había sido convencido inicialmente de que el conflicto sería breve y controlado, pero el actual punto muerto, descrito como tenso y mortal, ha derivado en reuniones privadas plagadas de furia y reproches hacia el régimen de Teherán por no ceder según las expectativas de Trump.
La divergencia de objetivos se extiende también a Líbano. Trump ha presionado a Netanyahu para detener la lucha contra Hezbollah, llegando a decirle en una llamada telefónica a principios de junio que "todo el mundo odia a Israel" por esa situación. Aunque Israel aceptó un acuerdo trilateral hace un mes, Netanyahu se opone a una retirada total del sur del país sin el desarme previo de Hezbollah, contradiciendo el deseo de la administración Trump de retirar fuerzas israelíes de Líbano, Gaza y Siria.
En el plano político interno, la relación se ha visto empañada por críticas cruzadas. Aliados de Netanyahu atacaron a figuras cercanas a Trump, como el vicepresidente J.D. Vance, Jared Kushner y Steve Witkoff, por el alto el fuego de abril. Vance, por su parte, acusó al gabinete de Netanyahu de intentar sabotear negociaciones y manipular la opinión pública estadounidense, advirtiendo que Israel podría estar alejando a su único aliado poderoso.
A estas tensiones se suman dos nuevos focos de conflicto: los planes de Trump de vender cazas F-35 a Turquía y el acuerdo nuclear civil entre Estados Unidos y Arabia Saudita. Israel teme que la venta de aviones a Turquía merme su ventaja militar cualitativa y que el pacto con Riad desencadene una carrera nuclear regional. Trump ha respondido tajantemente que nadie dicta sus ventas de armas y ha calificado a Turquía como un "tremendo aliado".
Para Netanyahu, el apoyo de Trump es un activo electoral crucial. El presidente estadounidense ha mostrado un respaldo selectivo, como cuando aseguró que Netanyahu no sería arrestado al viajar a Estados Unidos. El primer ministro busca ahora garantías de seguridad, un nuevo pacto de defensa a largo plazo que reemplace el memorando de la era Obama y coordinación en temas que pueda utilizar en su campaña electoral.
Aunque Netanyahu califica estas fricciones como desacuerdos "tácticos", el hecho de que no se haya previsto una sesión fotográfica pública para este encuentro sugiere que la discreción es la norma actual. Esta falta de visibilidad podría ocultar tanto la planificación de una nueva campaña contra Irán como la profundidad de las tensiones actuales entre ambos líderes.


