El primer ministro británico Keir Starmer se enfrenta a una creciente presión para reconsiderar la inminente visita de Estado del rey Carlos III a Estados Unidos, después de que el presidente Donald Trump intensificara sus ataques verbales contra Gran Bretaña y su líder. La situación, que surge de una estrategia inicial de adulación por parte del gobierno británico para asegurar beneficios políticos y de seguridad, ha dado un giro inesperado, poniendo en riesgo una tradición diplomática clave y exponiendo al monarca a posibles humillaciones públicas.
La raíz del conflicto se encuentra en la negativa inicial de Gran Bretaña a permitir el uso de sus bases militares para una posible acción contra Irán, una decisión que Starmer justificó como ilegal. A pesar de unirse posteriormente a la defensa contra las represalias iraníes tras ataques a activos británicos en Oriente Medio, Trump ha respondido con una serie de comentarios despectivos, cuestionando el compromiso de Gran Bretaña y ridiculizando la aparente cautela de Starmer.
“No estamos tratando con Winston Churchill”, declaró Trump el 3 de marzo, una frase que marcó el inicio de una escalada retórica. Posteriormente, sugirió que Gran Bretaña ya no era “el Rolls-Royce de los aliados”, una declaración que resonó con fuerza en Westminster y generó un debate sobre la necesidad de reevaluar la estrategia diplomática.
La estrategia inicial de Starmer, descrita como un intento de apelar al ego de Trump y a su afinidad por la realeza, se basaba en la presentación de una carta del rey Carlos III invitando a Trump a una segunda visita de Estado. La idea era que la adulación y el reconocimiento real podrían traducirse en concesiones favorables, como aranceles más bajos y un apoyo continuo a Ucrania. Durante un tiempo, esta táctica pareció funcionar, pero la reciente virulencia de Trump ha puesto en duda su eficacia.
La situación ha provocado una creciente preocupación entre los legisladores británicos, quienes temen que la visita de Estado del rey Carlos III pueda convertirse en un escenario incómodo y humillante. Emily Thornberry, diputada laborista, declaró el martes que “lo último que queremos es que Su Majestad pase vergüenza” y sugirió que sería prudente retrasar la visita hasta que la situación se calme.
“Sospecho que sería más seguro retrasarlo”, afirmó Thornberry en el programa matutino de la BBC, destacando la necesidad de proteger la dignidad del monarca.
La disputa se ha intensificado con acusaciones mutuas y declaraciones públicas que han dañado la relación bilateral. Trump ha criticado a Starmer por no ofrecer suficiente apoyo en la guerra contra Irán y por su aparente vacilación en enviar buques de guerra para asegurar el estrecho de Ormuz. En una conversación telefónica, Trump acusó a Starmer de necesitar consultar con su equipo antes de tomar una decisión, a lo que Starmer respondió que él, como primer ministro, era capaz de tomar decisiones por sí mismo.
“No tiene que preocuparse por un equipo… usted es el primer ministro; puede tomar una decisión… Es muy decepcionante”, habría dicho Starmer, según la versión de Trump.
Peter Westmacott, exembajador británico en Washington, ha señalado que los menosprecios de Trump hacia Starmer han revelado los límites de la estrategia de adulación. “Starmer ha pasado 18 meses intentando gestionar la relación evitando caer en la provocación y tratando de mantener las cosas en privado”, explicó Westmacott a CNN. “Él mismo no tiene un ego desmesurado… Intenta usar la calma, la razón y argumentos que le resulten atractivos a Trump. Pero está claro que no siempre funciona, y nunca se sabe qué dirá al día siguiente”.
A pesar de la tensión, Trump ha reiterado su deseo de recibir al rey Carlos III en una visita de Estado, mencionando la construcción de un “magnífico salón de baile” que se utilizará para recibir a jefes de Estado extranjeros. Sin embargo, esta declaración no ha disipado las preocupaciones sobre la posibilidad de que el monarca sea objeto de ataques verbales durante su visita.
Downing Street se encuentra en una encrucijada, debatiendo si arriesgarse a exponer al rey a los ataques de Trump o si cancelar la visita, lo que podría interpretarse como una provocación al presidente estadounidense. Un portavoz de Downing Street declinó comentar sobre futuros compromisos reales, afirmando que los detalles de la visita “aún no se han confirmado”.
La situación ha generado un debate interno en el Reino Unido, con figuras políticas de diferentes espectros expresando sus opiniones. Nigel Farage, líder del partido Reform UK y aliado de Trump, inicialmente defendió un mayor compromiso británico en la guerra contra Irán, pero posteriormente rectificó su postura tras darse cuenta de la impopularidad del conflicto.
Kemi Badenoch, líder del Partido Conservador de la oposición, también había apoyado inicialmente la participación británica en la ofensiva estadounidense-israelí, pero también ha cambiado de opinión y ha defendido a Starmer de los ataques de Trump. “Soy la mayor crítica de Keir Starmer. Ha hecho muchas cosas mal”, señaló Badenoch el martes. “Pero también creo que las declaraciones que salían de la Casa Blanca eran inapropiadas. Esta guerra de palabras y estas disputas son muy infantiles. Quizás piensen que son entretenidas, pero… son simplemente indecorosas”.
La decisión final sobre la visita de Estado del rey Carlos III dependerá de una cuidadosa evaluación de los riesgos y beneficios, teniendo en cuenta la imprevisibilidad de Trump y la necesidad de proteger la dignidad del monarca. La situación pone de manifiesto la complejidad de las relaciones internacionales en la era Trump y la dificultad de navegar por las aguas turbulentas de la política estadounidense. La diplomacia británica se enfrenta a un desafío sin precedentes, y el futuro de la relación entre Gran Bretaña y Estados Unidos pende de un hilo.


