Washington y Tel Aviv han desatado una crisis de proporciones potencialmente catastróficas con sus recientes acciones contra Irán, abriendo la puerta a un conflicto que, según expertos, podría manifestarse no en campos de batalla convencionales, sino en una guerra asimétrica global. La periodista y especialista en temas internacionales, Ana Paula Ordorica, advierte sobre las graves consecuencias de esta escalada, especialmente considerando la profunda ideología y la capacidad de represalia del régimen iraní.
El conflicto actual no es un evento aislado, sino la culminación de tensiones acumuladas desde finales del año pasado, cuando Irán fue sacudido por protestas masivas. Estas manifestaciones, impulsadas por una población exhausta por una economía en ruinas, una inflación galopante y una creciente precariedad social, contrastan con la paradoja de un país rico en petróleo que sufre apagones y dificultades básicas. La respuesta del régimen iraní a estas protestas fue brutal, con una represión que, según estimaciones, dejó miles de muertos, aunque las cifras exactas permanecen ocultas. En este contexto, las amenazas de intervención militar por parte de la administración Trump añadieron combustible al fuego.
Para comprender la dinámica interna de Irán, es crucial recordar su estructura teocrática. El poder real reside en el Líder Supremo, quien controla la Guardia Revolucionaria, la fuerza militar más poderosa del país y el principal centro de poder político. Esta estructura de poder, combinada con una ideología profundamente arraigada, define la respuesta del régimen a las presiones externas.
La justificación de Estados Unidos para sus acciones, centrada en el programa nuclear iraní, es objeto de debate. Ordorica señala la contradicción entre los ataques de 2025, que supuestamente “obliteraron” las capacidades nucleares iraníes, y las recientes afirmaciones sobre una amenaza nuclear inminente. La opacidad del régimen iraní dificulta la verificación precisa de su capacidad nuclear, pero la pérdida del mecanismo internacional de supervisión tras la salida de Estados Unidos del acuerdo nuclear en 2018 ha aumentado la incertidumbre.
Más allá del tema nuclear, Israel considera a Irán una amenaza existencial debido a su capacidad de misiles, que pueden alcanzar territorio israelí, incluyendo Tel Aviv. El primer ministro Benjamin Netanyahu ha presionado durante años a Estados Unidos para que ataque directamente a Irán.
El componente ideológico y religioso del régimen iraní es fundamental para entender su comportamiento. La narrativa política del régimen se basa en la confrontación con Occidente, presentando a Estados Unidos como “el Gran Satán” y a Israel como “el pequeño Satán”. Esta narrativa no es simplemente propaganda, sino un pilar central del discurso ideológico del régimen desde la revolución islámica de 1979. Esta confrontación permite al régimen justificar las dificultades económicas y sociales ante su población, presentándola como una misión histórica y religiosa.
El riesgo de ataques en territorio estadounidense es real, y aquí es donde entra en juego el concepto de guerra asimétrica. Irán reconoce su incapacidad para enfrentarse a Estados Unidos en una guerra convencional debido a la superioridad tecnológica y militar estadounidense. En lugar de una confrontación directa, Irán podría recurrir a ataques indirectos, como sabotajes, ataques contra aliados en Medio Oriente, ciberataques o atentados terroristas.
La mayor amenaza para Estados Unidos no es un ataque militar directo, sino acciones más difíciles de prevenir, como ataques terroristas contra instalaciones diplomáticas o civiles, o sabotajes. Esta es la esencia de la guerra asimétrica: un actor más débil intenta infligir daño mediante métodos inesperados y difíciles de neutralizar.
Irán cuenta con una red de aliados y grupos afines en diversas partes del mundo, incluyendo milicias en Medio Oriente y posibles células radicalizadas que podrían llevar a cabo atentados.
La crisis podría desencadenar una reconfiguración geopolítica, especialmente en lo que respecta al petróleo. Si la guerra afecta el tránsito marítimo en el estrecho de Ormuz, el precio del petróleo podría dispararse, generando presión política en muchos países. La situación política interna estadounidense también es un factor importante, ya que Trump enfrenta elecciones intermedias y el precio de la gasolina es un tema sensible para los votantes.
La posibilidad de que Estados Unidos derroque al régimen iraní es remota. Irán es un país de casi noventa millones de habitantes, con un territorio extenso y un régimen que lleva décadas preparándose para una posible intervención. Eliminar estructuras políticas y militares profundamente arraigadas es extremadamente difícil, incluso en conflictos más pequeños. Además, el envío de tropas estadounidenses al terreno sería impopular en Estados Unidos, dada la fatiga de la sociedad estadounidense con las guerras prolongadas en Medio Oriente. Por lo tanto, el escenario más probable es que Estados Unidos intente limitar su intervención y evitar quedar atrapado en un conflicto prolongado.
El riesgo inmediato no reside en el frente militar, sino en las represalias. La respuesta asimétrica de Irán, a través de ataques indirectos que puedan generar un impacto político, psicológico y económico significativo, es la principal preocupación. Estos ataques podrían ocurrir en cualquier parte del mundo, no necesariamente en Medio Oriente.
En resumen, la guerra contra Irán podría no ser una guerra convencional, sino un conflicto prolongado caracterizado por represalias y ataques indirectos, lo que representa un riesgo significativo para Estados Unidos y sus aliados. La capacidad de Estados Unidos para protegerse contra amenazas pequeñas, dispersas e impredecibles será crucial para determinar el curso de este conflicto. La situación exige una evaluación cuidadosa de los riesgos y una estrategia que priorice la prevención de la escalada y la protección de los intereses estadounidenses y de sus aliados.


