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Irán en Llamas: ¿Guerra Total o Juego de Poder?

Irán | Pese a la muerte del líder supremo el ayatola Alí Jamenei, el régimen iraní no se derrumbó. Analistas advierten que su estructura político-religiosa y el control de la Guardia Revolucionaria mantienen en pie al sistema, mientras una invasión terrestre de Estados Unidos aparece como la opción más riesgosa y potencialmente desestabilizadora para toda la región

Irán en Llamas: ¿Guerra Total o Juego de Poder?

La muerte del ayatolá Alí Jamenei, resultado de una operación conjunta de Estados Unidos e Israel denominada “Furia Épica”, ha sumido a Irán en una crisis de liderazgo sin precedentes, pero, contrariamente a las expectativas iniciales, no ha provocado el colapso del régimen teocrático establecido tras la revolución de 1979. La audaz operación, que también cobró la vida de numerosos militares de alto rango y figuras políticas clave, desató una rápida y contundente respuesta por parte de Teherán, que lanzó una oleada de misiles no solo contra Israel, sino también contra naciones del Golfo Pérsico con vínculos estratégicos con Washington. La escalada bélica se extendió rápidamente al Líbano, complicando aún más un panorama ya de por sí volátil.

Ante este escenario de creciente inestabilidad, Estados Unidos e Israel se enfrentan a una pregunta crucial: ¿serán suficientes los bombardeos y la presión estratégica para debilitar al régimen iraní hasta forzar su caída, o será inevitable un despliegue de tropas terrestres en la región? La sombra de las experiencias traumáticas en Irak y Afganistán pesa sobre cualquier decisión de intervención directa, mientras que el riesgo de una guerra prolongada y costosa se vuelve cada vez más plausible.

El presidente Donald Trump, en una entrevista concedida al New York Post, no descartó la posibilidad de enviar tropas estadounidenses a Irán “si fuera necesario”, desafiando la retórica habitual de evitar compromisos militares directos. “No me acobardo respecto a tropas en el terreno, como todos esos presidentes que dicen: ‘No habrá tropas en el terreno’. Yo no digo eso”, declaró Trump. “Yo digo ‘probablemente no las necesitamos’, [o] ‘si fuera necesario’”, añadió, dejando la puerta abierta a una intervención militar más amplia.

Por su parte, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, negó la presencia actual de tropas estadounidenses en territorio iraní, pero tampoco descartó un futuro despliegue, manteniendo una postura ambigua que refleja la incertidumbre reinante en Washington.

El periodista y analista internacional Alberto Rojas, director del Observatorio de Asuntos Internacionales de la Universidad Finis Terrae (Santiago, Chile) y autor del libro “Un mundo en guerra”, advierte que la resistencia iraní tiene raíces profundas en factores políticos, militares y estructurales que podrían prolongar el conflicto mucho más de lo previsto. Rojas señala que Teherán llevaba meses preparándose para un posible ataque de esta magnitud, anticipando las amenazas directas de Washington contra el líder supremo.

“El régimen entendió desde el año pasado que este escenario era posible. Cuando Washington comenzó a amenazar directamente al líder supremo, se activaron mecanismos internos de sucesión”, explica Rojas. Incluso se habrían emitido mensajes públicos de Trump advirtiendo sobre el conocimiento de la ubicación del ayatolá, aunque en ese momento no existía una intención clara de eliminarlo. La avanzada edad del líder –86 años– aceleró los preparativos para su sucesión, con al menos cinco posibles candidatos identificados y mantenidos en estricta reserva para evitar convertirse en blancos de inteligencia extranjera. Algunos de estos posibles sucesores podrían haber perecido en el reciente ataque que también cobró la vida de ministros y altos mandos militares.

Rojas describe la muerte del ayatolá como una “decapitación brutal”, pero subraya que, a pesar de ello, el régimen no ha colapsado. La clave, según su análisis, reside en la estructura misma del sistema iraní. “Irán no es una democracia liberal, pero sí es un régimen con mecanismos institucionales propios donde la religión y la política están completamente imbricadas. Eso le da cohesión”, señala.

Las Fuerzas Armadas se mantienen leales al régimen, la Guardia Revolucionaria Islámica sigue operativa y el control del orden público no se ha visto comprometido hasta el momento. Aunque se registraron pequeñas celebraciones tras conocerse la muerte del líder supremo, no se repitieron las masivas protestas que siguieron a la muerte de Mahsa Amini en 2022, ni las recientes movilizaciones por la crisis económica, recalca Rojas. “El régimen está enviando señales claras de que pretende resistir todo lo que sea necesario”, advierte.

El periodista y analista internacional Carlos Novoa coincide en que la razón por la que el régimen no ha colapsado es estructural. A diferencia de otros sistemas autoritarios que dependían casi exclusivamente de la figura de un líder, el poder en Teherán está sostenido por una arquitectura institucional diseñada precisamente para resistir escenarios extremos.

Novoa explica que el sistema iraní descansa en tres pilares fundamentales: el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, una fuerza paralela al ejército convencional que actúa como garante ideológico y militar del régimen; el Consejo de los Ayatolas –formalmente la Asamblea de Expertos–, un cuerpo de 88 clérigos con la facultad de designar al líder supremo; y el aparato político e institucional, que incluye el Poder Judicial y el Parlamento iraní. “No existe una oposición estructurada dentro del país. Los opositores están presos, en el exilio o han sido silenciados. El sistema funciona en una misma línea”, afirma.

Irán se enfrenta a un creciente aislamiento internacional. Tras la caída de Bashar al-Assad en Siria, perdió a su principal aliado regional. Rusia y China han condenado los ataques, pero no intervendrán militarmente contra Estados Unidos o Israel, sostiene Rojas.

Este aislamiento podría ser un factor desestabilizador. “Cuando arrinconas a un régimen como el iraní, existe el riesgo de que asuma que ya no tiene nada que perder. Y en ese escenario, todo es posible”, alerta.

En este contexto de régimen que no tiene nada que perder se inscriben los recientes ataques desde el sur del Líbano contra Israel, atribuidos a remanentes de Hezbolá, y la respuesta israelí con masivos bombardeos.

Rojas considera que Irán podría apostar por una guerra indirecta, activando o reactivando redes aliadas en la región: Hezbolá en Líbano, milicias chiitas en Irak o los hutíes en Yemen, aunque reconoce que muchos de estos grupos quedaron debilitados por los ataques de Israel en 2025. “Podríamos entrar en una fase de guerra de guerrillas extendida por Medio Oriente, incluso con riesgos de acciones aisladas en Europa”, advierte.

Novoa considera que el conflicto ya ha escalado a una dimensión regional, aunque todavía de alcance “controlado”. Indica que Irán ha respondido a la ofensiva atacando intereses estadounidenses en el Golfo Pérsico, incluyendo zonas donde operan bases o activos militares en Kuwait, Qatar, Arabia Saudita, Bahréin y Emiratos Árabes Unidos.

“Estamos ante una confrontación regional más amplia, pero aún contenida. Irán busca golpear donde duele sin provocar una guerra total inmediata”, precisa.

El peor escenario, advierte Novoa, sería una prolongación indefinida del conflicto. Aunque desde Washington se habló de una campaña limitada a pocas semanas, la capacidad de resistencia iraní podría extender los tiempos y multiplicar los focos de tensión.

Rojas considera poco probable una invasión terrestre al estilo de Irak o Afganistán. El desgaste de esas guerras y la sensibilidad de la opinión pública estadounidense limitan el margen de maniobra de Washington. “Estados Unidos va a preferir ataques aéreos, operaciones de inteligencia y presión económica antes que enviar tropas. Pero eso también puede alargar el conflicto y dificultar una transición ordenada”, sostiene.

El riesgo, manifiesta, es un escenario similar al de Libia tras la caída de Muamar Gadafi: un régimen derribado sin una alternativa clara capaz de estabilizar el país. “Irán es un país de 92 millones de habitantes, con una estructura estatal compleja y sin una oposición visible que pueda liderar una transición. Si el régimen cae abruptamente, el vacío podría ser tan peligroso como su permanencia”, advierte.

Para Rojas, la guerra podría entrar en su fase más incierta y volátil.

Novoa también considera poco probable una invasión al estilo de Irak. “Estados Unidos quiere evitar a toda costa un despliegue masivo de tropas. Eso implicaría soldados estadounidenses —y eventualmente israelíes— en territorio iraní, con el riesgo de una guerra civil interna y un enorme costo político”.

En su análisis, un conflicto prolongado podría erosionar el respaldo interno al presidente estadounidense, no solo entre demócratas sino también dentro de sectores republicanos. “Una intervención terrestre sería políticamente explosiva en año electoral”, apunta al referirse a los comicios de noviembre para el Congreso.

Para Rojas, no hay duda de que la eliminación del líder supremo de Irán fue “cruzar una línea roja, muy roja”. “El líder no solo concentraba poder político, sino también autoridad religiosa. Su figura tenía una dimensión simbólica enorme. Para muchos iraníes, esto es un ataque directo a la esencia del sistema”, explica.

Desde la perspectiva estadounidense, la apuesta parecía clara: cortar la cabeza del régimen para provocar su caída. Pero el cálculo, por ahora, no se ha cumplido, remarca. “Es un golpe durísimo, pero el régimen está diseñado para resistir. Su cohesión ideológica y su narrativa antiestadounidense, vigente desde la revolución de 1979, refuerzan esa resistencia”, afirma.

Sobre la decisión de matar al líder supremo, Novoa es categórico: se trató de una línea roja que no se debió cruzar porque “Estados Unidos todavía tenía margen para seguir presionando y negociando. Al cruzar esa línea, sabía que iba a provocar una conflagración regional”.

El cálculo estratégico de la muerte del ayatolá, dice, dependerá del desenlace. Si el régimen se mantiene y la guerra se prolonga sin un cambio sustancial, la decisión podría verse como un error. “Irán no tenía armas nucleares. El argumento era que estaba cerca de lograr un nivel crítico de enriquecimiento de uranio, pero todo indica que aún estaba lejos de fabricar un arma”, precisa.

Sobre lo que viene, para Novoa la clave está en la resistencia de ambas partes. Irán conserva capacidad para sostener ataques y responder contra intereses estadounidenses e israelíes, mientras que en Washington comienza a crecer la presión política interna.

En paralelo, dentro de Irán podrían emerger tensiones entre sectores más conservadores y corrientes relativamente moderadas del sistema clerical. “Todos están alineados, pero no todos piensan igual. El desenlace dependerá de cómo se alineen esos factores internos y de cuánto pueda resistir cada lado en el tiempo”, concluye.

En ese equilibrio incierto, la región se mueve entre la posibilidad de una guerra prolongada y la de un conflicto contenido que redefina el mapa de poder en el Medio Oriente.

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