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Parkinson: La señal silenciosa en tu sangre que podría salvar tu cerebro

Investigadores analizaron modificaciones moleculares en etapas iniciales de la enfermedad

Parkinson: La señal silenciosa en tu sangre que podría salvar tu cerebro

Un nuevo estudio internacional ha identificado cambios genéticos detectables en la sangre de personas en las primeras etapas de la enfermedad de Parkinson, incluso antes de que aparezcan los síntomas motores característicos como temblores o rigidez. La investigación, publicada en la revista npj Parkinson’s Disease y fruto de la colaboración entre la Universidad Tecnológica Chalmers (Suecia) y el Hospital Universitario de Oslo (Noruega), abre una prometedora ventana de oportunidad para la detección temprana y el desarrollo de tratamientos neuroprotectores para esta devastadora enfermedad neurodegenerativa.

La enfermedad de Parkinson, que afecta a millones de personas en todo el mundo, representa un desafío significativo para la neurología. El principal problema radica en que, tradicionalmente, el diagnóstico se realiza cuando el daño cerebral ya es considerable, con una pérdida neuronal que oscila entre el 50% y el 80% de las células afectadas. Esto limita la eficacia de las intervenciones terapéuticas, que se centran principalmente en el manejo de los síntomas en lugar de detener o revertir la progresión de la enfermedad.

La búsqueda de biomarcadores tempranos, es decir, indicadores biológicos que señalen la presencia de la enfermedad antes de que se manifiesten los síntomas, ha sido una prioridad en la investigación médica durante décadas. El estudio ahora publicado da un paso adelante en esta dirección, al identificar patrones de actividad genética inusuales en personas que se encuentran en la fase prodrómica o “silenciosa” de la enfermedad.

El equipo de investigación se centró en el análisis de genes encargados de reparar el ADN y manejar el estrés celular. Las neuronas que producen dopamina, las células afectadas en el Parkinson, son particularmente vulnerables al estrés oxidativo debido a su alta actividad metabólica. Este estrés oxidativo genera subproductos tóxicos que dañan el ADN celular. Los genes analizados en el estudio son los encargados de reparar estas lesiones genéticas, y su actividad inusual puede indicar que las células están luchando por sobrevivir antes de colapsar.

Para llevar a cabo la investigación, los científicos utilizaron la base de datos de la Iniciativa de Marcadores de Progresión del Parkinson (PPMI), que contiene muestras de sangre y datos genéticos de tres grupos de individuos: personas sanas, personas en fase prodrómica y pacientes con diagnóstico confirmado de Parkinson. Se analizaron muestras tomadas en cuatro momentos distintos a lo largo de tres años, lo que permitió observar la evolución de la actividad genética a lo largo del tiempo.

Los resultados revelaron que las personas en la fase silenciosa de la enfermedad presentan alteraciones distintivas en la forma en que sus genes reparan el ADN y responden al estrés. En las etapas iniciales de esta fase, la actividad de los genes es sumamente inestable, lo que refleja un esfuerzo intenso y desordenado del organismo por reparar el daño. Sin embargo, a medida que la enfermedad avanza, esa respuesta se vuelve uniforme, lo que indica que el mecanismo de defensa celular se agota y pierde su capacidad de reacción.

El estudio también encontró que un alto porcentaje de los genes de reparación del ADN (50%) y de respuesta al estrés (74%) exhibieron patrones no lineales, lo que sugiere que el cuerpo activa un mecanismo de defensa temporal para intentar adaptarse al daño, pero ese esfuerzo se apaga en las etapas posteriores.

Entre los genes identificados con mayor peso para predecir la fase prodrómica se encuentran el ERCC6, PRIMPOL, NEIL2 y NTHL1. Estos hallazgos sugieren que los problemas en la reparación del ADN y el manejo del estrés son piezas clave en el desarrollo temprano del Parkinson y podrían servir como biomarcadores para una detección precoz.

La utilización de inteligencia artificial y técnicas estadísticas de validación permitió a los investigadores diferenciar entre los grupos de individuos con una alta precisión. En particular, la capacidad de distinguir entre personas sanas y aquellas en la fase silenciosa fue muy elevada, superando el 90% en algunos momentos de la evaluación gracias a los genes de respuesta al estrés. En contraste, la capacidad de diferenciar entre pacientes con Parkinson ya establecido y personas sanas fue baja, lo que confirma que las “huellas” moleculares más claras aparecen antes del diagnóstico clínico.

“Hemos encontrado una importante ventana de oportunidad que permite detectar la enfermedad antes de que aparezcan los síntomas motores causados ​​por el daño nervioso cerebral”, afirma Annikka Polster, profesora adjunta del Departamento de Ciencias de la Vida de Chalmers, quien dirigió el estudio. “El hecho de que estos patrones solo se manifiesten en una etapa temprana y dejen de activarse cuando la enfermedad ha avanzado más también hace interesante centrarse en los mecanismos para encontrar futuros tratamientos”.

La identificación de estos biomarcadores en la sangre abre la puerta a pruebas diagnósticas no invasivas, como un simple análisis de sangre, que podrían permitir detectar la enfermedad en sus etapas más tempranas. Esto es crucial, ya que facilitaría el uso de tratamientos neuroprotectores que serían más eficaces al aplicarse antes de que el daño cerebral sea extenso.

Sin embargo, los investigadores advierten sobre ciertas limitaciones del estudio. Lo que se observa en la sangre refleja solo de forma parcial lo que ocurre dentro del cerebro, y factores externos como el estado del sistema inmune, el uso de medicamentos u otras enfermedades podrían influir en los resultados. Por ello, los autores recomiendan confirmar estos marcadores en grupos de pacientes más grandes y diversos, e integrar otros análisis complementarios, como el estudio de proteínas o del metabolismo, para afinar su utilidad médica.

A pesar de estas limitaciones, el estudio representa un avance significativo en la comprensión de los mecanismos subyacentes al desarrollo del Parkinson y ofrece una nueva esperanza para la detección temprana y el tratamiento de esta enfermedad devastadora. La posibilidad de identificar a las personas en riesgo antes de que aparezcan los síntomas podría cambiar radicalmente el curso de la enfermedad y mejorar la calidad de vida de millones de personas en todo el mundo.

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