Cada 22 de julio se conmemora el Día Mundial del Cerebro, una iniciativa impulsada por la Federación Mundial de Neurología (WFN). Para este año, la campaña se ha desarrollado bajo el lema “Salud cerebral: acceso para todos”, con el objetivo primordial de generar conciencia sobre la importancia de la prevención, el diagnóstico temprano y, fundamentalmente, el acceso equitativo a la atención médica para todas las personas.
Para comprender el alcance de esta fecha, es necesario remitirse a la definición de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que describe la salud cerebral como el estado de funcionamiento del cerebro en diversas dimensiones: cognitiva, sensorial, socioemocional, conductual y motora. Este estado integral es el que permite que cada individuo desarrolle su máximo potencial a lo largo de su vida, independientemente de si presenta o no algún tipo de trastorno.
En este contexto, la doctora Virginia Pujol Lereis, jefa de Neurología Vascular de Fleni, explicó que el propósito del lema actual es poner el foco en la prevención y la atención oportuna. La especialista advirtió que existen múltiples condiciones que pueden comprometer la salud cerebral, destacando entre ellas las enfermedades vasculares, los trastornos neurodegenerativos, las lesiones traumáticas, los déficits nutricionales y las enfermedades inmunomediadas o infecciosas. Por ello, subrayó que es fundamental que la población tenga acceso a información confiable sobre prevención para adoptar hábitos que favorezcan la calidad de vida y un envejecimiento saludable.
Uno de los pilares fundamentales en el cuidado del cerebro es la nutrición. Investigaciones recientes en neurociencia y nutrición, resaltadas por Stanford Lifestyle Medicine de la Universidad de Stanford, revelan una conexión poderosa entre la dieta y el funcionamiento cerebral. El cerebro humano, aunque representa solo el 2 % del peso corporal total, consume aproximadamente el 20 % de la energía del cuerpo, dependiendo principalmente de la glucosa, aunque requiere de diversos nutrientes esenciales.
Al respecto, la doctora Pujol Lereis señaló que los alimentos influyen directamente en la memoria, el estado de ánimo y la función cognitiva general, afectando la capacidad de aprendizaje y la respuesta al estrés. Para optimizar este funcionamiento, recomendó priorizar el consumo de frutas y verduras frescas, cereales integrales, proteínas magras y grasas saludables, como las presentes en los frutos secos y el pescado, mientras se limita la ingesta de azúcares refinados, grasas saturadas y alimentos ultraprocesados.
Asimismo, se ha identificado que la salud cerebral está íntimamente ligada a la salud metabólica. La doctora Shebani Sethi, pionera en psiquiatría metabólica, afirmó que muchas enfermedades psiquiátricas tienen su origen en disfunciones metabólicas, citando la resistencia a la insulina como un factor que puede incrementar significativamente el riesgo de depresión, incluso en personas sin antecedentes de salud mental.
En cuanto a patrones alimentarios específicos, la dieta mediterránea destaca por su énfasis en cereales integrales, proteínas magras, grasas saludables, frutas y verduras. Según estudios, este patrón se asocia con la preservación de la memoria, una mejor función cerebral y un menor riesgo de demencia. Investigaciones publicadas en la revista Frontiers in Nutrition sugieren que alimentos como las legumbres, el pescado y el aceite de oliva elevan los niveles de microproteínas mitocondriales, que actúan como protectores del sistema cerebral y cardiovascular. Manuel Moñino, de la Academia Española de Nutrición y Dietética, la describe como un modelo rico en vegetales frescos, granos enteros y aceite de oliva, con un consumo moderado de carnes y lácteos.
Por otro lado, la dieta MIND, que combina elementos de la dieta mediterránea y la dieta DASH, se enfoca en prevenir la demencia y el Alzheimer al reducir la presión arterial, un factor de riesgo clave. Investigadores de la Universidad de Harvard descubrieron que seguir esta dieta por más de diez años se asocia con una pérdida más lenta de materia gris y una menor expansión ventricular. Los alimentos recomendados incluyen bayas, nueces, aceite de oliva, pescado y vegetales de hoja verde, mientras que se aconseja evitar la mantequilla, el queso, los dulces, las carnes rojas y los alimentos fritos.
Finalmente, la licenciada Natalia Antar, nutricionista del Hospital Británico y de la LALCEC, destacó la importancia de la dieta antiinflamatoria. Basada en alimentos frescos y mínimamente procesados, ricos en Omega-3 y antioxidantes, este tipo de alimentación se asocia con un riesgo entre el 21 % y 29 % menor de desarrollar demencia.
Para complementar estos cuidados, la doctora Pujol Lereis recomendó mantener un peso saludable mediante la actividad física regular (al menos 30 minutos diarios, cinco veces por semana), controlar la presión arterial y el colesterol, evitar el tabaco y el alcohol, asegurar un sueño reparador, controlar el estrés, mantener la mente activa mediante desafíos intelectuales y fomentar los vínculos sociales para evitar el aislamiento.

