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El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, ha realizado declaraciones contundentes que reavivan el debate sobre el estado de los derechos humanos en el país, afirmando que el Estado “prioriza” estos derechos para la “gente honrada y trabajadora”. La declaración, realizada en un contexto de persistentes denuncias de violaciones a los derechos fundamentales durante la implementación del régimen de excepción, ha generado una fuerte reacción tanto a nivel nacional como internacional. Bukele, en su discurso, acusó directamente a organizaciones humanitarias de “proteger a delincuentes”, intensificando la polarización y cuestionando la legitimidad de la labor de estas instituciones.
Desde la implementación del régimen de excepción en marzo de 2022, en respuesta a un aumento de la violencia atribuido a las pandillas, El Salvador ha experimentado una drástica reducción en las tasas de homicidio. Sin embargo, esta mejora en la seguridad ha venido acompañada de un aumento exponencial en las detenciones arbitrarias, el hacinamiento en las cárceles y denuncias de tortura y tratos inhumanos o degradantes. Organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch han documentado numerosos casos de personas detenidas sin orden judicial, sometidas a interrogatorios abusivos y privadas de sus derechos fundamentales.
La estrategia de Bukele, basada en una política de “mano dura” contra las pandillas, ha contado con un amplio apoyo popular, impulsado por la frustración de la población ante la inseguridad generalizada. Sin embargo, críticos argumentan que esta política ha socavado el debido proceso legal y ha creado un clima de impunidad para las fuerzas de seguridad. La declaración del presidente, al establecer una distinción entre “gente honrada” y aquellos a quienes no se les aplicarían plenamente los derechos humanos, refuerza esta preocupación y legitima la discriminación en el acceso a la justicia.
La acusación de Bukele contra las organizaciones humanitarias es particularmente preocupante. Estas organizaciones desempeñan un papel crucial en la defensa de los derechos humanos, la documentación de violaciones y la prestación de asistencia a las víctimas. Al desacreditarlas y acusarlas de proteger a delincuentes, el presidente busca deslegitimar su trabajo y silenciar las voces críticas. Esta táctica es común en regímenes autoritarios que buscan restringir la libertad de expresión y la rendición de cuentas.
La respuesta de las organizaciones humanitarias no se ha hecho esperar. Amnistía Internacional ha calificado las declaraciones de Bukele como “peligrosas y alarmantes”, señalando que “los derechos humanos son universales e indivisibles, y deben protegerse para todas las personas, independientemente de su presunta culpabilidad”. Human Rights Watch ha instado al gobierno de El Salvador a investigar las denuncias de violaciones a los derechos humanos y a garantizar el debido proceso legal para todos los detenidos.
La situación en El Salvador plantea serias interrogantes sobre el futuro de la democracia y el estado de derecho en el país. La concentración de poder en manos del presidente, la erosión de las instituciones independientes y la restricción de las libertades civiles son señales de alerta que no pueden ser ignoradas. La comunidad internacional debe ejercer presión sobre el gobierno de Bukele para que respete los derechos humanos y cumpla con sus obligaciones internacionales.
El régimen de excepción, que ha sido prorrogado en repetidas ocasiones, ha permitido a las fuerzas de seguridad realizar detenciones masivas sin necesidad de una orden judicial, suspender el derecho a la defensa y ampliar los plazos de detención preventiva. Estas medidas han sido criticadas por expertos en derecho penal, quienes argumentan que violan las garantías constitucionales y ponen en riesgo la presunción de inocencia.
Además de las detenciones arbitrarias, se han denunciado casos de tortura y tratos inhumanos o degradantes en las cárceles salvadoreñas. Las condiciones de hacinamiento son extremas, con miles de personas apiñadas en espacios reducidos y sin acceso a servicios básicos como agua potable, alimentos adecuados y atención médica. Las denuncias de violencia sexual y extorsión también son frecuentes.
La política de Bukele ha generado una profunda división en la sociedad salvadoreña. Sus seguidores lo ven como un líder fuerte y decidido que ha logrado reducir la violencia y mejorar la seguridad. Sus críticos lo acusan de ser un autócrata que está socavando las instituciones democráticas y violando los derechos humanos.
El futuro de El Salvador es incierto. La polarización política, la erosión del estado de derecho y la restricción de las libertades civiles son desafíos importantes que deben abordarse. La comunidad internacional debe seguir de cerca la situación en el país y brindar apoyo a las organizaciones de la sociedad civil que trabajan en la defensa de los derechos humanos. La protección de los derechos fundamentales es esencial para garantizar un futuro justo y próspero para todos los salvadoreños. La declaración de Bukele, lejos de resolver la controversia, la agudiza y exige una respuesta firme y contundente por parte de la comunidad internacional. La priorización de los derechos humanos no puede ser selectiva; deben ser universales e inviolables para todos, sin excepción.

