En Mineápolis, una escena grabada en video se ha convertido en un signo de los tiempos. Renee Good, una señora joven, madre de tres, murió de tres balazos (se dice que dos en la cara) disparados por un agente de ICE. El hecho fue una decisión tomada en breves segundos y eso alimentó el debate sobre si hubo un exceso de fuerza insensato, si hubo acaso intención, o si fue un acto de simple defensa propia.
Nuevamente, se activó un cáncer interno que se consume irremediablemente un país dividido claramente en dos naciones. Más allá, se observan rasgos de lo vivido en el pasado en los países que han atravesado la pesadilla de absolutismos represivos: La presencia de fuerzas armadas que arremeten contra su propia gente, para el horror de unos, sí, pero la justificación incondicional del poder gobernante y sus seguidores.
Los múltiples videos que grabaron la escena muestran tres hechos puntuales que, sin pretensión de ser sentencia, provocan temer lo peor. Primero: altos funcionarios han aducido defensa propia del atacante, por su temor a ser atropellado. Pero solo un impacto quedó en el vidrio frontal. Se ve que la ventana de la conductora estaba abajo, por lo que cabe preguntarse si dos disparos ocurrieron cuando el auto ya lo había rebasado y no era una amenaza posible. Segundo: justo tras los tiros se escucha a un agente soltar un "fucking bitch" "maldita perra" mientras el carro, ya descontrolado, con la madre baleada al volante, se va a empotrar. ¿Alarma? No. Desprecio. Tercero: enseguida un hombre espectador desesperadamente se identifica como médico; la busca auxiliar; otro agente fríamente le impide el paso. ¿Qué responde?: "No me importa".
Altas instancias del Gobierno estadounidense se han puesto a la tarea de proteger al agente quien, dicen, actuó por temor a ser atropellado. El vicepresidente Vance, incluso, invocó un incidente previo en el que ese mismo agente fue arrastrado por otro vehículo, en otra operación de ICE. Entonces, la discusión deja de ser solo moral y abre preguntas administrativas: ¿Qué protocolos de evaluación, aptitud y reasignación existen para alguien que vuelve armado a la calle tras un episodio de tal naturaleza? ¿Acaso lo dicho por Vance no hace suponer que ese agente tiene un trauma aún no superado? ¿Cómo puede creerse prudente, entonces, darle una Glock 9 milímetros a alguien así, y tirarlo a la máxima tensión de estas redadas que despiertan tanta indignación en los vecindarios donde se producen?
Abuso estatal, una historia que no nos es ajena. De eso, aprendimos que el exceso castiga no solo a la gente sino al alma de una nación. Preocupa que los migrantes -los que levantan casas, cuidan niños, cosechan alimentos- están en el ojo de este horrible huracán. No se critica que un Estado haga cumplir su ley; el peligro se abre cuando esa ley se convierte en espectáculo y la fuerza irracional en atajo. Un camino que Guatemala conoce bien. La represión nos trajo no solo muertos sino algo más difícil de superar: la decadencia de la moral pública. Cuando el asesinato y la ejecución extrajudicial son comunes, se pierde más que solo la empatía. Todopoderosos retuercen los principios y la humanidad se diluye en cada gota de sangre que sale de cada cuerpo abatido. Los videos desde Mineápolis son un signo de los tiempos. Es lo que más preocupa de escuchar ese "no me importa" al lado de un cuerpo que se desangra. Más que un detalle, un síntoma, en ese "allá" que no nos es ajeno: más bien, el hogar de tantos hijos, padres y hermanos nuestros.












