Ucrania se ha convertido en el cortafuegos de Europa, no por romanticismo, sino por una cuestión de arquitectura de seguridad. Si Ucrania cae, el resultado no será la "paz", sino un incentivo para que Rusia, con paciencia, coerción energética, misiles y desgaste, pueda redefinir las fronteras de Europa.
El reciente ataque ruso a Ucrania, utilizando su misil hipersónico Oreshnik, capaz de portar ojivas nucleares, causó una nueva noche de terror y muerte en el oeste del país, cerca de la frontera de la OTAN. Kiev confirmó el lanzamiento y las autoridades regionales reportaron daños sobre un sitio de "infraestructura crítica" en Lviv, con indicios de instalaciones vinculadas al sistema gasífero.
Este mensaje no es técnico, sino político. Moscú está utilizando el invierno como un multiplicador del sufrimiento. En la misma oleada, Ucrania denunció un asalto masivo con drones y misiles que golpeó servicios urbanos y dejó sin calefacción a una parte importante de Kiev en medio de temperaturas bajo cero, además de víctimas fatales y heridos.
El patrón de ataques rusos contra el sistema energético y de servicios de Ucrania es consistente. En las últimas semanas, Rusia ha incrementado los ataques, dañando infraestructura eléctrica en Járkiv y dejando sin suministro a dos regiones del sureste. Paralelamente, la guerra se ha extendido al pulso logístico del Mar Negro, con un aumento del triple de ataques rusos contra puertos de la región de Odesa.
Mientras se habla de "canales", "contactos" o "negociaciones" entre Washington y Moscú, Rusia no se detiene. No necesita pausar, porque le basta con instalar la idea de que negocia, mientras sigue atacando. El cálculo es simple: cada central dañada, cada subestación apagada y cada noche sin calefacción empujan la conversación hacia un solo verbo: ceder.
A poco más de un mes de que la invasión rusa a gran escala cumpla cuatro años, Vladimir Putin tampoco puede permitirse un final que se lea como un empate. No solo por propaganda interna, sino por diseño estratégico: Rusia no puede reconstruir una esfera de influencia "imperial" sin Ucrania. Esto lo explicó hace décadas el exasesor de Seguridad Nacional estadounidense Zbigniew Brzezinski: "Sin Ucrania, Rusia deja de ser un imperio euroasiático".
El peligro no se detiene en el Dniéper. Si Ucrania cae (o si se impone una "paz" que la deje mutilada y sin garantías), los próximos en la lista son los bordes de la OTAN: los Bálticos y Polonia viven con esa intuición desde hace años. Ya no es un tabú en Europa: autoridades de Defensa de Dinamarca y Alemania han advertido sobre la posibilidad de un ataque ruso en los próximos años.
Aquí aparece la idea central: Ucrania es el cortafuegos del continente europeo. Si Ucrania cae, el resultado no será "paz", sino un incentivo: quedará probado que, con paciencia, coerción energética, misiles y desgaste, una potencia nuclear puede redibujar fronteras en Europa. Y cuando esa lección se aprende, las consecuencias dejan de ser solo ucranianas. Se vuelven occidentales. Y, esta vez, catastróficas.










