La crisis política, económica y social que ha azotado a Venezuela durante más de una década bajo el gobierno de Nicolás Maduro, heredero del proyecto autoritario chavista, ha dejado profundas heridas en el pueblo venezolano. Mientras el mundo debate el posible fin de este régimen, los venezolanos luchan por sobrevivir en una realidad cruda y urgente.
La vida cotidiana en Venezuela se ha convertido en una proeza diaria. No fue solo el colapso económico, sino la erosión lenta y constante de la vida diaria. El miedo se volvió parte del paisaje, la política pasó de ser una promesa a una amenaza, y la esperanza se perdió. Familias enteras aprendieron a vivir con lo mínimo, en medio de hospitales sin insumos, apagones interminables y una inflación que devoró salarios y dignidad.
Casi ocho millones de venezolanos han abandonado el país desde 2014, dando origen a una de las diásporas más extensas de América Latina. Para quienes viven en el exilio, la migración significó una ruptura profunda de sus vidas, con profesionales convertidos en mano de obra barata y familias fragmentadas. Pero incluso el exilio no ha sido una solución, ya que los venezolanos en el extranjero cargan con la culpa de haberse ido y el dolor de no poder volver.
El mayor daño del chavismo no fue solo económico o institucional, sino humano. Rompió familias, normalizó la pobreza y enseñó a desconfiar del vecino. Reconstruir Venezuela no será solo un acto político, sino un acto moral, donde se deberá reparar la confianza, sanar la fractura social y devolverle sentido a la palabra futuro.
Los venezolanos dicen que la soberanía petrolera nunca fue real y que el petróleo jamás les perteneció de verdad. PDVSA, la empresa que alguna vez fue orgullo mundial, terminó convertida en una piñata política, y el dinero se usó para financiar al régimen cubano y otros proyectos socialistas en América Latina, dejando a los venezolanos sin gasolina.
Hoy, cuando el mundo habla del fin de una era, los venezolanos no celebran con fuegos artificiales. Celebran en silencio, con esperanza pero también con temor a otra decepción, a otra promesa rota y a otra transición que no llegue a mejorar su realidad.











