Javiera Rivera, reconocida chef chilena, ha decidido dar un giro trascendental a su vida personal y profesional al trasladarse a la República de Irlanda. Desde hace tres meses, la profesional se ha establecido en la ciudad de Cork, cumpliendo un anhelo que mantenía desde su infancia. Acompañada por su pareja, Rivera llegó al país europeo bajo una visa de estudios, un instrumento legal que, a diferencia de otras naciones, le permite combinar la formación académica con el trabajo part-time, facilitando así el sustento económico durante su estancia.
La trayectoria de Javiera en el mundo de la gastronomía no es casualidad, sino el resultado de un entorno familiar profundamente ligado a la cocina y la dulcería. Es hija de Javier Rivera, el propietario de la emblemática fábrica de golosinas Spak. Para la chef, su pasión nació a los 12 años, inspirada por la presencia constante de su madre y su abuela en la cocina. Aunque recuerda con humor que en sus inicios solía generar desorden al preparar queques, esa curiosidad temprana fue la semilla de su carrera profesional.
Un elemento central en la identidad de Javiera ha sido el legado de su padre. Desde Cork, la chef compartió un emotivo registro en Instagram donde recordó cómo Javier Rivera, junto a su amigo Drago Glucevic, inició en 1982 un emprendimiento en una bodega arrendada. Fue allí donde, utilizando una batidora y un esfuerzo artesanal, comenzaron a masificar las famosas "guagüitas", golosinas blandas que se volvieron un ícono en Chile. Javiera relata que su infancia estuvo marcada por estos dulces; sus colaciones escolares consistían en guagüitas, gomitas de eucalipto y bolitas de chocolate.
Los recuerdos de su niñez también incluyen anécdotas sobre la popularidad de la fábrica. Rivera recuerda que sus compañeras de colegio esperaban con ansias la llegada del camión de la empresa que pasaba por la calle del establecimiento para solicitar dulces. Asimismo, destaca el vínculo afectivo que desarrolló con el personal de envasado de la fábrica, quienes la cuidaban mientras su padre atendía reuniones. Para Javiera, el legado de su padre ha trascendido generaciones, devolviendo la popularidad a las guagüitas y marcando la infancia de muchos chilenos a lo largo de 42 años de trabajo.
Actualmente, Javiera Rivera se desempeña como chef pastelera en un hotel de cuatro estrellas en Cork, la segunda ciudad más grande de Irlanda. Esta experiencia le ha permitido notar contrastes significativos entre la cultura laboral chilena y la irlandesa. La chef destaca la flexibilidad y la empatía de sus superiores; relata que, al solicitar vacaciones para septiembre, su jefe, Peter, respondió con una naturalidad sorprendente, cuestionando incluso por qué sentía la necesidad de preguntar. "En Chile, después de un año recién me darían vacaciones", reflexiona Rivera sobre la diferencia en la gestión del tiempo libre.
Más allá del ámbito profesional, la adaptación a la vida en Cork ha sido una fuente de asombro. Javiera describe la ciudad como un lugar tranquilo, con una arquitectura que la transporta a los años 20, debido a la restricción de edificios de más de tres pisos y la particular estructura de las casas, que son estrechas pero muy profundas. Geográficamente, resalta la ubicación de Cork en la costa sur y su conexión marítima a través del puerto y el Passage West. Uno de sus puntos favoritos es la catedral gótica de San Fin Barre, la cual puede observar desde la ventana del edificio donde estudia.
La calidez humana es otro de los puntos fuertes que resalta la compatriota. Describe a los irlandeses como personas genuinamente preocupadas por los demás, mencionando la costumbre de socializar en los bares desde temprano y la facilidad con la que los desconocidos entablan conversaciones amistosas.
Finalmente, Rivera menciona algunas curiosidades sobre el clima y el paisaje, comparando la vegetación de Cork con la del sur de Chile. Observó con sorpresa la dependencia absoluta de la lluvia para mantener el césped verde, señalando que para los locales, un periodo de quince días sin precipitaciones es percibido como una situación crítica. A pesar de los cambios y la nostalgia, la chef concluye con una profunda admiración hacia la bondad de la gente en Irlanda, reafirmando que vivir allí es el cumplimiento de un sueño largamente esperado.

