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Alerta en EE. UU.: Aumentan los casos de ciclosporiasis vinculados a contaminación fecal humana en alimentos

Mientras los casos de diarrea explosiva siguen aumentando en EE.UU. este verano, las autoridades de salud se enfrentan a una pregunta recurrente: ¿cómo es posible que las heces lleguen a nuestros alimentos?

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Alerta en EE. UU.: Aumentan los casos de ciclosporiasis vinculados a contaminación fecal humana en alimentos
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Estados Unidos enfrenta un brote alarmante de ciclosporiasis con más de 11,500 casos en 41 estados, una cifra que triplica el promedio anual. El parásito, que provoca diarreas explosivas y se transmite exclusivamente a través de heces humanas, ha infiltrado la cadena alimentaria, señalando al agua de riego contaminada en cultivos como la lechuga como la principal sospechosa. La detección es extremadamente compleja debido a un largo periodo de incubación que dificulta el rastreo epidemiológico. A esta crisis se suma un vacío legal crítico, ya que no existen normativas que obliguen a las granjas a analizar el agua de riego, dejando la seguridad alimentaria supeditada a pruebas voluntarias.

Estados Unidos enfrenta este verano un incremento alarmante en los casos de ciclosporiasis, una infección provocada por un diminuto parásito que causa cuadros de diarrea explosiva. Las autoridades sanitarias se encuentran ante una interrogante crítica sobre cómo este patógeno logra infiltrarse en la cadena de suministro alimentario, mientras las cifras de afectados alcanzan niveles inusuales para la región.

La naturaleza de la ciclosporiasis presenta una realidad inquietante: los seres humanos son la única fuente conocida del parásito. Según el Dr. Mark Moorman, quien recientemente se jubiló como director de la Oficina de Seguridad Alimentaria de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA), el parásito solo se ha encontrado en heces humanas. Por lo tanto, cualquier presencia del patógeno en el agua o los alimentos indica directamente una fuente de origen humano.

Los datos proporcionados por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) revelan que el número de casos confirmados y sospechosos ha ascendido a más de 11.500 personas en 41 estados. Este volumen de contagios es considerablemente superior al promedio habitual, que oscila entre los 2.000 y 4.000 casos anuales. Un detalle particularmente inusual de este año es que la mayoría de los contagios han ocurrido dentro de Estados Unidos, rompiendo la tendencia habitual donde aproximadamente uno de cada cinco casos se contrae durante viajes internacionales.

La FDA ha iniciado investigaciones sobre seis brotes distintos durante este verano. El más extenso de ellos afecta a nueve estados del Medio Oeste y se presume que está vinculado al consumo de lechuga iceberg cultivada en México. Simultáneamente, la agencia investiga otro grupo de 72 casos cuya fuente de origen aún permanece desconocida. La Dra. Kali Kniel, profesora de seguridad alimentaria microbiana en la Universidad de Delaware, señaló que la situación es atípica debido a la presencia de múltiples brotes simultáneos, algo que no se había observado anteriormente.

A pesar de los esfuerzos, identificar la causa definitiva de estos brotes es una tarea sumamente compleja. El parásito de la Cyclospora posee características que dificultan el rastreo: las personas no enferman de inmediato tras la ingesta. El periodo de incubación puede durar hasta dos semanas antes de que aparezcan síntomas como náuseas, cólicos, hinchazón y diarrea acuosa. Para cuando el paciente busca atención médica y se confirma el diagnóstico mediante pruebas de laboratorio, pueden haber pasado entre tres semanas y un mes desde la exposición inicial.

Esta brecha temporal complica las entrevistas epidemiológicas, ya que a los pacientes les resulta difícil recordar con precisión qué alimentos consumieron semanas atrás. Para reconstruir estos historiales, los investigadores deben recurrir a estados de cuenta bancarios y registros de tarjetas de fidelidad de supermercados.

El proceso de investigación sigue una ruta establecida: los departamentos de salud estatales colaboran con los CDC para identificar un patrón de exposición. Una vez confirmada la fuente, la FDA rastrea el producto hasta el proveedor y la granja de origen para realizar una evaluación ambiental. Sin embargo, la Dra. Kniel advierte que, para cuando los inspectores llegan al campo, el producto ya no se cultiva ni se cosecha, lo que hace que las pruebas resulten a menudo infructuosas.

Uno de los pocos casos con pistas tangibles ocurrió en 2020, vinculado a kits de ensalada de Fresh Express que causaron más de 700 casos en 14 estados. En esa ocasión, la FDA detectó el parásito en el agua de un canal utilizado para riego en una granja de col morada en Florida. No obstante, incluso en ese escenario, la agencia no pudo determinar concluyentemente si esa agua fue la causa del brote debido a las limitaciones en las metodologías de tipificación genética del parásito.

La teoría predominante entre los expertos, incluida la microbióloga Jennifer McEntire, es que el agua contaminada con materia fecal humana es el vehículo principal de transmisión. Aunque es poco probable que haya una deposición directa en el agua de riego, se sospecha de contaminaciones no intencionales, como filtraciones de fosas sépticas, desbordamientos de alcantarillado por lluvias fuertes o el manejo inadecuado de los desechos de baños portátiles utilizados por los trabajadores agrícolas.

A pesar de los riesgos, existe un vacío regulatorio significativo. El Dr. Moorman destacó que no existe ninguna ley o norma que obligue a las granjas a analizar el agua de riego o los productos agrícolas para detectar Cyclospora; estas pruebas son estrictamente voluntarias. Actualmente, la prevención depende en gran medida de que las grandes cadenas de distribución exijan dichos análisis a sus proveedores o de que el gobierno apruebe leyes que obliguen a realizar estas pruebas y asigne más fondos para la investigación de este parásito.

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