En una declaración que redefine la gestión de los procesos democráticos en el país, Rosario Murillo ha manifestado que el Gobierno será quien determine tanto el momento como la metodología de las próximas elecciones en Nicaragua. A través de sus declaraciones, la funcionaria ha dejado claro que la decisión sobre cuándo se llevarán a cabo los comicios y bajo qué condiciones se desarrollarán recae estrictamente en las manos de la administración actual.
Esta afirmación no es un hecho aislado, sino que se enmarca en una estrategia coordinada. Según la información disponible, Murillo, en su rol de codictadora, está ejecutando y avanzando en un plan previamente trazado por Daniel Ortega. Este plan tiene como objetivo central y explícito acabar con la alternancia del poder, un principio fundamental de los sistemas políticos donde el mando se transfiere entre diferentes personas o partidos políticos a través de periodos definidos.
El camino hacia la eliminación de dicha alternancia ya había sido señalado previamente por el propio Daniel Ortega. El caudillo sandinista afirmó esta intención el pasado 19 de julio, estableciendo la hoja de ruta que ahora Murillo parece estar implementando a través de la gestión del calendario y la normativa electoral. La convergencia entre las palabras de Ortega en julio y las declaraciones actuales de Murillo confirma una línea de acción conjunta para asegurar la permanencia en el mando.
El anuncio de que decidirán "cuándo son" las elecciones implica un control total sobre el calendario electoral. Al asumir la potestad de fijar la fecha, el Ejecutivo se posiciona como el único ente con capacidad de decidir el tiempo de espera y el momento oportuno para la convocatoria, eliminando cualquier posibilidad de que el proceso siga un ritmo independiente o preestablecido por normativas ajenas a su voluntad.
De igual manera, el anuncio de que decidirán "cómo serán" las elecciones sugiere una intervención directa en la metodología y las reglas del juego electoral. Esto abarca desde la organización del proceso hasta las condiciones bajo las cuales se llevará a cabo la votación. Al determinar la forma de los comicios, el Gobierno se otorga la facultad de moldear el sistema electoral según sus conveniencia y planes estratégicos.
La figura de Rosario Murillo como codictadora es fundamental en este proceso. Su avance en la implementación del plan de Ortega demuestra una sincronización en la cúpula del poder sandinista. El objetivo de terminar con la alternancia del poder significa que el sistema ya no buscará el recambio de liderazgos, sino la consolidación de un mando único y continuo, tal como lo expresó Ortega en su discurso del 19 de julio.
Esta postura representa una ruptura con la noción de alternancia política. Al afirmar abiertamente que se busca acabar con este ciclo de recambio, el Gobierno nicaragüense reconoce que su objetivo es la perpetuación en el cargo. La gestión de las elecciones, por tanto, deja de ser un mecanismo de competencia para convertirse en un instrumento de validación de la voluntad del Ejecutivo.
En conclusión, las declaraciones de Rosario Murillo actúan como la puesta en práctica de la visión expresada por Daniel Ortega hace pocos meses. La determinación de controlar la temporalidad y la modalidad de las elecciones es la herramienta operativa para alcanzar la meta de eliminar la alternancia del poder en Nicaragua. El proceso electoral queda así subordinado a las decisiones directas de la pareja que lidera el país, asegurando que el camino hacia los comicios sea trazado y controlado exclusivamente por ellos.


