La búsqueda de la paternidad puede convertirse en un camino complejo y frustrante, no solo por los desafíos biológicos, sino por las barreras estructurales del propio sistema sanitario. A pesar de que las estadísticas indican que la infertilidad afecta a una de cada seis parejas y que, en aproximadamente la mitad de esos casos, la causa reside total o parcialmente en el hombre, el sistema médico continúa operando bajo una inercia tradicional que desplaza la responsabilidad y la atención hacia la mujer.
El caso de Luke, un hombre que comenzó la búsqueda de un hijo con su esposa a mediados de 2020, ejemplifica este fenómeno. Durante los primeros 18 meses de su proceso en el Reino Unido, Luke experimentó en primera persona lo que significa ser un actor periférico en su propia salud reproductiva. En la clínica de fertilidad, todas las citas estaban programadas a nombre de su pareja y la documentación oficial ignoraba sistemáticamente su presencia. Para Luke, la experiencia fue clara: el sistema se basa en la suposición de que la infertilidad es un problema femenino, tratando al varón como un simple acompañante en lugar de un paciente activo.
Esta dinámica no es un hecho aislado, sino una exclusión involuntaria pero sistemática, según explica la profesora Bola Grace, del University College de Londres. Grace señala que se produce un ciclo de retroalimentación negativa: al no ser incluidos activamente en las consultas ni recibir el asesoramiento adecuado, muchos hombres terminan distanciándose del proceso. Este alejamiento es interpretado posteriormente por el sistema como una falta de interés, lo que refuerza los prejuicios existentes y perpetúa la invisibilidad del hombre en la clínica.
Las consecuencias de este sesgo son tangibles y afectan a ambos miembros de la pareja. Por un lado, las mujeres terminan absorbiendo la totalidad de la carga logística y emocional del tratamiento. Por otro lado, la falta de una evaluación integral del varón conlleva riesgos médicos y económicos. La detección tardía de problemas masculinos deriva a menudo en la aplicación de procedimientos más invasivos para la mujer y en un incremento de los costos económicos para la pareja, que prolonga la búsqueda de una solución sin abordar la causa raíz.
El origen de esta disparidad es histórico y tecnológico. Desde el nacimiento del primer bebé mediante fecundación in vitro (FIV) en 1978, la tecnología médica se centró prioritariamente en la estimulación ovárica y la extracción de óvulos. Allan Pacey, profesor de andrología en la Universidad de Mánchester, aclara que, dado que las clínicas de fertilidad suelen estar dirigidas por ginecólogos, la salud reproductiva masculina ha sido relegada a una cuestión secundaria.
Esta negligencia sistémica tuvo un impacto directo en el diagnóstico de Luke. Tras meses de espera, una ecografía finalmente reveló que padecía un varicocele, pero el diagnóstico llegó demasiado tarde. Solo después de acudir a un andrólogo privado pudo recibir pautas básicas sobre estilo de vida y dieta, una etapa que describe como solitaria y dura.
A las barreras médicas se suma el peso del estigma social vinculado a la virilidad. James, otro paciente, describe haber pasado por un "momento avestruz", ocultando su cabeza mientras su pareja se sometía a diversas pruebas. Cuando finalmente se realizó un seminograma, los resultados mostraron que sus espermatozoides eran malformados y débiles. James confiesa que el impacto emocional es devastador: el sentimiento de ser la causa del dolor de la persona amada, sumado a la presión social que vincula la fertilidad con la masculinidad, dificulta que los hombres se involucren en el proceso.
Shaun Greenaway, cofundador del Male Fertility Podcast, compara el tabú actual sobre la infertilidad masculina con la situación de la salud mental hace una década: un tema evitado hasta que la necesidad obliga a enfrentarlo.
Sin embargo, comienza a emerger un cambio de paradigma. El cirujano urólogo Hussain Alnajjar, de la Cleveland Clinic, sostiene que la infertilidad no debe verse únicamente como un problema de embarazo, sino como un indicador crítico de la salud general del hombre. Según Alnajjar, un análisis de semen anómalo puede ser la primera señal de alerta sobre problemas más graves, como obesidad o alteraciones hormonales. La solución, según los expertos, radica en integrar estos controles en la atención primaria y aumentar la visibilidad del tema para desmantelar un sistema que, durante décadas, prefirió ignorar el lado masculino de la reproducción.

